Decía el poeta “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino sobre la mar; nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria….”. Estos versos son los que me evoca hoy la pérdida de José Antonio.

Un profesional que, llevando en las venas el espíritu de Bazán, transmitido desde dos generaciones, hizo camino de sus propias huellas en una larga senda en tierra y en la mar; una senda en la que iba dejando rastro por su profesionalidad, por su personalidad, sin perseguir más gloria que el lograr que la ahora Navantia, sus trabajadores, sus compañeros y compañeras alcanzaran el culmen del buen hacer, sin descuidar un ápice las relaciones personales, que claramente visualizábamos en su caballerosidad cercana a la vez que discreta.

Se va José Antonio, se va demasiado pronto con la injusticia de arrancarle la vida cuando nos transmitía, en los innumerables viajes internacionales, el estar en un momento de plenitud personal y profesional. Con Pilar, disfrutando juntos de sus hijos Ignacio y Paula, de los que estaba tan orgulloso, y en la casa que quería disfrutar como punto de encuentro de amigos y familia, y que era uno de sus ilusionantes proyectos cual buque situado en la grada del astillero.

Se va quien ha ejercido el liderazgo en el astillero con la misma decisión y arrojo con que tomó las riendas familiares cuando su padre faltó; referente de sus hermanos y de su madre, a la que llamaba cada día y con la que alcanza a imaginar unas conversaciones vespertinas llenas de cariño y del orgullo de una madre que ahora, de la forma más antinatural, pierde a un hijo, tan solo con el consuelo de un legado, en todos los sentidos, que queda en la memoria.

Todo pasa y todo queda, y lo demuestra el ver a las personas que han trabajado con él, desde el pronto amanecer en la Bahía hasta el ocaso, y que no daban crédito a que les falte el referente, el compañero, el amigo que tanto se preocupó por sus trabajos, por sus problemas o por sus vidas. Aunque ya no estará cuando lo busquen en el último rincón del astillero que recorría frecuentemente, habrá dejado una programación perfectamente trazada para que los que vengan sepan qué camino seguir, como si estuviera presente, o quizás siga estándolo con sus silencios que más que nunca se harán oír.

Son días muy duros para Navantia. Y hemos recibido el apoyo y el cariño de gobiernos e instituciones, de nuestra Armada y otras ‘Navies’, de empresas, clientes… y no solo españoles sino de diferentes países donde dejó marcada huella nuestro José Antonio. Tras ellos hay sencillas y grandes personas que nos han transmitido su pesar para nosotros y sobre todo para su familia. Los que más sufren son los que se quedan y a los que debemos cuidar. Gracias a todos.

José Antonio, gracias por todo desde el primer momento en que te conocí, en plena pandemia: por enseñarme, por tu cariño, por tu forma de ser; y quédate tranquilo, que todo lo que has dejado sin poder terminar –esos futuros barcos que surcarán las aguas tras haber sido construidos por nuestra buena gente y con el apoyo de tu anhelado taller de paneles plano– tus compañeros y amigos de tu querida Bahía de Cádiz, de la Ría de Ferrol, de la Dársena de Cartagena y de Madrid lo culminarán tal y como tú lo has hecho con los programas navales que has liderado con tanto éxito. También, confía en que a los más cercanos, a tu familia, no les faltará el apoyo y el cariño que merecen. Nos faltarás tú pero veremos y te recordaremos en tus estelas en la mar.

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