La atrocidad o su narración

La ética de la crueldad | Crítica

Galaxia Gutenberg recupera con una edición ampliada el ensayo con el que José Ovejero obtuvo el Premio Anagrama en 2012, en una invitación jugosa a revisar sus conclusiones en un contexto, quizá, distinto

La mirada animal

El escritor José Ovejero (Madrid, 1968). / Juan Carlos Muñoz
Pablo Bujalance

08 de febrero 2026 - 07:02

La Ficha

La ética de la crueldad. José Ovejero. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2026. 184 páginas. 18 euros.

La publicación en 2012 de La ética de la crueldad de José Ovejero (Madrid, 1958), obra con la que el autor obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo, permitió reabrir el debate respecto a los límites de qué contar y cómo en un momento en que, precisamente, la ficción en lengua española parecía acomodarse en ciertas fórmulas blancas afines a un gran público. En su ensayo, Ovejero exploraba distintas manifestaciones narrativas de la crueldad en un contexto universal, pero la oportunidad con la que el libro lanzó sus dardos en el ecosistema literario español resultó proverbial. La premisa resultaba aplastante: frente a una exposición de la violencia extrema en el arte y en los medios de comunicación que obedecía a menudo a intereses ideológicos, la literatura es capaz de abrazar una crueldad que invita al lector a cuestionar en lo más íntimo sus convicciones morales. Para Ovejero, la crueldad así afirmada es un presupuesto ético, ya que este cuestionamiento induce a una transformación en el individuo, una nueva percepción que requiere, hasta cierto punto, una agresión previa en la conciencia del lector. El autor se aliaba con Bataille para indagar en la distinción entre el acontecimiento cruel y su representación, con alcances reveladores y a menudo incómodos. Ahora, el sello Galaxia Gutenberg, en el que Ovejero ha publicado sus últimas novelas, ha recuperado La ética de la crueldad en una edición ampliada que permite cuestionarse sobre la vigencia de sus conclusiones catorce años después. Se trata, ciertamente, de un plazo breve, con lo que resulta difícil advertir un contexto distinto. O quizá no tanto.

Para Ovejero, la transgresión "no consiste en atentar contra las fronteras impuestas por otros, sino en intentar poner patas arriba los propios valores"

En su prólogo, Ovejero sigue considerando “válido” su libro en la actualidad, “aunque hoy probablemente enfocaría algunos apartados de forma ligeramente distinta”. De hecho, la ampliación se concreta en el capítulo Ocho libros crueles, que en la edición original reunía solo siete y que aquí incorpora a Agota Kristof y su trilogía Claus y Lucas (que la editorial El Aleph reeditó en el mismo 2012). En este capítulo, el autor analiza el alcance transformador de la crueldad en ocho títulos aparecidos en el siglo XX, de El astillero de Onetti a Tiempo de silencio de Martín-Santos pasando por Auto de fe de Elias Canetti y Deseo y La pianista de Elfriede Jelinek. Aunque Ovejero descarta cualquier criterio de paridad al respecto, lo cierto es que la inclusión de Kristof permite ahondar en la posibilidad y la distinción de una mirada femenina para la crueldad literaria. En cualquier caso, Ovejero define la ética de la crueldad una superación de la “conciencia juzgante” de Hegel, “necesaria en el espíritu para poner límites a la violencia de la convicción, pero que es pasiva, se refugia en la palabra, no actúa”. Así, la lucidez transformadora, la que sí actúa, “tiene que atreverse a la auténtica transgresión, que no consiste en atentar contra las fronteras impuestas por otros, sino en intentar poner patas arriba los propios valores y los de aquellos a los que en principio está dirigida la obra”. La literatura que abraza la crueldad es corrosiva, quiere agredir a los suyos. Por eso “parece abocada, si no a la desaparición, a ser cada vez más marginal”. 

La consideración de la literatura cruel como manifestación en retirada, condenada a la insignificancia, deja bastantes dudas

Es aquí donde cabría preguntarse por la relectura de La ética de la crueldad catorce años después y su vigencia, que, resolvamos pronto, es absoluta. Sin embargo, la consideración de la literatura cruel como manifestación en retirada, condenada a la insignificancia, deja bastantes dudas. Es cierto que no pocos fenómenos literarios solo en la última década han hecho gala de una crueldad esgrimida como morbo baldío y ocioso, pero la nómina de autores (y especialmente autoras) de generaciones posteriores a los de los Ocho libros crueles que emplean la crueldad como mecanismo de transformación de la conciencia lectora es creciente y gana públicos cada vez más amplios (a modo de ejemplo, citemos solo el nombre de Mariana Enríquez). Sería interesante, del mismo modo, considerar cómo el auge de la literatura del yo se ha servido en los últimos años de asideros singularmente crueles para obtener más resonancia. Si a todo esto unimos la evidencia de que la exposición mediática y digital ha naturalizado la crueldad en niveles impensables precisamente hace solo diez años, y la manera en que la creación literaria y artística incorpora con cada vez más intención esta exposición a sus códigos, cuesta resistirse a la idea de que el placer cruel se mantiene álgido, también, en sus parámetros éticos. El debate, en fin, continúa. Sí que conserva la ética de la crueldad como seña de identidad, fuera de duda, su negativa “a aceptar que las cosas son como parecen o como deben ser”, su querencia a “reventar de un puñetazo esa sonrisa profesional con la que nos dicen tranquilícese, sea positivo, todo está bien”. Afortunadamente.

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