Puente de Ureña

Viejos, ancianos, tercera edad

Uno sigue teniendo dentro al niño y al joven que fue y no se puede sentir apartado, como en un estercolero

A Crisóstomo Mingorance, esteta y oidor, cuando lo jubilaron, juró venganza en cajún: vengeance, porque le sonaba a vejez y él no quería que lo apartaran por viejo, carcamal o vetusto, senil, caduco, decrépito, vejestorio, carroza, abuelo, nonagenario, octogenario, ochentón, provecto, chocho, matusalén… Se ponía a recitar sinónimos y se iba encendiendo de rubor con ira que era un motor.

Uno sigue teniendo dentro al niño y al joven que fue y no se puede sentir apartado, como en un estercolero. Diga usted que sí, le decía el propio al que invitaba a una cerveza, para que le diera la razón, porque, como viejo, no sólo no se la daban, sino que se la quitaban. El propio era un calvo de pulimento, con una camisa verde que nunca se quitaba y una colonia rabiosa para herir hedores infinitos.

Crisóstomo Mingorance, a la sazón escritor, perpetró una carta al director de un periódico, defendiendo la vejez, como un tesoro de experiencia, que más sabía el demonio por viejo, etc. Y jurando que en lo suyo, se mediría con el mejor, que para eso había tenido riñones.

La gente no tiene memoria, ni entendimiento, ni voluntad. La gente aquí es peor que en África. Allí se vienen para Europa jugándose la vida. Aquí se apulgaran en un sillón, se les agrandan las orejas, se le caen, y a los tres días, muertos.

El Crisóstomo Mingorance iba por la calle como un mariscal de campo. Derecho y estirado. Chaqueta, corbata, más planchado que elegante, el pelo al tresbolillo en fijador, la calva luciente como un sol de marisma… Había que verlo.

Dª Rengifa, la anciana del cuarto, le decía que se cuidara con la pandemia. Nos están matando. No valemos nada ni para nuestros hijos. Cuídese.

La pandemia no existe. Es un invento para controlarnos. Es una conspiración. En la panadería, la gente en cola, escuchaba y callaba. En la calle, mojada por una niebla siroca, las ruedas crepitaban sobre el asfalto, como un frito gaditano frío.

Llegó Sisita. Su pelo rojo, su bolso piscinero, su carita de cabello de ángel. Don Crisóstomo, boca de oro etimológica, seguía es sus trece. Yo puedo aportar experiencia, saber ya digerido, y salvar esta sociedad enferma.

Sisita lo miraba. Yo empecé a silbar el puente sobre el río Kwai. Don Crisóstomo, se bajó la mascarilla y encendió un cigarro. El copo lanoso del humo salió de su boca. Sísita arrancó. Experiencia de qué. Cada experiencia es personal. Extrínsecamente la realidad no existe como nos parece según la física cuántica.

¡Cállese, loca! Cállese. Cállese usted. Tralló Sisita. Viejos con experiencia en un cargo son, ahora mismo el Papa y el presidente de Estados Unidos. ¿Van a salvar algo más que seguir ignorando a los que no los siguen? Loco, usted.

El día era frío, el color de agua sucia de la niebla nos envolvía como un cigarro puro. Una golondrina crepitó en un cable.

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