Concierto de Pasión Vega en el Falla La Pasión del Viernes de Dolores

  • En dos horas y media de concierto, la intérprete Pasión Vega vuelve a firmar su idilio con Cádiz a través de las canciones que han cosido sus 25 años de trayectoria musical

La intérprete Pasión Vega, la noche del viernes en el Gran Teatro Falla. La intérprete Pasión Vega, la noche del viernes en el Gran Teatro Falla.

La intérprete Pasión Vega, la noche del viernes en el Gran Teatro Falla. / Jesús Marín

A esa misma hora en la que María Santísima de los Dolores enfilaba Hospitalito de Mujeres abajo, hacia la plaza de la Libertad, no pocos gaditanos desafiaban la cuesta de Sacramento arriba, hacia la plaza Fragela en un Viernes de Dolores que en el interior de ese otro templo que es el Gran Teatro Falla se vivió como un viernes de Pasión. De Pasión Vega que, a través de las canciones que han hilado 25 años de trayectoria musical, relataba su propio camino al paraíso de la música, que también eleva el espíritu sacándolo de esta carcasa nuestra de sangre y huesos.

En comunión con su exquisita banda de siete músicos dirigida por el maestro Jacob Sureda, Pasión señalaba el camino que la ha conducido hasta ese mismo instante, ese preciso momento en el que hoy día se mira en un espejo cercado de bombillas, el espejo de un camerino, minutos antes de salir a escena. Y es que así escenificó su 40 Quilates, el tema de Fernando Arduán que da título a su último disco y con el que echó a andar ese viaje emocional y musical que tuvo lugar anoche en un teatro que ya es su casa.

Cádiz, por su parte, estuvo más contenido que en otros encuentros, más respetuoso, más delicado; con más ganas de escuchar que de hablar (alabado sea el cielo). Una actitud que ni mandada a hacer para los contornos de este recital de Pasión Vega que se nos antoja, también, más pausado, más contemplativo y aun más emocionante que citas anteriores (sí, es posible).

Porque la artista se buscó, y se encontró, en los matices del susurro (que existen en un cántaro tan pleno como su garganta) y en el desgarro que se frena antes justo del escándalo de la sangre. Pasión Vega tiene una voz privilegiada, y lo sabe, y lo sabemos; por eso no tiene que andar cargando y recargando los versos que para ella escriben muchos de los mejores músicos-poetas del país. El requiebro oportuno, la cabriola adecuada, sin excesos, son letales para el corazón sensible.

Y por eso nos emociona ese bolero novísimo que navega entre el hoy y el ayer que es Querría, de Juan Gómez El Kanka, o ese clásico del cancionero de Javier Ruibal que es La flor de Estambul o el indispensable Cómo te extraño que Sabina escribiera pensando en Camarón y en la voz de la malagueña salerosa que se enamoró de Cádiz. Kanka, Ruibal, Sabina... ¿Ha dicho poco?

Los vestidos hechos a medida (Salve del amor perdido, tejido por Chipi y Jesús Bienvenido, Tierra de nadie y Se te olvidó de Antonio Martínez Ares....) y los prestados (Mediterráneo de Serrat, María la Portuguesa y las Habaneras de Cádiz de Carlos Cano, Gracias a la vida de Violeta Parra...) se sucedían sólo interrumpidos por anécdotas con las que los temas cobraban otra dimensión, la íntima, la personal.

La intérprete cantó 'Tan poquita cosa' a su hija que estaba en el palco junto al escenario

Y así el respetable se enteró como un día de un mes del año 2003 Pasión Vega, en Madrid, bañó de lágrimas el auricular del teléfono mientras Antonio Martínez Ares, en Cádiz, le cantaba por primera vez la estrofa inicial de María se bebe las calles; o de cómo, mientras grababa su primer disco, Pancho Varona le dijo, vamos a casa de Joaquín y lo conoces, y de allí se llevó la amistad de Sabina y una canción; o que aquel vestido verde con el que debutó en el Lope de Vega, ese que cuelga ahora de un perchero como parte de la escenografía de la gira de 40 Quilates, no se lo puede poner ya porque “tanta vida no cabe en esa tela tan chica”.

La vida de Pasión pasaba, sucedía, ante nuestros ojos, como pasa y sucede un bolero. Y Charles Aznavour (que estás en los cielos) sonaba en su casa de niña mientras que hoy la mujer acaricia su cuerpo contra la tapa del piano sobre el que reposa para cantar La Bohemia, o que se sienta para contarnos otro París, esa maravilla que le confeccionó Jorge Marazu.

Pasión recorría el camino andado, se acordaba de viejos y nuevos amigos e hizo cómplice a los que en ese Viernes de Dolores estuvieron en el Falla del secreto que le mueve el alma. Ella, Tan poquita cosa, en el palco a voz en grito: “¡Mamá, qué guapa eres!”

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