El hallazgo de numerosos restos de una antigua casa medieval, en el subsuelo de un solar de la calle Barrocal, es una noticia excepcional para una ciudad que busca cada vez más su historia como fuente de riqueza.Lo normal es que esta noticia hubiera ido acompañada por el anuncio por parte de la administración de un plan para preservar este legado, unido lógicamente con un acuerdo con los promotores de la obra que no tienen culpa de haber localizado estos restos históricos en su propiedad y que, por ello, no deben resultar afectados por su relevancia.

Sin embargo, ya sabemos que cuando hablamos de patrimonio en esta ciudad no podemos plantearnos lo normal y, sí, lo absurdo. Y en esas estamos: con la Comisión de Patrimonio dando el visto bueno al desmantelamiento de estos restos, todo para preservar el subterráneo de la nueva edificación. Y el silencio de Junta y Ayuntamiento (que anuncia para hoy su opinión sobre esta cuestión).

Se aprueba retirar uno a uno los sillares centenarios, para reubicarlos a saber dónde y eliminar así uno de los escasos vestigios que hay de la época medieval de la ciudad. A pesar de que nuestra historia más reciente está repleta de despropósitos como el ahora anunciado en Barrocal, uno esperaba que por una vez las administraciones actuasen con más cordura. Muy sencillo: se paraliza el destrozo histórico y se negocia con la propiedad el cambio de propiedad. Al fin y al cabo tanto el Ayuntamiento como la Junta mantienen en la ciudad numerosos edificios cerrados donde se podría reubicar el proyecto privado: más apartamentos turísticos. Y, tras ello, en el solar de Barrocal se habilitaría un espacio abierto, de los que tanto adolecen los yacimientos arqueológicos de la ciudad, para el disfrute cultural de los vecinos y los turistas que cada vez son más numerosos. Y más, a este plan de gran calado cultural y turístico se le podría unir el vecino edificio, cerrado y propiedad de la Junta, que ubicado en la misma calle es, según estudios históricos, una de las escasas fincas construidas en la Edad Media que siguen en pie en la capital.

Frente a esta lógica, la Comisión de Patrimonio, aquella que pone el grito en el cielo cuando se quiere instalar un ascensor en una finca del casco antiguo para romper el aislamiento de sus vecinos o que impide el cambio de ventanales en otras casas, da vía libre a este despropósito que atenta contra la Historia que, se supone, deberían de defender.

El yacimiento Gadir oculto bajo un moderno teatro; la fábrica de salazones bajo un edificio de viviendas que, encima, se encuentra cerrada al público desde hace semanas; el columbario igualmente clausurado en la calle General Ricardos... o los mil y un problemas para recuperar el Teatro Romano y reabrir el yacimiento de la Casa del Obispo. Un listado de incompetencias que debería de avergonzar a quienes ocupan cargos de responsabilidad pública, a quienes venden una y otra vez la importancia del patrimonio de la ciudad a la vez que lo ignoran.

Hace falta dinero, hacen falta equipos humanos y, sobre todo, hacen falta políticos que de verdad asuman el valor de estos tesoros. Y que no los oculten.

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