El parqué
Ligeros ascensos
No sólo Miguel de Cervantes tuvo aventuras con los toros bravos, sino que Vicente Espinel, perfeccionador de la décima o espinela, en su libro Marcos de Obregón, en la relación II, Descanso XI, sobre las corridas de toros, escribe: "De un don Luis de Guzmán, marqués del Algaba, que hacía temblar las plazas adonde se encontraba con la furia desenfrenada de los bramantes toros". Continúa así: "De un tan gran príncipe como don Pedro de Médicis, que con un garrochón en las manos o tomaba un toro, o lo rendía. Del conde de Villamediana don Juan de Tasis, padre e hijo, que entre los dos hacían pedazos un toro a cuchilladas".
Fiesta que ninguna nación sino la española ha ejercitado, ni ejercita, porque todos tienen por excesiva temeridad atreverse a un animal tan feroz.
Mateo Alemán, en su escudero picaresco, Guzmán de Alfarache, incluye una novelita morisca, influenciada por la novela bizantina, en la que narra ciertos pasajes taurinos. "Luego que Ozmín supo la ordenada fiesta, entró en su caballo, púsose frontero de su ventana (la de Daraja), donde luego que llegó vio alterada la plaza, huyendo la turba de un famoso toro que a este tiempo soltaron. Era de Tarifa, grande, madrigado y como un León de bravo". Dentro del Guzmán, sólo la aseveración, que da título a este artículo. Ciertos son los toros. Pero continuemos con la narración del festejo: "El toro bajó la cabeza para dalle el golpe, más fue humillársele al sacrificio, porque no volvió a levantarla. Sacando el moro el cuerpo a un lado y con extraña ligereza la espada de la cinta, todo a un tiempo, le dio tal cuchillada en el pescuezo, que partiéndole los huesos del celebro, le dejó colgando el gaznate y papada, y allí quedó muerto".
Luis Vélez de Guevara, en su Diablo Cojuelo, en el tranco IV, un soldado pregunta: "-¿Cómo -le replicó un caballero soldado de aquellos que estaban en cueros, que parece que se habían de echar a nadar en la comedia- puede toda esa máquina entrar por ningún patio ni coliseo de cuantos hay en España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de los romanos anfiteatros, ni por una plaza de toros?".
Y cómo no, sigue el pandemónium picaresco: apelando a su espada y capa, y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza en el montón agavillado, que fue menester echarles un toro para ponerlos en paz: tan valiente montante de Sierra Morena, que a dos o tres mandobles puso la plaza más despejada que pudieran la guarda tudesca y española, a costa de algunas bragas que hicieron por detrás cíclopes a sus dueños, encaramándose a un tablado don Cleofás y su camarada, muy falsos, a ver la fiesta, haciéndose aire con los sombreros, como si tal no hubiera pasado por ellos; y acechándolos unos alguaciles, porque en estas ocasiones siempre quiebra la soga por lo más forastero, habiendo desjarretado el toro/ En el tranco VI se lee: y entrando por el Campo de la Verdad (pocas veces pisado de gente de esta calaña) a la Colonia y populosa patria de dos Sénecas y un Lucano, y del padre de la Poesía española, el celebrado Góngora, a tiempo que se celebraban fiestas de toros aquel día y juegos de cañas, acto positivo que más excelentemente ejecutan los caballeros de aquella ciudad.
Cómo no, Francisco de Quevedo que toca el asunto en multitud de poemas, dirá de los toros:
"Jineta y cañas son contagio moro; restitúyanse justas y torneos y hagan paces las capas con el toro. Pasadnos vos de juegos a trofeos, que solo grande rey y buen privado pueden ejecutar estos deseos…".
Ah, y no quiero olvidar que Vélez de Guevara, tiene que ser nombrado patrón literario del lenguaje inclusivo: "Los pobres y las pobras se escarapelaron viendo la justicia en su garito, y el verdadero Diablo Cojuelo, como quien deja la capa al toro, dejó a Cienllamas cebado con el pobrismo"...
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