Nunca en mis años de vida he sufrido una guerra. Es un privilegio, porque pasar toda una existencia en tiempos de paz no es habitual en muchos puntos del planeta, donde la incertidumbre y el riesgo al conflicto son parte de la cotidianeidad. Tampoco era lo normal en Europa hasta hace no mucho. Basta con analizar el siglo XX para tomar conciencia de nuestra fortuna.

Los de mi generación no hemos visto bombardeos, ni éxodos, ni guerrillas, ni hambruna. Vivimos los años del terrorismo, pero por suerte los dejamos ya atrás. Estamos capeando una pandemia, pero nuestro enemigo es un virus, no otras personas.

Hemos seguido muchos conflictos en los telediarios, pero los creíamos lejanos o, en el caso de Yugoslavia, nos pillaron siendo demasiado inocentes. Así que sí, esta guerra me asusta más que otras.

Aunque intente ponerme en la piel de las víctimas de cada conflicto, se me hace más fácil, tengo que admitirlo, identificarme con las familias que huyen de Kiev, trasladar sus circunstancias a mi entorno. Me imagino un mundo venido abajo delante de mi ventana y no me asaltan palabras trágicas o argumentos políticos, sino dudas de lo más mundanas. ¿Dónde hay que resguardarse en caso de ataque? ¿Hay algún búnker por aquí cerca, basta con irse a un aparcamiento subterráneo, por ejemplo? Y las alarmas antiaéreas, ¿existen? ¿Quién las toca? Si piden a la población preparar cócteles molotov, ¿mandan las instrucciones?

Lo siento todo tan real que no entiendo algunas visiones más bien románticas con las que tropiezo estos días: poses con la bandera ucraniana, hashtags solidarios que rayan en la frivolidad, o mensajes de loa a la valentía de los ciudadanos ucranianos a los que, seguramente, no les quedaba más remedio que actuar así. Acabo de leer que jóvenes españoles que en su vida han visto un arma fuera de los videojuegos se están presentando voluntarios en el consulado ucraniano para ir a “defender Europa”. ¿De verdad entienden lo que es una guerra? Yo no he vivido ninguna, pero sé que son aterradoras.

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