El otro día leí algo relacionado con la mercadotecnia de los sentimientos y les confieso que me espantó pensar, aunque me tilden de paranoica, eso de los hilos algorítmicos que manejan nuestro cerebro, nuestro corazón y nuestras cuentas bancarias. Espantoso. Daría para un buen puñado de artículos hasta el agotamiento, pero como no quiero cansarles a ustedes me ceñiré a lo fundamental, que para eso vuelvo a escribir en este medio después de un tiempo en barbecho. Como madre de dos hijos, una casi adolescente, les confieso que me preocupa su futuro emocional. Lo de los títulos, las carreras con salida (o laberínticas) ya se verá. Pero lo más aterrador es no poder ayudarles en la gestión de sus emociones, o que estén a merced de personas narcisistas, terroristas sentimentales, o que ellos mismos lo sean con los demás. Les seré franca: servidora ha sufrido y sufre por ir un poco a la deriva en esta nueva forma de "estar en el mercado" (horror), entre lo virtual y la más exacerbada individualidad. Quiero apartarme de ideas apocalípticas, pero no tengo más remedio que sucumbir ante la tristeza absoluta que me producen los escaparates de personas rotas que aparentan no estarlo y no necesitar nada, como por ejemplo, las aplicaciones de citas que han sustituido a los bares (qué lugares) en el arduo trabajo de buscar, aunque digan que eso no se busca, calor en la madrugada de los años que nos quedan por delante.

Ese calor soñado que es una utopía, ya lo sé, y que no se ha de buscar fuera sino dentro de uno mismo. Que se lo digan a los chamanes que entrenan en el amor propio a los demás y que proliferan en reels de Instagram. Y esa búsqueda del amor de los demás, de la autogestión de las emociones, de la buena inversión del tiempo en felicidad bien construida, el huir de lo que Castilla del Pino calificó como "vida errada", a pesar de ir caminando sobre pedazos de platos rotos que ya no se pueden pegar, o los autoconfinamientos crónicos que entrañan el riesgo permanente de convertirnos, a todos, en vagabundos mentales. Y se preguntarán ustedes a qué diantres me refiero. ¿Verdad? Pues a vagar entre pensamientos, saltar de un dolor en otro, como quien arrastra fotografías en esta pantalla táctil en la que se ha convertido nuestra existencia: derecha, izquierda, match, ghosting, Prozac, Lorazepam. Aterra pensar en el tiempo que se gasta en aprender cómo se vive y buscando alivio para la ansiedad en Google, en lugar de tomar las manos a un amigo de siempre o abrazar a los hijos, o disfrutar de un baño en el mar a solas, para limpiar el alma. Ya se sabe que el salitre todo lo cura, y si rompe los artefactos tecnológicos es porque algo de mágico, de salvación, tendrá. En fin. No les mareo. Vuelvo a compartir aquello que me preocupa, un presente un poquito incierto. Tengan un buen comienzo de agosto. Y recuerden: salitre.

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