Siempre me gustó sentir con la mirada. Lo abstracto me abstrae, y aún comprendiéndolo y apreciándolo, siempre me sentí más cómodo con la mirada relajada posada en la realidad. Y así, mirando el cartel, sentí que la luz se me agolpaba en los ojos, una luz cálida y tierna, con ese aroma a fino que te hace sentir la llamada de las olas sobre los parpados cerrados.

Sentí al cruzar la puerta el roce de los volantes susurrando, despacito, que ya huele a Feria, el albero se me arremolinó en los zapatos que se me escapaban corriendo tras los días cansados.

No podía apartar la mirada de dos años de ausencia, y sin embargo, al perderme en las casetas se me escapó un suspiro de alivio y una aspiración que se me llenó de oro y sal. Alcé la vista y al fondo, abrazando el revuelo de volantes, los sombreros de ala ancha, las copas de cata repletas de vida, El Puerto, abrazando, envolviendo, coronado, arrullando… sintiendo una Feria que se anunciaba de mil maneras.

Contemplando el cartel, me asomé a una ventana luminosa y limpia, anuncio de una esperanza, de un olvido, de un encuentro, de diecinueve días y quinientas noches canallas en donde viviremos, sentiremos y nos ilusionaremos, quizás con mas ganas, sin importarnos por qué, sin pensar en un mañana que nos devolverá a la realidad de un mundo sin revuelos, sin perfumes de vendimia, sin sudores de un esfuerzo consentido.

El cartel, mi cartel, mi anuncio de luz y color merece no solo la aprobación, sino el reconocimiento para quien, arropado por ese mismo cielo que corona las puertas del templo del vino fino, capta con mirada limpia y serena, quizás todo, quizás nada, quizás solo lo que es una realidad, una ciudad de luz y color que, durante algunos días, se convierte en capital de nuestros anhelos y esperanzas de un mundo mejor.

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