Tengo el cuerpecito raro

Volverán a cerrar las tiendas, a llorar los comerciantes, a telefonear sin cesar al SEPE los parados, a rezar los del ERTE

Tengo el cuerpo confinado, que es como decir en vísperas de serlo, como cuando vas a coger un constipado y te notas rarete, algo así como si te hubieran absorbido el vigor de un modo no placentero; paces, somnoliento, sin enterarte muy bien de las cosas, y un espíritu bobo se ha adueñado de tu alma laica. Cuando yo era chiquillo y me ponía tontorrón, mi madre me tomaba la temperatura y ante la falta de grados me mandaba al cole. A mi vuelta picoteaba los manjares del Mesón Macamen y caía rendido en la cama. La leyenda familiar afirma que cuando me levantaba, cinco días después, había crecido un centímetro diario. Las cosas de que no me dé la fiebre sino hasta que prácticamente roce los cuarenta.

Estos días no es que me encuentre tontorrón, pero tengo un cierto malestar intrínseco, la sensación  incómoda de un confinamiento inminente. Recibo mensajes con susurrantes soplos pintados de bodegón: “El domingo nos confina Juanma Moreno”, “El trece cierra todo y vamos a la ruina”. Es la crónica de una pandemia anunciada, como ya adelantó aquel informe del Ejército de Tierra que dividía en tres fases (marzo, noviembre, enero) la progresión ante el Covid19 anterior a la vacuna por venir.

El primer confinamiento (le meto la cursiva porque creo que habrá, como mínimo, un segundo) fue espeluznante. No estábamos preparados para él, ni mental ni físicamente. Al principio hubo un cierto jolgorio con el invento aquél de las vacaciones forzosas, los toques de palmas a las ocho y las adopciones masivas de perritos para echarse el piti en el albero, pero luego todo se volvió más tristón y ambarino, pese a que los días fuesen siendo más y más largos cada vez.

Parece que llega –al menos eso me dice el cuerpo- un nuevo enclaustramiento. Nos restringen la libertad ambulatoria y muchas otras más en nombre del bien común, que es esquivar el colapso sanitario, bajar la curva de contagios o evitar que muera el mayor número de españoles. Y esto se hace después de las restrictivas medidas adoptadas por países (Francia, Italia, Bélgica) con una menor incidencia vírica que la nuestra así que uno no sabe qué ocurre, qué pasa por las cabezas huecas de nuestros gobernantes de todos los parlamentos, más preocupados por echarse las culpas y machacar al prójimo adverso que por insuflarfondos en donde hay que ingresarlos.

Nos asomamos a un precipicio no tan ignoto ya en cuya sima encontraremos nuestras propias debilidades. Volverán a cerrar las tiendas, a llorar los comerciantes, a telefonear sin cesar al SEPE los parados, a rezar los del ERTE. Y volverán a morir nuestros colegas, la familia, incluso algún enemigo. Recuerdo ahora a esos mierdas de las raves ilícitas, los quemadores de contenedores, los ladrones de bicicletas, los fumadores de hall con mascarilla invisible, y se me revuelven las vísceras. Tengo el cuerpecito raro, como de confinamiento. Me temo que no tardaré en crecer.

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