El parqué
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Cada uno de nosotros vio naves ardiendo más allá de Orion y rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. En el Hotel Ayer el mundo era diferente y se fantaseaba con cosas que no íbamos a creer.
Pero esas cosas no han salido como tenían que salir.
Así, hoy ha dejado de ser noticia que un paciente pegue al médico o un padre a la maestra de su hijo. Igual que en el Hotel Ayer las heladerías sólo abrían en verano, o las modelos sonreían en las fotos y hoy ponen cara de mala leche. Desde el Hotel Ayer se iba de otra manera al banco. Como se iba a la farmacia o a la relojería; ni se nos ocurría que se podían convertir en despiadadas máquinas para la codicia. Parecía impensable que los bancos, tan serviciales y tan oficinescos, se pasaran al lado oscuro y pudieran someter y oprimir a la Prensa o a la Justicia ¡Con lo que era la Justicia! ¡O la Prensa!
En el Hotel Ayer se tenía a la seguridad y a la estabilidad como elevados conceptos. Hoy, amasadas en el estiércol del miedo, la seguridad y la estabilidad hacen legítima la rapiña. Y resulta admirable la capacidad de borrado, en la memoria colectiva, de asuntos terribles y apestosos que han ocurrido hace sólo un rato. Por las puertas giratorias del Hotel Ayer entraban y salían tipos admirados y que recibían el parabién público. Pero eran los mismos canallas, los mismos imperturbables ladrones de dinero público, los mismos evasores y tunantes que exigen hoy -¡ya ves!- limpieza en la vida pública.
Recuerdo una clase obrera digna y orgullosa que boicoteaba la reparación del buque chileno 'Esmeralda', en protesta contra la dictadura de Pinochet. Ocurrió en el Hotel Ayer. Hoy la clase obrera lleva a sus hijos a colegios de curas y vota a una derecha multicolor que le garantiza su puesto de trabajo, consistente en fabricar armas y bombas para otra sangrienta dictadura.
En el Hotel Ayer algunos aún confiaban en Dios, y eso sí que no cambió: Dios sigue fiel a su idea de enviar moscas a las heridas que debería cerrar.
Imágenes del Hotel Ayer que se desvanecen como lágrimas en la lluvia. Y me pregunto a quién le importan.
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