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El terror de uno mismo

'Detrás del volcán'. Malcolm Lowry. Trad. C. Virgili y R. Murillo. Prólogo Patricio Pron. Gallo Nero. Madrid, 2013. 116 páginas. 9,50 euros.

El terror de uno mismo
Ignacio F. Garmendia

30 de marzo 2014 - 05:00

Hasta doce editores habían rechazado su novela cuando Malcolm Lowry recibió la carta de un decimotercero en la que se le sugerían cambios y supresiones de calado. Conocemos otros testimonios de autodefensa frente a editores renuentes, pero pocos impresionan tanto como la apasionada respuesta del autor de Bajo el volcán al benemérito Jonathan Cape, que ya había publicado la primera novela de Lowry -Ultramarina- y acabó accediendo a sus razones para mantener la integridad de la última que publicó en vida. Esa larga respuesta ya fue recogida en un opúsculo prologado por Jorge Semprún a comienzos de los 70 -El volcán, el mezcal, los comisarios- y después en el volumen donde Carmen Virgili seleccionaba la correspondencia del escritor inglés, para el que la también traductora usó el muy apropiado título que aquel proyectaba dar a su ciclo inacabado, El viaje que nunca termina. Ahora ha sido reeditada por Gallo Nero junto a otras pocas cartas, incluidas una muy emotiva de la segunda mujer de Lowry, Margerie Bonner, al agente literario Harold Matson o la breve misiva de Cape -el informe de lectura que adjuntaba nunca fue divulgado- que hasta ahora permanecía inédita.

No sin motivo arguye Patricio Pron que los argumentos de Lowry para convencer a su editor son a veces discutibles e incluso contradictorios, pero la coherencia de su exposición importa menos que el ardor de sus palabras, que por otro lado aportan información valiosísima sobre el proceso de composición de Bajo el volcán, los múltiples sentidos de la novela y una forma de crear que tiene poco que ver con los raptos exaltados. Se ha hecho célebre el pasaje donde Lowry habla de "ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo" o del "ascenso incesante hacia la luz", pero es en el análisis de los capítulos donde ofrece, a la vez que defiende el libro como un todo orgánico, una lección memorable en el difícil género de la autocrítica. Los afectos al malditismo siguen fascinados por la minuciosa autodestrucción a la que se entregó Lowry, pero lo realmente admirable fue la tenacidad con la que trabajó -cuatro versiones distintas en algo menos de una década- y creyó en su obra. Pocos escritores han logrado recrear con tanta intensidad el sol negro de la dipsomanía.

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