Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
Ramón Fontserè. Actor, miembro de Els Joglars
Mientras Ramón Fontserè (Torelló, Barcelona, 1956) sube en el ascensor del Hotel Senator de Cádiz para fotografiarse en el solarium del establecimiento, pregunta al periodista dónde están los sex shops de Cádiz. "Es para un trabajo de campo", matiza dando a entender que es para dotar de contenidos al blog personal que titula Crónicas por lo vagini. Después, camino de la envidiable perspectiva que le espera desde la azotea del hotel, alaba una ciudad por la que le encanta pasear, habla con ironía de las obras y de la alcaldesa -"esta mujer no para", dice- y recuerda pasadas estancias en el Parador, ahora un solar en obras. Y hasta tiene tiempo de mandarle un mensaje desde el móvil a un compañero de grupo para decirle que en la última planta del hotel hay una piscina al aire libre en la que se puede bañar: "Es que hasta en invierno va a la playa en Barcelona". Al final, se sienta y habla de Joglars y de su última obra.
-Els Joglars vuelve al FIT, el único festival del mundo que cuando da un homenaje entrega una placa que pone 'Aseos'.
-Sí, es el único sitio del mundo en el que me han regalado esto...
-Tengo entendido que la vio usted en el Falla después de la rehabilitación y que le gustó mucho. No la pidió, pero se interesó por ella, ¿fue así la historia?
-Me la regalaron por unos hechos acontecidos tras la remodelación del Falla, y a partir de aquello se ha establecido una relación entre placas y aseos muy interesante. La conservo en un sitio de honor en mi casa, en un lugar importante...
-¿Volver al FIT supone algo especial?
-Sí, es un festival al que hemos estado viniendo desde hace muchos años, es un clásico, y te permite estar en Cádiz que es una ciudad encantadora, bulliciosa y en permanente renovación, en permanente perfeccionamiento. Es decir, cuando todas estas obras acaben, esto será magnífico.
-Si acaban...
-Bueno...
-¿En Barcelona acabaron con el 92?
-No, Barcelona es como Madrid, supongo que están buscando tesoros.
-Y regresan con 2036 Omena-G, un juego de palabras, si me lo permite al estilo Les Luthiers, en el que representan a su propia compañía dentro de 25 años.
-Nosotros auguramos que para 2036, donde situamos el espectáculo, los jóvenes hablarán ya un castellano denigrado, degenerado, tipo SMS, de ahí el título: homenaje sin hache, con el guión, con g... En el espectáculo planteamos un futuro con una juventud muy empalagosa, muy tocona, con ese lenguaje degenerado. Son las grandes líneas del futuro que prevemos. Igual la eutanasia será una cosa totalmente legalizada, normal. De todas maneras, el porvenir siempre suele ser negativo para los contemporáneos.
-Y se interpretan ustedes a sí mismos.
-Sí, siempre habíamos intentado jugar a ser otros, pero esta vez somos nosotros mismos. Es una pirueta un poco cruel, porque uno tiene una cierta edad y si se pone 25 años más es un poco cruel... Pero siempre decimos que uno tiene que saber reírse de sí mismo, y es lo que hacen estos viejos, y el sarcasmo que nosotros hemos aplicado a otros nos lo aplicamos ahora a nosotros mismos, en la misma proporción de ternura y crueldad. Creo que en nuestros espectáculos ha habido ternura, lo que pasa es que las dosis de humor, de sarcasmo, son tan grandes que queda socavada. La suerte que tienen estos viejos, nosotros mismos, es que no han perdido la condición de actor y, por lo tanto, podemos representar lo que vemos a nuestro alrededor, que es lo que hemos venido haciendo toda la vida, y representamos lo que vemos en ese hogar, parodiamos a los otros viejos.
-¿No se entiende Joglars sin sarcasmo, verdad?
-Bueno, es lo que hemos practicado toda la vida. Es una manera de hacer, una manera de enfocar los temas, siempre con ese sarcasmo, siempre con una visión, con una dosis importante de libertad al tocar los temas. De hecho, durante estos 50 años se ha seguido la evolución de la sociedad. A veces nos hemos metido en el ojo del huracán, con las consecuencias que nos han traído, pero la corrección política no ha sido precisamente nuestra inspiración.
-Els Joglars empezó en 1961 con representaciones de mimo, después llegó la palabra y obras como Teledeum, Columbi Lapsus o Ubú President, entre muchas otras, ¿no creen que algunos hubieran preferido que ustedes se quedaran calladitos?
-Bueno, es una evolución dentro de ese juego, sí, sí, se empezó con el mimo, desnudos, con unas mallas, y se ha pasado a espectáculos con un libreto de cien páginas. Pero precisamente este sarcasmo, esta manera de enfocar los temas, es debido a que creemos que el teatro tiene que provocar algo, tiene que provocar risas, ternura...
-Pero había gente que no lo entendía así, que no veía ternura ni humor, ¿se pasa mal entonces?
-¿Cuándo hay hostilidad, te refieres?
-Sí
-Sí, sí, sí, pero formaba parte del juego éste, pero siempre hay gente que aun en esos momentos te respalda. Te atacan, sí, pero también hay otra gente que te da su aliento.
-¿Els Joglars ha buscado alguna vez, deliberadamente, esa provocación?
-Creo que la gente confunde eso de la provocación con ser absolutamente sinceros, absolutamente libres, con no cortarnos a la hora de enfocar los temas. También depende de la sociedad: Teledeum, en el año 84, con el primer gobierno de Felipe González, eso fue una locura, pero no se atacaba el dogma, no se ponía en entredicho la fe, era simplemente una comedieta del ritual, había unos encontronazos y unas pequeñas peleas, pero no decíamos que tal o cual religión era falsa. Aquello ocasionó un jolgorio importantísimo.
-¿Hoy en día sería más fácil hacer ese tipo de obras?
-Pues no lo sé, porque de alguna manera actualmente cada día hay más normas, y más prohibiciones. Y en 2036 no sé cuántas normas tendremos que soportar. Todo empezó con el cinturón de seguridad, y a partir de ahí, fumar, beber...; en ciertos aspectos hemos perdido más libertad de la que había antes por esa cosa paternalista del Estado: "Usted no vaya a ver los toros que le van a herir la sensibilidad". Oiga, mi sensibilidad es mía y hago lo que quiero, no me tiene usted que decir lo que es sensible o no. Ya seré yo quien decida. Preocúpese de hacer en el Parlamento un marco donde quepan todas las sensibilidades. Eso sería lo razonable.
No soy un aficionado a los toros recalcitrante, me he acercado a ese mundo con un espectáculo y me ha interesado. Yo creo que en los toros no hay crueldad; es crudo: se ve la sangre, se ve el sudor, se ve la arena. Esto tiene que ver también con la desaparición del mundo rural, lo urbanita lo ha absorbido todo. La muerte, por ejemplo, está en los tanatorios. Mi abuelo se murió en mi casa, y yo que era un niño vi su cadáver. Ahora no, ahora todo se aparta
-¿Los políticos son una competencia para los actores por las escenitas que montan?
-Sí, pero son sketches, es todo muy fugaz, no hay nada.
-¿El teatro tiene más verdad, no?
-Yo creo que sí, hay una gama de sentimientos más amplia que lo que hacen ésos, a los que además se les ve venir.
-De cara al futuro parece que se están quedando ustedes caducos... ¿A qué esperan para hacer un musical, que es lo que se lleva ahora?
-Hacer un musical... (ríe), pues tendremos que hacerlo en la ducha, que es el único sitio que no hiere la sensibilidad del espectador.
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