Misa negra

La compañía Marta Carrasco, durante la representación en el Gran Teatro Falla.
La compañía Marta Carrasco, durante la representación en el Gran Teatro Falla.
Désirée Ortega Cerpa

29 de octubre 2010 - 05:00

Compañía: Cía. Marta Carrasco Creación y dirección: Marta Carrasco. Intérpretes: Alberto Velasco, Anna Coll, Joan Valldeperas y Noemí Padró, entre otros. Escenografía: Marta Carrasco, Pau Fernández y Pep García. Iluminación: Quico Gutiérrez. Música: Mozart y otros autores. Montaje musical: José Antonio Gutiérrez. Vestuario y maquillaje: Pau Fernández y Rui Alves. Día: 27 de octubre. Lugar: Gran Teatro Falla.

Si Artaud levantara la cabeza, encontraría materializada su visión de un Teatro de la Crueldad en este espectáculo, concebido como una misa negra barroca y delirante, a partir de la obra inconclusa de uno de los genios que en el mundo han sido. El propio Mozart está presente en escena, como figura grotesca heredera de la visión de Shaffer-Forman y parece delirar en medio de su propia creación. Su envolvente Réquiem nos trasporta abducidos al universo personal engendrado por esta coreógrafa, que mantiene sus constantes estéticas, en un lugar donde combina exceso, delirio y esperpento, pero todo ello, paradójicamente, dentro de una coherencia artística. La puesta en escena es de carácter ritual, empleando un buen número de elementos de la tradición católica, que se presentan acumulados y desparramados en el escenario. En un abigarrado conjunto, evolucionan maestros de ceremonia y celebrantes, ataviados los unos de sus ropajes propios, los otros, con vestidos de fiesta y, todos, caricaturizados con maquillajes de pesadilla. Mediante una coreografía sorprendente, llena de furia, energía dramática y erotismo, se componen y descomponen imágenes de una belleza aterradora, que critican el engranaje y la hipocresía de los que se han investido a sí mismos con la exclusividad de hablar en nombre de la divinidad, asociando su concepto con la ira y el terror. En el desarrollo del montaje se suceden intervenciones corales e individuales de diversos estilos, además de la danza. Así, en ellas hay lugar también para la interpretación musical -tanto en directo como en play-back- y actoral, desde el baile mórbido -en el sendito primigenio del término- del excesivo Mozart, a la inquietante danza de la mujer con máscara antigás, o el cruelmente innecesario monólogo sobre cómo matar a un niño, sin olvidar la cómica charla directa con el propio Dios, resuelto en trágico castigo. De la crítica general a la institución eclesial, el espectáculo se va enfocando gradualmente en lo es que su tema principal, intuido a lo largo de las diferentes visiones, esto es, la opresión y represión centrada sobre la mujer, vilipendiada a través de los doctores de la iglesia. Es ella el auténtico cordero inmolado, que esperamos que un día encuentre el creador o creadora que también la haga resucitar de su condena en las restantes religiones.

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