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Marty Supreme | Crítica

Timothée Chalamet, un espectáculo en 'Marty Supreme'. / D. S.

La ficha

**** Marty Supreme. Drama/Biopic, EE UU, 2025, 149 min. Dirección: Joshua Safdie. Guion: Ronald Bronstein, Joshua Safdie. Música: Daniel Lopatin. Fotografía: Darius Khondji. Intérpretes: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A'zion, Abel Ferrara, Tyler the Creator, Penn Jillette, Fran Drescher.

Su filmografía, ahora solo y antes en compañía de su hermano Ben, deja claro qué historias y personajes interesan a Joshua Safdie: una cleptómana (The Pleasure of Being Robbed, 2008), un padre caótico (Go Get Some Rosemary, 2009), una sintecho heroinómana (Heaven Knows What, 2014), un ladrón desmañado (Good Time, 2017) o un imprudente joyero con la muerte en los talones (Diamantes en bruto, 2019).

Todo, y esta es una de sus marcas, muy crudo. Pero se trata de una crudeza matizada -¿sublimada?- por un raro sentido de la compasión o, mejor, de una ternura comprensiva que no idealiza a los personajes, pero sí los contempla con una mirada que, sin ser cómplice, pretende penetrar en su mundo exterior, siempre un Nueva York entre lo menesteroso y lo delictivo, y en su desequilibrado mundo interior.

Una mirada que se plasma en un estilo muy personal, tan eficaz como efectista, tan aparentemente directo y espontáneo como calculado. Si en el universo literario americano hubiera existido algo parecido a nuestra picaresca, este sería el referente de las historias que los Safdie cuentan y de los personajes que les interesan. Como no existió, sus personajes podrían identificarse con nuestros Lazarillo, Buscón o Guzmán de Alfarache trasplantados a los submundos neoyorquinos.

Mientras trabajaba en Diamantes en bruto la mujer y productora de Joshua Safdie le regaló The Money Player, un olvidado libro publicado en 1974: la autobiografía de Marty Reisman, un poliédrico y extravagante personaje que fue campeón de tenis de mesa en los años 50. Un tipo que parecía hecho a la medida de su cine. Y a la de Timothée Chalamet, con quien Safdie había iniciado conversaciones para trabajar juntos. Personaje y actor se ensamblaron tan perfectamente como la historia y el director. “Quienes destacaban en el tenis de mesa solían ser aquellos que no encontraban su lugar en ningún otro deporte. La disciplina no era respetada y atraía a personajes sospechosos, puristas y obsesivos”, dijo el director. Así nació Marty Supreme, libremente, muy libremente, inspirada en la autobiografía del jugador.

Timothée Chalamet ofrece una espectacular interpretación hambrienta de Oscar

Como la complicidad entre los hermanos Safdie es absoluta, mientras Joshua trabajaba en esta película, Ben lo hacía en The Smashing Machine, otra historia, esta vez en el mundo de la lucha, de ascenso y caída basada en un personaje real. En esta no hay caída, porque el universo del tenis de mesa no es tan duro como el de las artes marciales mixtas. Pero el protagonista vive en una especie de perpetuo ascenso y caída, éxito y fracaso, mérito y truco, habilidad y trampa. Siempre con el engaño, el egoísmo y el descaro como instrumentos de supervivencia y ascenso, junto a una capacidad de seducción tan innegable como su habilidad jugando, manipulando y auto promocionándose. También logrando, como siempre hace este director con sus personajes, que se sienta cierta simpatía hacia él. Es como es en un mundo que no debería ser como es.

Como en las novelas picarescas, el protagonista absoluto (convertido aún en más absoluto por la espectacular interpretación hambrienta de Oscar de ese actor-espectáculo que es Chamalet, algo así como una fusión de Lon Chaney con Marlon Brando) preside una galería de personajes secundarios tan estrafalarios, entrañables unos, miserables otros, tristes todos, como distintos según el escalón social -de los más bajos a los más altos- que ocupen, interpretados por una reparto elegido con inteligencia: desde la consagrada Gwyneth Paltrow a la emergente Odessa A'zion, que refuerza su posición con esta película, el rapero Tyler the Creator, el empresario, productor, showman televisivo y ahora actor de cine Kevin O'Leary o el director Abel Ferrara. Todos perfectos en la defensa de sus personajes resistiendo al tsunami Chalamet.

Safdie ha encontrado a su pícaro perfecto, lo ha metido en un universo más extenso de los que habitualmente abarcaban las películas que hizo con su hermano, en el que viven campeones del tenis de mesa, gánsteres, millonarios, desdichadas criaturas engañadas y maltratadas u otoñales estrellas de cine. Y para este personaje, y con él, ha superado las fronteras del Lower East Side para hacerlo viajar por el mundo. A la vez que ha superado también sus límites expresivos exasperando espectacularmente su habitualmente nerviosa escritura visual, amplificándola, si se quiere hasta lo ampuloso, utilizando cámaras y lentes que de den, además espectacularidad visual, un look años 50 a las imágenes -soberbia dirección de fotografía del maestro Darius Khondji, consagrado por sus trabajos con Fincher, Gray, Allen, Haneke o Kar-Wai- que un genio del diseño de producción, Jack Fish, el creador de los universos visuales de Mulholland Drive, Pozos de ambición, El árbol de la vida, El renacido o Los asesinos de la luna, convierte en una de las mejores recreaciones de época vistas en mucho tiempo.

La película es tan visualmente apabullante, tan acelerada en su ritmo de montaje, tan imprevisible en sus saltos temáticos, tan desconcertante en la mezcla de géneros, tan ambigua en el tratamiento de la galería de los personajes, tan rítmicamente empujada por una muy original banda sonora de Daniel Lopatin (imaginativo uso de los coros) y canciones tan anacrónicas -son posteriores a la época- como bien insertadas, que se sigue como si fuera un frenético partido de ping-pong sin tener claro si Joshua Safdie nos fascina por méritos propios o juega con nosotros como hace su protagonista con las pelotitas de ping-pong y sus víctimas. En cualquier caso, en su poderío visual, en su pícaro protagonista y en su estrambótica corte de personajes, tan magníficamente interpretados todos, no hay engaño.

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