El recuerdo de un pretérito entrañable
La artista italiana exhibe los trabajos de 'Archivo anónimo' en la gaditana Sala Rivadavia, mientras que el autor puertorrealeño expone sus piezas en la galería portuense Milagros Delicado
Una de las cosas que más llama la atención en la programación que Eduardo Rodríguez lleva a cabo en la Sala Rivadavia es el factor sorpresa con el que se encuentra el espectador cuando acude a contemplar lo que, allí, se presenta. Uno se encuentra con una obra distinta, expectante y con un inquietante sentido en un arte hacia adelante y lleno de frescura. Siempre ha sido así en los dos espacios expositivos con los que cuenta el consulado Argentina y, así, debe continuar siéndolo. Y, precisamente, en esa línea se encuentra la obra de Romina Bassu, artista romana afincada en Sevilla hasta donde llegó de la mano de una beca Erasmus, esa que, ahora, está tan de moda porque peligra su existencia española por culpa de los recortes arbitrarios del señor Wert y de los que le mandan. Una pintura abierta, fresca, distinta, pensada con rigurosidad y llevada a la práctica después de un poderoso análisis estructural; todo lo exigible para una sala cuya programación está llena de sentido y criterio.
Una particular galería de retratos oferta una realidad representativa en la que el concepto tiempo juega un papel determinante. La autora se vale de imágenes rescatadas del pasado, aquellas entrañables fotografías antiguas que todos hemos visto guardadas en una vieja caja metálica, y las manipula hasta dotarlas de una nueva identidad significativa, otra dimensión temporal que diluye los contornos del tiempo y del espacio, para formular un desarrollo pictórico que pretende desentrañar el paso de la existencia a través de unas imágenes cotidianas que encierran la cercanía de lo doméstico.
Archivo anónimo es un proyecto creativo por el cual la artista se inmiscuye en un pasado para rescatarle parte de su intimidad. Las referencias pretéritas asumen nueva potestad. El recuerdo abandona su estable posición en los recodos de una memoria que se presiente y se acepta como es para alcanzar una moderna escenografía donde aquel imaginario, individual o colectivo, recobra una identidad inmediata.
Romina Bassu rescata del entorno múltiples imágenes de personas sencillas que, bien en solitario o en grupo, mantienen la esencia de aquel tiempo en el que fueron ejecutadas pero adoptando un nuevo sentido que borra las caracterizaciones y las hace absolutamente anónimas. La autora romana descontextualiza la realidad representada, desalojando la primitiva ilustración que las hacía posibles y llevándola a un contexto nuevo donde el tiempo ha perdido parte de su discurrir absoluto e implacable para establecerse en un tránsito más pausado y como a otro ritmo.
Pictóricamente, la amplia galería de imágenes se plantean con un gran esquematismo formal; tanto en los retratos unipersonales como en los de grupo, la artista desarrolla una gran contención plástica; los lápices y las acuarelas se extienden sobre el papel con una gran economía de medios que redunda en el resultado final, dejando abiertas muchas puertas para que el ojo des espectador asuma su posición última de partícipe en ejercicio. Son piezas acumulativas, muy bien planteadas expositivamente -la marca de la casa se deja sentir sin duda alguna-, que abren los espacios de la emoción y transportan a un pretérito que sentimos no demasiado lejano.
Muy feliz descubrimiento el de esta artista que llega a Cádiz con una pintura llena de frescura, con el testimonio de unas imágenes que nos son cercanas y que evidencian el paso de un tiempo, con su carga de expectación, crítica, nostalgia, ironía, desazón… y que hacen que lo que fue sólo manifieste el recuerdo de un ayer que hoy sentimos con su inequívoco sello de emoción.
Sala Rivadavia Cádiz
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