Se cae a pedazos

28 de enero 2026 - 07:00

Que existen viviendas abandonadas, falta de mantenimiento en algunas zonas, y cierta dejadez en la ciudad de El Puerto de Santa María, es una realidad, ¿La culpa?, pues realmente es difícil de encuadrar. Hemos pasado de una sociedad libre en su totalidad, a un control absoluto de casi todos los aspectos de nuestra vida, y ello, tiene un coste. El problema no es una cuestión que se genere forma espontánea, ni un descontrol estudiado, es un problema de evolución. Las normativas se fueron creando, a lo largo de los siglos, para evitar el caos, en una clara muestra de gestión eficaz, y en donde existía un equilibrio entre la ordenación de los territorios, la fisionomía urbana y la obtención de recursos para su reinversión. Dependiendo de los objetivos sociales, que no son los mismos en el siglo XIX que en el siglo XXI, las normativas se fueron adaptando. La expansión de las ciudades llevó a la destrucción de antiguas necesidades, y así, se derribaron murallas, se destruyeron edificios, se eliminaron de nuestro paisaje urbano elementos, algo que hoy nos parecen barbaridades, y que, a los ojos de otras épocas, eran reformas necesarias.

A lo largo de los años el control pasó de un sentido estético a un sentido recaudatorio, y si antes, las guerras y el tesoro necesitaba de flujo monetario, ahora lo son las necesidades de mantener un aparato burocrático del que vive una casta social que necesita cada vez más recursos, y que encuentran en las sanciones, los permisos y las tasas una fuente de financiación inagotables. Luchan por un lado el mantenimiento del patrimonio, que se ve encarecido y limitado por normas que, a veces, hasta se contradicen. El abandono de la ciudad por el campo, como un absurdo retroceso a un antiguo pasado, crea colonias que tratan de eludir, por un lado, el control administrativo, y por otro crear una bucólica vida rodeados de pajaritos. Junto a ese deseo, la creación de nuevos espacios, donde el coste es menor, pone sus miras en la especulación en nuevas zonas, creadas ex novo, y que huyen del encorsetamiento de lo ya creado. Aun así, en los últimos años, la comodidad de la vida urbana retorna, y se apunta por la vida en el centro de la ciudad, algo que se puede permitir quien, por un lado, ya tiene cubiertas sus necesidades habitacionales, y por otro dispone del tiempo y el dinero necesario para cumplir la ingente y cara normativa que impone las normas. La lógica hace mucho que nos abandonó, y el simple hecho de que alguien adecente su abandonada morada, se enfrente a la falta de permiso para recoger un desconchón, pintar una fachada o arreglar una gotera, y ello gracias a una sociedad que desea ver como alguien se mueve para avisar a las autoridades y denunciar al infractor que tiene la osadía de descargar en la puerta de su casa mas de cinco sacos de cemento, o se limita a ver como alguien ajeno a su entrono instala unos andamios para adecentar una fachada y avisar a la autoridad. Es cierto, El Puerto, y muchas ciudades, se cae a pedazos, ¿por qué?, quién se atreve a crear belleza, mejorar el entorno por su cuenta, y por otro lado, qué organismo tiene capacidad para atender absolutamente todas y cada una de las mermas. Poco a poco, vamos llegando a la conclusión de que es cierto, el Puerto se cae, pero gracias a una lógica absurda, a un intervencionismo excesivo y a la, siempre presente, envidia y amor a la denuncia.

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