Lepanto y sus secuelas

Puente de Ureña

19 de junio 2024 - 07:00

Doscientas quince galeras, seis galeazas, veinte navíos y noventa mil hombres. Se enfrentan en el golfo de Lepanto a la flota otomana. Miguel de Cervantes, enfermo de fiebres, que sube a combatir en el esquife, zona muy batida, y repito, enfermo, recibe tres heridas, dos en el pecho y una en la mano. La batalla, “la más alta ocasión que vieron los siglos”, está definida en el informe que Don Luis Cabrera de Córdoba, remite a Felipe II y nos relata el tremendo caos, terriblemente actual: "Jamás se vio batalla más confusa; trabadas de galeras una por una y dos o tres, como les tocaba... El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua las cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima, parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con tiros los cristianos. A otros que nadando se arrimaban a las galeras para salvar la vida a costa de su libertad, y aferrando los remos, timones, cabos, con lastimosas voces pedían misericordia, de la furia de la victoria arrebatados les cortaban las manos sin piedad, sino pocos en quien tuvo fuerza la codicia, que salvó algunos turcos". Horrible el relato. Cervantes, malherido, trasladado al hospital de Mesina. La galera Marquesa tuvo cuarenta muertos y más de ciento veinte heridos. Gracias a un trabajo eminente del doctor, coronel y académico don Juan Manuel García-Cubillana de la Cruz, los siete meses de Cervantes en el centro hospitalario nos dan una idea de las curas y soluciones quirúrgicas aplicadas a los yacentes. Yodo en las heridas, cauterio, pólvora quemada sobre las mismas, vino, agripa, blanco, y, por supuesto amputaciones. Y sepsis, y tétanos y muchas más muertes. Debió dejarles traumas de guerra, neurosis de guerra, estrés agudo y estrés postraumático. ¿Empieza a fraguarse en Miguel el hilo de locura con el que tejerá a don Quijote?

Un año después, tras la muerte de Pío V, Venecia rompió con la santa liga, haciendo pacto por separado de las otras naciones con los turcos. La batalla de Lepanto bogaba hacia el olvido. Esto también golpearía a Cervantes, quién se preguntaría el porqué de tanto sacrificio para nada.

Me lo imagino antes de la batalla, enfermo de malaria o cuartanas, en un rincón, tirita, se abrasa, delira, se encuentra solo entre una muchedumbre de soldados que juran, gritan, beben y a quienes no se les da nada que haya entre ellos un enfermo, o dos, o ciento, porque están hechos a beber y vivir entre montones de cadáveres. Cervantes pasa lo más recio de la calentura solo y desamparado en su rincón, mal envuelto en una frazada por donde las chinches pululan, y defendiéndose de las ratas, que de noche, y aun de día, en la obscuridad de la bodega, acuden a roerle las botas…

La batalla comienza, no está Homero ni son los muros de Troya. Allí, débil y nervioso, asustado, será el dintel de la locura, esa que, como la cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación. Hidalgo, seco y loco, combate sin morir. Afortunadamente.

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