coronavirus | salud mental Panorama para la depresión

  • Los meses de incertidumbre ya dejan huella en el bienestar emocional: especialistas y terapeutas notan un aumento de las consultas 

  • La vulnerabilidad es más alta entre los mayores, las personas que viven solas, jóvenes y niños

La confunsión en los mensajes recibidos contribuyen a aumentar un clima de recelo y vulnerabilidad. La confunsión en los mensajes recibidos contribuyen a aumentar un clima de recelo y vulnerabilidad.

La confunsión en los mensajes recibidos contribuyen a aumentar un clima de recelo y vulnerabilidad. / Efe

La mente humana dista mucho de ser un ordenador, aunque actúa en binario. Sí o no, por aquí o por allí, bien o mal. Hay matices, desde luego (lo humano) pero, en última instancia, todo se reduce a ceros o unos. No estamos hechos para la incertidumbre: nos trastoca, nos pasa factura. Cuando aprendimos a dejar de ser monos, nos pusimos adorar todo aquello que nos sugería pautas en medio del caos: las estaciones, los caminos celestes, las luminarias.

Desde hace meses, convivimos con lo imprevisto: un concepto que, por definición, nos espanta. La pandemia, además, ha venido a subrayarnos que lo imprevisto no es bueno: trae enfermedad y pérdida, límites, barajas echadas, empleos jibarizados. Un paisaje de niebla hasta donde llega la vista.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, lo real es el caos. Lo real está hecho de elementos dispersos, disparejos, y sólo lo podemos medio ordenar a través del discurso, de la narración, de lo simbólico”, desarrolla al respecto la psicóloga Carmen Campos, que ha recogido en un libro (Transitando la pandemia) historias y experiencias del confinamiento.

“Dar forma a ese inmenso contingente de desorden es el reto que nos supone una epidemia o una catástrofe natural. Nos pone a bordear un vacío. Nada será igual después de la pandemia: habrá un nuevo modelo de habitar el mundo al que estamos todos convocados”.

Todos hemos perdido el sentimiento de que podemos controlar las cosas –reflexiona al respecto el coordinador de Salud Mental del Hospital de Puerto Real, Eulalio Valmisa–. Siempre hemos tenido una visión general de progreso y, ahora, vemos que no sólo somos vulnerables sino que no tenemos el control”.

Esta semana, el centro comercial Área Sur publicaba un informe sobre el Malestar psicológico derivado de la Covid-19 en la segunda ola. El estudio, desarrollado por la red de centros comerciales de Sonae Sierra junto al Consejo General de Psicología de España (COP), señalaba que un 36,5% de los gaditanos presenta, actualmente, síntomas relacionados con la depresión. La encuesta apuntaba también otros porcentajes relacionados con los efectos de la pandemia, como que un 36,5% de la población declaraba tener problemas para conciliar la vida laboral y la personal; o que el 18,3% ha visto cómo aumentaban los conflictos familiares durante la pandemia.

Este estudio viene a confirmar la percepción de los especialistas, que han notado un aumento de consultas durante los últimos meses:“Algunos vienen derivados de los efectos del covid y el confinamiento pero, sobre todo, han aumentado los casos de depresión y ansiedad que ya se venían gestando –indica desde La Línea la psicóloga Paula Igartua–. Hasta el momento, lo iban sobrellevando pero, al aumentar el umbral de estrés, han tenido que buscar ayuda”.

A nivel emocional y mental, los efectos de la pandemia nos “afectan absolutamente a todos –comenta, desde Erytheia Psicología, Francisco Quintana–. Estamos ante un problema de salud comunitario, mundial. Ante todo este desbordamiento, sufren más aquellos que tienen menos anclajes y escaso apoyo”.

“La pandemia ha venido a afectar profundamente nuestra rutina diaria –indica Paula Igartua–, y el ser humano es un ser de costumbres. No nos gusta que nos saquen de nuestra zona de confort y, no sólo nos piden cambios importantes, sino que nos quitan también muchas rutinas de distensión, las pequeñas válvulas de escape. Se está pidiendo a la población un esfuerzo muy grande”. Una situación que puede ser especialmente difícil, afirma, para aquellas personas “que necesitan controlar mucho, y que ahora tienen que aprender tácticas de afrontamiento”.

El cansancio emocional que deja un escenario continuo de incertidumbre suele afectar de manera especial, además, a las personas mayores, a las que viven solas, a los jóvenes y a los niños.

“La rebeldía y la necesidad de emancipación respecto a las figuras de autoridad forman parte de la definición de transición hacia la adultez –apunta Quintana–. Y esa rebeldía de los adolescentes contribuye muy mucho a que sean la población más afectada sanitariamente en esta segunda ola, con una transmisión muy alta, y no existen políticas informativas y concienciadoras específicas”.

Un 36,5% de los gaditanos presentan síntomas propios de la depresión

De la misma opinión es Carmen Campos: “Creo que, en gran medida –comenta–, entramos en el error de la nueva normalidad, ese sentimiento de que lo peor había pasado y que enseguida tendríamos la vacuna. Han sobrado eslóganes y ha faltado pedagogía. Muchas veces se nos ha tratado como si fuéramos niños pequeños. Está por venir un nuevo modo de gobernar y dirigirse a la gente, porque a la gente no se la puede tratar con eslóganes, ocultando información o con cifras nada más, bombardeándolos. Hay que formar los criterios para que la gente actúe”.

En lo que respecta a la infancia, Paula Igartua comenta que han subido las “consultas de miedo a la vuelta al cole, o de niños que han ido sacando el temor de otras formas: no duermen bien, o no comen bien, o se obsesionan y preocupan por otros temas en exceso”. Desde la UCA, el psicólogo Gabriel González de la Torre también advierte de los efectos en los más pequeños:“Hay muchos críos que escuchan hablar a los padres de los peligros, hay padres que evitan el contacto de sus hijos con otros... El niño se pregunta qué ocurre”.

Y, por supuesto, una nueva población de riesgo la constituyen todos aquellos en peligro de perder sus empleos: “Algo que en la primera oleada no se veía como un problema, porque creíamos que era algo que iba a pasar rápido, y que volveríamos pronto a la normalidad”, añade González de la Torre.

“ A partir de esta segunda oleada –continúa Francisco Quintana–, el concepto psicológico que manejamos es el de indefensión aprendida: así llamamos al comportamiento que adopta un organismo cuando detecta que, haga lo que haga, no hay remedio, las cosas van a salir mal. Si cualquier ser vivo trata de escapar de un peligro, por ejemplo, y ve que sigue sufriendo, se queda quieto: que esto acabe lo antes posible y ya está”.

“La persona ve que aunque lleve mascarilla, se confine, guarde distancia, teletrabaje, cierre negocio, limite su negocio, no vaya a los bares... la curva y las muertes siguen en aumento y no parece que haya una solución. Lo lógico es que baje los brazos –prosigue–. Pero ese es el paso previo, la base inicial, de los estados depresivos”.

A ello se añade que esta segunda ola “parece ser incluso más dura que la primera, y la cantidad de mensajes contradictorios que acumulamos se traducen en una gran confusión –continúa Quintana–. En gran parte, por eso hay gente que vuelve a las soluciones rápidas, al negacionismo, etc. El mismo ministro Illa nos advierte de que la situación es grave pero lanza, con el objetivo quizá de compensar, un mensaje temerariamente eufórico respecto a la vacuna... Al no tener las cosas claras, entre nosotros crece la irritabilidad, la ansiedad, esa indefensión aprendida de la que hablaba y, finalmente, los estados semidepresivos o de depresión severa”.

Francisco Quintana: "El concepto psicológico que manejamos es el de indefensión aprendida"

González de la Torre también señala el efecto pernicioso de la confusión en los mensajes, aun “teniendo en cuenta que hay muchas cuestiones para las que aún no tenemos respuesta –explica–. Por ejemplo, el tema de los niños, que eran supercontagiadores, y ya no. La gente no sabe realmente qué creer. Llega un momento en el que se toman medidas de escape, y el escape también es la negación: es un mecanismo psicológico, si niegas que algo existe, puedes seguir adelante. El razonamiento normal no funciona y se busca desesperadamente la vuelta a lo que se conoce. La gente quiere tener unos mínimos de normas de qué hacer”.

“Lo que crea un desconcierto tremendo es que el mensaje no ha sido uniforme –añade Quintana–. El verano se vendió como un alivio para la gente y la economía, y luego hemos tenido una segunda ola muy intensa. Se crea confusión a partir de mensajes contradictorios o cambiantes y la gente extrema sus opciones”.

Gabriel González de la Torre –que colabora actualmente con un estudio europeo que intenta medir el impacto del covid en la salud mental– ha trabajado en proyectos internacionales que estudian perfiles sometidos a situaciones extremas de confinamiento, como los que se dan en las misiones espaciales: “Los astronautas están muy preparados y puede coordinarse muy bien en situaciones extremas, pero si las instrucciones desde el puente de mando en tierra son confusas o contradictorias, tienden a ignorarlas y tomar el control de sus propias decisiones”, advierte.

La pandemia trae consigo realidades que son, digamos, muy tozudas. Uno puede envolverse de relativismo pero lo cierto es que ha tenido que cerrar un negocio, que ha perdido a un padre, que lleva meses sin ver a muchos seres queridos, que su mejor amiga arrastra secuelas. Poner buena cara parece, en demasiadas ocasiones, un insulto. “Este escenario nos pone a todos, en mayor o menor medida, en lo que en psicología llamamos situación adaptativa –desarrolla Francisco Quintana–. Hay unas causas reales y el reto es ver cómo te adaptas a ellas, identificar y aceptar la realidad para validar tus propias emociones”.

Y no hay nada peor que la negación: “Si estás mal, lo estás –insiste–. Lo peor que puedes hacer es entrar en disociación: cuando uno intenta aceptar o negar la propia realidad emocional. Lo primero en todo esto es validar tus propias emociones. Lo estamos pasando mal porque estamos ante una situación difícil, con muchas incógnitas. ¿Qué hacemos con ello? Gestionar las emociones implica tratar de aceptarlas”.

Quintana avisa en este caso de la tiranía del pensamiento positivo:“Ojo con el tema invalidante de las emociones, porque entre los profesionales hemos visto que es una lacra en el trabajo diario, mucha gente llega a partir de una mala autogestión desde libros de autoayuda y mensajes profundamente dañinos”.

“Al final, nos encontramos con que, aunque intentemos mirar el día a día y centrarnos en el presente, que es lo mejor que podemos hacer, se están viviendo situaciones verdaderamente trágicas y dolorosas, que a veces van a requerir ayuda –indica Igartua–. Ahora mismo estamos viviendo muchos duelos, no sólo a partir de muertes, sino por pérdidas diversas, como un trabajo. Muchas veces, en la elaboración de esos duelos hemos de tener paciencia para ir pasando etapas que son necesarias. Esto debería servir para que, desde la sanidad pública, se ampliara la cobertura a lo mental”.

A LA INVERSA 

Y, en mitad de todo el desastre, también se ha dado la reacción. Durante los meses que han pasado desde que la pandemia se detectó en nuestro país, no han sido pocas las personas que han decidido que era el momento adecuado para cambiar de vida, para llevar a cabo decisiones que estaban tiempo tramando. Para irse a vivir al campo, para dedicarse a lo que querían, para dejar una relación que no les satisfacía.

“Llamamos salutogénesis cuando, de una situación aparentemente adversa, una persona saca algo positivo –explica Gabriel González de la Torre–. No es fácil y, normalmente, tienes que sentir que tienes un colchón, determinadas necesidades básicas cubiertas para hacerlo: una persona que ha tenido que cerrar su negocio no tendrá el cuerpo para muchas aventuras. Pero cierto tipo de perfiles que, por circunstancias, pueden campear con la situación sí que pueden llegar a sacar algo positivo”.

La necesidad de escapar se está convirtiendo en algo común en mucha gente, “aunque sea momentáneamente, como vimos en esa oleada de visitantes que hubo en otoño en la Sierra –continúa–. Piensas en salir de todo esto, en evadirte, y lo primero que te dicta la mente, claro, es naturaleza, porque además parece que es más seguro. En Irlanda, donde la gente vive más en casas que en pisos y apartamentos, no se da tanto este ansia. Pero, en el fondo, es una conducta de escape”.

“A veces ocurre que en esa zona de confort de la que hablamos, estás cómodo, pero no estás bien –explica Laura Igartua–. El mundo nos ha zarandeado y puede haber quien aproveche para coger impulso y hacer eso que antes no se atrevía. Hay bastantes casos así, y es bueno ver también la oportunidad que puede encontrarse escondida incluso en todo esto. En el confinamiento, por ejemplo, muchos niños y muchos padres se descubrieron jugando más, pasando más tiempo juntos, incluso ciertas malas conductas que podían parecer no tener sentido, mejoraron”.

Aquello tan conocido de los limones y la limonada tiene truco. Y el truco es que se trata de un comportamiento que algunos pueden aplicar a nivel personal: no es una cuestión de conducta social, ni siquiera una cualidad que se pueda generalizar.“La resiliencia es algo individual, y enseguida lo metemos todo en el mismo saco –desarrolla Francisco Quintana–. Hay personas que consiguen salir reforzadas de situaciones terribles, como naufragios y violencias varias, mientras que otras quedan dañadas toda la vida”.

El problema no está en que eso exista –prosigue– sino en lanzar una serie de mensajes tramposos, como que si no haces o no consigues algo es porque no quieres. No todas las personas tienen esa capacidad o esa posibilidad. Cuidado con los superhéroes”.

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