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Tras lo que llamaría la semana ASISA, en el Vigesimosexto Premio in memoria del doctor Rafael Rodríguez Moragues, amigo de juventud de este escritor, y que con noble justicia recayó este año en la doctora en Anatomía Patológica, doña Cristina Ramos Guillén, tuve el placer y la distinción de, ante muchísimos oyentes, más afectuosos que severos, poder conferenciar sobre lo que titulé ¿Por qué tratamos tan mal al español?, tras estos eventos, repito, la ida quincenal al palco de la entidad sanitaria para asistir al sacrificio semanal al dios del fútbol. Y nunca mejor decir lo de inmolación, pues eso está acaeciendo partido tras partido, sin que nada cambie, sin que nada se mueva en la gloria amarilla, nunca extinta, mas sí anestesiada en estos meses. Jornada tras jornada vamos regalando pésimas actuaciones que, lógicamente, se traduce en pérdida de puntos que quizá, y sin quizá, nos pasen balance al final de curso. Esta vez todos íbamos como ovejas al matadero de Cortadura. Dóciles, con escasísimas esperanzas de poder enterrar la ristra de malos resultados. Pero es que además venían los blancos. Los blancos no eran los de Puskas, Kopa, la Saeta Rubia, ni los de Ronaldo (el gordito), Figo, Zidane, no, pero aún los ancianos Kroos y Modric pueden pasearse sobre el green del Carranza y trenzar fútbol sin apenas despeinarse gracias a la caridad y cortesía de los nuestros. Faltaba el lenguaraz Vinicius; pero el monaguillo del San Martín de Porres de la Casa de la Patrona, ahora lo llaman Rodrygo (creo que es con y griega), halló una playa encantadora en una defensita amarilla que siempre pidió permiso para entrar: “¿Me permite usted, don Rodrygo, que, si no es molestia, desearía, ya digo, quitarle el balón, o, al menos, intentarlo, siempre que vuecencia no se disguste?” Porque no sé cuántos segundos, eternos, anduvo el balón brujuleando por el área local antes de la primera puñalada. Si la pelota flota en el área ante estos jugadores a los que no hay que permitirles ni olerlo, es absolutamente seguro que alguno nos hará gol. Y más el Monaguillo del santo, que no es un dechado de coraje ni de esfuerzos amplios, pero que tampoco va a oponer resistencia si se la dejas en los pies un ratito, porque es tan apático como fino y sabio player. Más o menos aconteció con la segunda puñalada.
Sinónimo para la defensilla del Glorioso, y, por extensión, para todo el equipito: autopista hacia la segunda. En el tercero mi estimada Furia Gitana estuvo más lenta que el esteticista de Modric. Y un oscurecido Bellingham al fin brilló. El madridismo triunfante a la postre respiró muy satisfecho: “Ya hizo su golito, como siempre”. Y eso que el equipo meneó la bola relativamente bien, hasta que el oxígeno abandonó a Álex, y llegó algunas veces con peligro; pero el emperador Máximo no quiso manchar la gloria alba. Ahí Negredo no hubiese fallado. Y antes, el de la Luna (Lunin) desvió un disparo amarillo in extremis.
Y es que Sergio ya no funciona como tal. Parece incapaz de sostener al equipo. Un detalle: cuando cojea Ledesma, rápidamente al césped David Gil. Ni un segundo un portero lesionado en el campo. Conducta ejemplar la de Glez. Queremos decir que, si no es capaz de reaccionar ante situación tan fácil, difícilmente podrá hacerlo para cambiar a este desprovisto Glorioso, cuya gloria se debe más al amor gadita que a un verdadero blasón.
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