El buen nombre de Paqui

Galería del crimen

Francisca Pérez fue asesinada el 2 de mayo de 1988 en la viña jerezana El Telégrafo clavándole un sarmiento en su vagina l Todo su barrio se movilizó para defender el honor de la víctima

Portada del Diario en el que el Gobierno Civil informaba del asesinato de una mujer dedicada a la prostitución. Al lado, el lugar del crimen.
Portada del Diario en el que el Gobierno Civil informaba del asesinato de una mujer dedicada a la prostitución. Al lado, el lugar del crimen.

21 de febrero 2009 - 05:01

EL día y la noche son dimensiones distintas. Aparentemente son fases correlativas del tiempo, pero esconden otras existencias en las mismas almas. Manuel sirve en un colmao por el día, es servicial con las vecinas, se preocupa por sus achaques y dicen de él que tiene algo de pluma pero que es un encanto. Por la noche se viste de mujer, luce larga melena rubia y recorre las inmediaciones de la estación de Jerez. Se cruza con prostitutas que elogian sus modelos.

Por el día, Paqui, que cuenta ya los 38 años, es una mujer reservada, agobiada por la marcha de su padre del hogar, por el dolor de su madre y por el futuro de su hija de cuatro años. Ha superado ya el qué dirán, ese runrún pegajoso de casapuerta y de cuchicheo de viejas. La dignidad de su madre es un escudo contra todo eso. Las tres mujeres viven en La Constancia, un barrio que las quiere, y salen adelante sin ese hombre fuerte que las protegía, ese hombre que levantaba botas en Williams con sus dos gigantescos brazos. Una vez, de joven, su padre retó a Urtain en el levantamiento de botas. El se fue con otra mujer hace tiempo. Por la noche, Paqui busca alivio a su soledad, a su mal de amores, en los bares nocturnos. Quisiera encontrar otro hombre, un hombre para ella sola, pero a esas horas en esos sitios los hombres buscan otra cosa. Hay noches en que los malos días obligan a conformarse con eso. Entonces se muestra desinhibida, alegre, quiere bailar, divertirse. Quiere olvidar que su otra existencia, la del día, está sembrada de tormentas.

Por el día, Rafael, un joven bien parecido de 25 años que reside en San Juan de Dios, conduce una furgoneta de fitosanitarios, igual que hizo su padre, que murió hace un mes. Sus compañeros están encantados con él, no sólo porque siempre está dispuesto a echar una mano, sino porque es jovial y educado, escrupulosamente educado. Por la noche, Rafael es un depredador.

En las últimas noches de abril y primeras de mayo de 1988 un demonio se ha apoderado de Rafael. Sus inhibiciones sexuales han estallado. Es Hyde sin necesidad de pócima alguna. Desea que el sol desaparezca para actuar. Lo hace al menos tres veces. Una noche intenta llevarse a una chica a su Reanult 18, pero ella escapa corriendo. A la siguiente noche llega más lejos. Cuando pasa del galanteo al besuqueo con su nueva conquista él saca una cuerda de su bolsillo y se la pasa alrededor del cuello. Ella forcejea y escapa. La tercera noche busca su presa en las inmediaciones de la estación. Allí pasea Manuel con su vestido de mujer. Entra en su coche, se ríen y atraviesan la ciudad para perderse en la carretera de El Calvario, entre viñas. Y Rafael se transforma en Hyde: grita a Manuel, le insulta, le pega. Sus amigas de la estación le han explicado bien cómo defenderse. Una certera patada en los testículos le sirve para desembarazarse del agresor. Huye.

La noche del lunes hay poca gente jugando cartones en el bingo del Xerez, en la plaza del Mamelón. Allí prueban fortuna Rafael y Paqui, cada uno en su mesa. El le dice a ella unas cuantas tonterías. Al rato, deciden compartir un cartón, pero no es su noche de suerte. El propone ir al bar Granada, junto al antiguo estadio Domecq. Hay poca gente. Sólo ellos bailan a las Bangles. Mejor otra copa en el cercano Tanit. Ya están mucho más animados. Un agente de la Guardia Civil de paisano que se encuentra allí tomando una copa se fija en ellos. Ríen a carcajadas. Y se van. Compran un par de latas de cerveza y emprenden en el R-28 camino a la carretera de Moravita, hacia la viña El Telégrafo, a unos pocos kilómetros. Es un lugar bonito donde desfilan las cepas, las mismas que por la noche parecen sombras de brazos retorcidos de un millón de enanos.

Llega la otra dimensión, la luz del día. Varios trabajadores de la viña llegan a la vez a la cancela de El Telégrafo. Van a subir la cuesta que les conduce al cortijo cuando reparan en que hay algo junto a la puerta, en la primera hilera. Se encuentran cara a cara con un rostro desencajado, estrangulado. Es Paqui. Sólo lleva una blusa verde levantada por encima de los senos. Nada más en el resto del cuerpo. El grito de espanto brota al ver que entre sus piernas asoma el nudoso sarmiento que está clavado en su vagina.

La Guardia Civil y la Policía actuaron con celeridad. El jueves, tres días después, una dotación policial entró en las instalaciones de la empresa en la que trabajaba el criminal y se dirigió directamente a Rafael, que acababa de llegar de hacer gestiones en el centro de Jerez. Le enseñaron las esposas. Rafael no tardó mucho en derrumbarse. Las pruebas eran abrumadoras contra él. Durante toda la noche , fundidas sus dos dimensiones, se le escuchó sollozar en el calabozo.

La historia de Paqui no había terminado. Todavía le quedaba una batalla por ganar y la libró por ella su barrio. El Gobierno Civil informó del crimen a la opinión pública explicando que se trataba del crimen de una prostituta. Paco Flores, el dirigente vecinal de La Constancia que lideró la protesta, recuerda que "en aquel tiempo la sociedad jerezana no difería mucho en lo moral de la que había legado Franco. Parecía que el Gobierno Civil nos estaba diciendo de Paqui que, si había acabado así, de algún modo se lo había buscado". Para la madre de Paqui fue como si la mataran dos veces. Flores estuvo en las concentraciones de los vecinos que exigían al gobernador civil, Mariano Baquedano, una rectificación, que se reintegrara su buen nombre. "Paqui podía llevar la vida que ella considerara oportuno en esa sociedad pacata de entonces y estar con los hombres que considerara conveniente, si es que era así, pero no se dedicaba a la prostitución". En la parroquia de Fátima, donde unos años antes Paqui había bautizado a su niña envuelta en un capote cedido por Rafael de Paula, hubo varias misas recordándola. Cada una de ellas se convirtió en una reclamación para que el Gobierno Civil retirara sus palabras. Hasta el propio Pedro Pacheco, el alcalde de entonces, exigió a Baquedano respeto para la víctima. Varios días después se ordenó emitir una nota. "Este Gobierno Civil no tiene ningún problema en rectificar la primera valoración realizada y afirmar que la víctima, Francisca Pérez, no ejercía en modo alguno la prostitución, aunque sí es cierto, como queda patente, que llevaba una vida liberal". La coletilla todavía indigna a Paco Flores. "Paqui era, simplemente, una buena chica a la que le tocó una vida complicada y que una noche tuvo la mala suerte de cruzarse con un sádico. Lo bueno que queda de todo aquello es ver cómo todo un barrio se levantó para defender el buen nombre de uno de los suyos".

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