Puente de Ureña

Estrés por cuatro

Estamos en otra nueva anormalidad. O anormalidad normal. Autoconfinados, sin entender las estadísticas que tampoco entienden muchos alcaldes y se quejan e instan aclaraciones

Hoy con el mármol batido sobre la arena se fríe el mar en la tormenta. El rotido del mar berengueriano, llega hasta la ventana del salón. Es largo con el viento. Igual que truenan los cañones en las prácticas de tiro, truena el mar. Fui a la playa. Buscaba el amanecer y el amanecer no era, escribió Federico, pero yo lo buscaba como un soplo de viento para mi vieja alma de asustado, porque la playa siempre fue un poco de libertad, de respiración, de vida llena.

Estamos en otra nueva anormalidad. O anormalidad normal. Autoconfinados, sin entender las estadísticas que tampoco entienden muchos alcaldes y se quejan e instan aclaraciones. El miedo está lleno de metralla trovada por la prensa. En el cráneo, el pensamiento ante ése conocimiento es una interna explosión negra. Te sientes aislado, demasiado sensible para el miedo que puede convertirse en terror.

Las olas, con el viento en marejada, llegan de tres en tres al playerío. Siempre que estoy ante el mar, imagino la tormenta sobre las viejas naves, desde que Juanma Cubillana nos habló de aquellas atrocidades, heridas, y enfermedades. Son como las paredes del patio. Altas, blancas, llenas de rizo y furia abatiéndose entre ellas.

Allí, por lo menos, me intento encuadernar en pensamientos útiles. Llegar a casa, beberme el café con mi mujer, ver su rostro precioso, preguntar por los nietos, como si fuesen crónicas de Australia, y viven ahí cerquita. La tristeza, como la humedad, si te invade es difícil de eliminar.

La tristeza, como los vientos tiene una espantosa simetría. La marejada en la playa te enseña los dientes del agua, como te los enseña el fuego en una chimenea, para que sepas estar vivo.

Pero te quedas viendo el agua. El mar que nunca ha muerto. Ése que está en todas las historias, el que tiene tantas vidas ahogadas, como olas es capaz de crear.

El hombre ha sido siempre el monstruo de todas las torturas. El único ser que mata por matar. El destructor de sí mismo. Vemos las vidas en peligro por las enfermedades, tantas, que lo que no hace falta es que el hombre las cree para eliminar enemigos. Hay guerras siempre. Conflictos eternos que se borran de las páginas de la prensa porque no terminan y esos muertos ya no llaman la atención.

Sigue el oleaje con sus tirabuzones gigantes. Ofreciendo su furia para alguna metáfora. La muerte en su osamenta de espumas arando la arena para que nada crezca en ella… El hombre siempre mata al hombre. Hace unos días un enfermo quemó el hospital Puerta del Mar, estando ingresado. Sansón y el templo: Muera yo con los filisteos. El hombre no es un lobo para el hombre, es la muerte misma con sus desesperanzas.

El oleaje sigue enroscando sus formas. Ejércitos de espumas que avanzan, se levantan y caen refluyendo hacia atrás. Constantemente como en un campo de batalla con sombras y siluetas. Un ritmo tres por cuatro de borrosos empujes, con restos de madera. Ése mármol batido que fríe la tormenta.

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