El parqué
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Cuando algo termina, desaparece, acaba por dejar de asomar en el pozo de nuestros sentimientos, aunque éstos sean sumamente elementales, o ese algo muere, no es el caso en el mundillo éste de la pelota, que en el fondo-fondo es una fruslería más de la vida… Cuando se nos termina algo que llevamos dentro, por ejemplo, un amor, un ser querido que se nos va, o un amigo, o, verbigracia, la liga de primera división, todo lo anterior nos sabe a poco, lo añoramos cantidad, nos sentimos peor que, incluso, cuando perdíamos por goleada en la temporada. Cuando ésta (la liga) ha finiquitado, sin duda, triunfalmente, se nos queda como un vacío, un “esto ya hasta el año que viene”. Sin pensar que el año que viene es pasado mañana, que ya está ahí el Trofeo. ¿Se terminará llamando, no quiera el Destino, Trofeo Nuevo Mirandilla? Hasta los hay que, al ser sus expectativas personales pequeñitas, simplísimas, se dicen a sí mismos, o lo han pensado cuando Gil Manzano pitó el muy deseado final: “¿Y ahora que hago yo sin furbo? ¿Adónde voy a ir el domingo sin el Glorioso? Qué aburrido se me va a hacer el verano sin las emociones del Carranza.” Es algo así como cuando de niños nos compraban un helado en el Italiano y casi no lo chupábamos por la certeza y el certísimo temor de que se nos acabaría antes. Pues eso acontece cuando fenece el campeonato, y mira que ha finado bien. En mayor o menor medida se queda uno hambriento de furbo, como un poco huérfano de algo. Y eso que nos ha ido de p.m., pues no hemos descendido, Deo Gratia.
Toda esta parrafada, más cercana a la condición humana que al simple rodar del balón, es más psicología de lo perdido que un tópico articulillo sobre el Glorioso de la Tacita de Oro. Así que, arriba los corazones, como le dice Fernando Rey a Tristana en el film inolvidable del mismo nombre realizado por un genio de esos que da España a menudo: Luis Buñuel. Sursum corda, queridos, que ya está ahí la temporada próxima. Y otra vez a sufrir, a rajar de los árbitros, a discutir sobre la alineación que ha puesto en el verde Sergio, qué que chungo que hayan puesto al Glorioso a las nueve de la noche de un viernes en un invierno, etcétera. Porque, como ya digo, la temporada se ha cerrado con un pasador de platino, el mismo broche que advertíamos en las princesas de El Gatopardo el peliculón del más exquisito de todos, quiero decir Visconti, y sigue, sin casi pretenderlo uno, la de la cosa ésta del cine.
De lo que ha pasado en Elche ya voy. Lo que más me ha impresionado, lo juro por Snupi, es ver a esos papafritas que no fueron capaces de mantener al Elche en primera apenas empezó el campeonato, comerse al Glorioso, o intentarlo con denuedo, al menos, meter el pie sin piedad, dolerse de no haber marcado un gol, como le pasó a un tal Morente, un tipo que tras una falta durísima al Pacha marcó y parecía que se jugaba el ascenso (que le vendrá ya para el año que viene). Malas formas que uno comprendería perfectamente si hubiesen tenido 39 puntos, por ejemplo, pero si no os habéis comido una rosca en todo el año, pichitas, que hasta ese ridículo entrenador que habéis traído de la Gran China se quería comer al cuarto árbitro por algo que creía que había sido un error. Qué pinta tenía eso de prima por ganar, esa inmoralidad que se repite año tras año… Y en éstas que me llama un amigo gaditanísimo, al que todos ustedes conocen, y me larga ante mi estupor: “Manolo, el furbo es una mafia”
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