Los políticos en general y algún que otro que tan solo vive entronizado en la pseudopolítica en particular, suelen dar explicaciones a destiempo de sus andanzas y correrías con el vano intento de salir bien peinados y bien maquillados en las que pudieran ser sus últimas fotografías públicas. De lo que no se van a librar nunca a pesar de sus palmeros y voceros habituales, que suelen mirar hacia otro lado para no ver ni oler las podredumbres de su líder, es de lo bien retratados que van a quedar para la historia. Tanto unos como otros. Ya nos recuerda el propio Nicolás Maquiavelo, considerado como el padre de la Ciencia Política moderna que «pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos». Y hay algunos, como bien dice el filósofo, político y escritor italiano, cuya naturaleza soberbia y vil les hace mostrarse insolentes en la prosperidad y abyectos y humildes en la adversidad. ¿Les suena? En este caso hablamos de tipos sin escrúpulos y sin oficio ni beneficio que lo mismo que mienten a sus compañeros de filas, lo hacen con toda la desvergüenza que son capaces de acumular al resto de la ciudadanía. Tipos que no conocen un trabajo por derecho salvo el que les haya podido proporcionar su apellido familiar en la formación política que fuere, o, ya estando bien colocaos, el que hayan podido conseguir por sus capacidades oratorias similares a las de los telepredicadores americanos, que mal que bien suelen llevarse al huerto a personas de buena fe y mejor conciencia. Palabra ésta, conciencia, que cuando se utiliza pajareramente y en plan torticero suena más a remordimiento que a la propia moral, esa que evalúa las acciones propias en términos del bien o el mal, como la siesta al abrigo del árbol que tan requetebién canta nuestro paisano Javier Ruibal en su celebrada canción Atunes en el paraíso. Estos individuos, además, cuando tocan pelo piensan que eso va a seguir siendo así durante toda su vida, y no saben o no quieren saber que a vueltas de nada pasearan por las calles como ectoplasmas embozados a los que nadie ve por insignificantes. Y lo que es peor, a los que nadie quiere ver por lo currutacos que se ven desde los balcones de los entresuelos a los que antes se asomaban. Sigan tomando nota que esto va para todos.

manolomorillo@hotmail.com

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