Visita guiada Objetos arqueológicos no identificados Las piezas más misteriosas del Museo de Cádiz

  • Juan Ignacio Vallejo desentraña los secretos de los ‘objetos no identificados’ del centro que dirige

  • Ante el éxito de la visita guiada se convocó una nueva cita una hora más tarde

Una pieza de cuarzo encontrada en el Dolmen de Alberite, uno de los objetos ‘no identificados’ en el Museo de Cádiz. Una pieza de cuarzo encontrada en el Dolmen de Alberite, uno de los objetos ‘no identificados’ en el Museo de Cádiz.

Una pieza de cuarzo encontrada en el Dolmen de Alberite, uno de los objetos ‘no identificados’ en el Museo de Cádiz. / Joaquín Hernández Kiki

Unos grilletes sin sistema de cierre que se aferraban a los tobillos de una esclava de Gades, una pieza de cuarzo encontrada en el interior de un dolmen del Neolítico, un escultura móvil del siglo V... Entre la llamativa y apetecible colección arqueológica del Museo de Cádiz se esconden pequeñas y extrañas joyas que a la vista del lego visitante pueden pasar desapercibidas o, peor, pueden resultar indescifrables. Piezas misteriosas, Objetos no identificados, como rezaba el sugerente (aunque no del todo exacto) rótulo con el que el director del centro provincial invitaba este miércoles a los ciudadanos a conocer las grandes historias que encierran estos pequeños viajeros en el tiempo.

Historias épicas (la tensión de las milicias del Alto Imperio equipadas con 25 kilos de armadura esperando las órdenes del centurión emitidas con el silbato que hoy se expone en el interior de una vitrina), historias cruentas (las argollas al rojo vivo cerradas en caliente sobre los tobillos de la esclava que posiblemente moriría por las heridas provocadas por dicho castigo), historias divertidas a ojos de hoy (la escultura de la divinidad que llega a nuestro tiempo ciertamente dañada pero que imaginamos, poderosa, respondiendo al aturdido fiel en el santuario alzando, como un primitivo autómata, el brazo tirado por los hilos que maneja el oráculo)... Historias asociadas a las piezas y relatadas con pasión y precisión histórica por Juan Ignacio Vallejo, director del Museo de Cádiz, que guía a la treintena de visitantes que han podido acceder a la actividad que se celebró ayer con tal éxito que se tuvo que convocar un segundo turno una hora después.

“Tengo que confesar que los objetos que vais a ver están identificados pero sí es verdad que sus usos están sometidos a interpretaciones que se fundamentan en hipótesis que siempre están en movimiento”, advertía Vallejo a la concurrencia en el comienzo de un recorrido que tiene como objetivo demostrar al ciudadano que un Museo “no es algo estático, sino que siempre está en proceso de construcción, que no se detiene” y, por tanto, la importancia de que el personal del centro esté “siempre actualizado y en contacto con el mundo y los profesionales, en este caso, de la arqueología de la provincia, para saber qué está ocurriendo y poder contar aquí información actualizada sobre las piezas con una base científica actual”, defendió.

El director del Museo de Cádiz, Juan Ignacio Vallejo, rodeado por los participantes en la visita guiada. El director del Museo de Cádiz, Juan Ignacio Vallejo, rodeado por los participantes en la visita guiada.

El director del Museo de Cádiz, Juan Ignacio Vallejo, rodeado por los participantes en la visita guiada. / Joaquín Hernández Kiki

Toda vez aclarado el sensacionalista (se le perdona) título, el grupo emprendía un viaje repleto de curiosidades que recrean prácticas lejanas, como la utilización de unas cajitas de hueso o bronce para proteger las improntas de los sellos con los que se firmaban los documentos, “los códigos PIN de la época”, o que se han mantenido hasta un tiempo más cercano, como las perforaciones que se pueden ver en una vasija globular que nos hablan de un sistema de reparación de la cerámica que se ha estado utilizando hasta la llegada de este modo de consumo compulsivo nuestro donde se prefiere tirar y volver a comprar que restaurar.

Los visitantes (una media de edad de 50 años) caen rendidos ante las explicaciones del director del Museo, se estremecen con los relatos más morbosos, ríen con los más jocosos, preguntan y se implican. Entran sin reservas ni prejuicios al juego de adivinar el para qué sirve y del qué sería esto.

Comprenden que las cualidades mágicas del cuarzo, creencia que todavía se mantiene a juicio de su venta en las tiendas de esoterismo, encajan perfectamente en el contexto del Dolmen de Alberite, donde apareció la magnífica pieza con la que se inicia la visita; aciertan a la primera que aquellos pequeños objetos de bronce son en realidad fragmentos de un tipo de cerradura de las muchas que se utilizaban en Gades para que los pudientes protegieran tanto sus villas como sus cajas de caudales o que, en la misma sala, se expongan unos dediles con los que los arqueros se protegían de la tensión de la cuerda... Porque los secretos de nuestros ancestros nos aguardan en el Museo de Cádiz, vivos, latiendo, deseando ser escuchados.

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