EL ALAMBIQUE

Enrique / Bartolomé

'Ataules'

LO siento, pero no. Que no estoy yo para comulgar con ruedas de molino, a estas alturas. Ya pueda venir quien venga, por muy ilustrado que sea, a vender milongas acerca de las obras recién acabadas de la Plaza de la Iglesia. Con dos anécdotas y poco más, entenderían lo que quiero decirles. Miren ustedes, el otro día mientras aguardaba en la sala de espera de una consulta, oí una conversación con poco desperdicio. Le decía una señora a otra: "se ha sentado usted ya en los bancos de la Plaza de la Iglesia". "Sentarme yo, -le respondía la otra-, ni loca. Vamos el día que lo haga creeré que estoy en el patio de las malvas enterrada. No ve que parecen ataules". Ahí queda eso. Y ciertamente los vapuleados bancos no son ni horrendos ni preciosos. Son tenebrosos y si no, dé usted una vuelta por la plaza, párese, contemple los banquitos y si encuentra algún otro parecido, dígalo. Lamentable pues la elección de los aposentos. Ya pueda decir lo contrario quien quiera. El pueblo es soberano. ¿O no?

Y que me dicen ustedes de las columnas. Si no me acerco y las golpeo con los nudillos, -así, de repente-, me resultan de 'carton-piedra'. De aquellas que sobraron en las naves de atrezzos de alguna de esas películas de la historia de los romanos. No hay por donde cogerla. Y no pongo en duda la buena fe y la predisposición de aquellos que decidieron esbozar sobre planos lo que tenían en mente. Lo que ya no entiendo es como hay gente que viendo lo que ve, aprueba lo que aprueba. Y así se hace, lo que se hace. Un mamarracho. A mi entender, faltaría más.

Ah, y si el pastel no tenía guinda, sale uno diciendo que el color tan horroroso del pavimento 'dejará de serlo dentro de un tiempo', cuando todo él se oscurezca y quede del mismo color. Mientras tanto, -como decía aquel- 'los lamparones son bellos'. Total, que ya casi acabo esta columna, y aún me estoy yendo por las ramas. Dando vueltas al sentir popular. Que no es otra cuestión. Podremos estar equivocados, como lo estuvimos aquellos que denunciamos 'el más difícil todavía en mamarrachos' del Paseo de la Victoria. Aunque rectificar es de sabios. Pero lo que -yo al menos no estoy dispuesto- es a que, antes de tiempo me vean en el patio de las malvas, porque se me ocurra descansar en esos bancos-ataules de la Plaza de la Iglesia.

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