Estos días previos a la cita electoral del próximo domingo en donde los porteños nos veremos las caras ante las urnas para dirimir asuntos locales y europeos, nuestras calles se ven invadidas de propaganda, de soflamas con altavoces queriendo rememorar a nuestro querido ‘Caílla’ –José Caílla Real- anunciando un partido del Racing o una corrida en la Plaza Real, que ahora unos cuantos majaretas a caballo capitalizan como propios envolviendo en papel de estraza ese manido opio del pueblo.

Lo que tendría que ser un intercambio de ideas de mejora para la ciudad y que además fueran creíbles, se ha convertido en un mercadillo de insultos, reproches y modales barriobajeros que en nada favorecen al noble arte de la política. Debates inocuos son.

Curiosamente los concejales y concejalas que se sientan en el salón de plenos de cualquier Ayuntamiento, son o deberían ser los políticos más cercanos al ciudadano de a pie que les ha dado su confianza por un tiempo cierto. Son o deberían ser los políticos a los que se debería poder tocar con las manos, hablarles de tú y entrar en sus despachos casi sin pedir permiso. Son o deberían ser durante sus mandatos los mismos que ahora te regalan besos, te sueltan abrazos a diestro y siniestro y te hacen cosquillas si te descuidas un poco.

En estos momentos el panorama político en El Puerto con ocho aspirantes a gobernar en la Plaza de Peral se atisba pelín complicado y algo confuso. El electorado aunque a veces lo parezca, de irreflexivo no tiene un pelo, y a medida que el tiempo pasa –como el cóndor- se fía menos de los embaucadores de sonrisa fácil y nariz larga como Pinocho; se fía menos de los trileros que vienen de vuelta de todo buscando alpiste; y se va fiando cada vez menos de las congregaciones que ya han demostrado que no sirven ni para hacer puñetas.

Ahora que estamos a una semana escasa de nuestra Feria de Primavera y Fiesta del Vino Fino, y aprovechando que una de nuestras grandes empresas vinateras estrena botella de diseño para la ocasión, no sería mala idea brindar con y para el pueblo con una copa de vino en una mano y en la otra –aunque no sea de diseño- con una buena botella.

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