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Las campañas electorales son, dentro del imperfecto pero imprescindible sistema democrático en el que nos encontramos, más una dificultad que una ayuda a la hora de decidir el voto. Prestos a confundir al personal, los partidos camuflan propuestas y promesas con una verborrea general en la que, cómo no, el insulto y la descalificación a quien piensa distinto son moneda común. Una moneda falsa y lamentable que convierte mítines y debates en un rifirrafe dialéctico de mucha tralla y escaso fuelle, a semejanza de esos debates parlamentarios con los que se nos castiga desde Madrid o Sevilla, en Parlamentos que, se supone, están repletos de personas preparadas, de políticos que deben estar al servicio del ciudadano y no al amparo del interés de su propio partido. Y si una campaña es insufrible, los prolegómenos, la llamada precampaña, es una tortura que empezó hace ya varios meses.
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