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"Mi amigo no era tan amigo"

Sucesos

El anciano de Chiclana que fue estafado y abandonado a su suerte durante más de 10 años por la persona que le 'cuidaba' en su propia casa admite que se sentía como un preso

Antonio López Coronilla, ayer en la Residencia de Mayores Mart&Gall de Chiclana, donde ahora cuenta con cuidadores y personal santario. / Sonia Ramos
F. Melero

Chiclana, 09 de febrero 2017 - 02:11

"Me han salvado la vida", decía ayer Antonio López Coronilla en referencia a la Guardia Civil desde su nuevo hogar en una residencia de mayores de Chiclana. Y es que fue prácticamente rescatado hace una semana de su propia casa, donde residió sus últimos 14 años en manos de su 'amigo' y 'cuidador', un tal Agustín, quien fue detenido por apropiarse de sus bienes por valor de unos 400.000 euros, entre ellos una vivienda de San Fernando que vendió por 155.000 euros, y de su paga de jubilación que asciende a la nada despreciable cantidad de 1.700 euros.

La historia de Antonio, de 71 años, natural de Jerez y ex empleado de Correos, saltó a los medios de comunicación la pasada semana ante el sufrimiento que padeció por la falta de humanidad del que decía que era su amigo, quien le mantenía aislado en una vivienda del Pinar de los Franceses en Chiclana. Una casa que carecía de puertas, ventanas, agua corriente, suministro eléctrico y cualquier aparato para calentarse. Para colmo, el anciano había sufrido la amputación de los dedos pulgares de sus pies en los tres últimos años. La dificultad para desplazarse le hacía cada vez más prisonero "y no veía la salida", apostilla.

"Estuve 14 años con él y los primeros cuatro me cuidó, pero todo era para hacerme la pelota"

"Mi amigo no era tan amigo", lamentaba ayer Antonio en la Residencia de Mayores Mart&Gall de Chiclana, lugar en el que sí ha encontrado a verdaderos cuidadores y personal sanitario que vigila su evolución tras su amarga y dura experiencia.

Precisamente, conoció a Agustín en otra residencia de ancianos en la que fue ingresado su padre. "Estuve 14 años con él. Los primeros cuatro me cuidaba y atendía bien, pero ahora me doy cuenta de que era para hacerme la pelota", relata Antonio con una sonrisa socarrona y con aire de tristeza. Cuenta que comía de latas y que le llevaba garrafas de agua de grifo, con las que a duras penas se aseaba a diario.

Ni él mismo se cree que haya podido ser víctima de alguien al que le prestó su confianza, pero sus propios vecinos ya le avisaban: "Antonio, ten cuidado con Agustín", dice que le decían. Una mujer que vivía justo en frente de su casa fue la que dio la voz de alarma a las autoridades ante la deplorable vida que llevaba el anciano. En primer lugar acudió a la vivienda la Policía Local acompañada de una asitenta social y seguidamente hicieron acto de presencia los agentes de la Guardia Civil, quienes se encontraron con el penoso panorama.

"Yo le tenía antipatía a la Guardia Civil y ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba", comenta Antonio, quien tuvo algún que otro percance con la Benemérita años atrás. Ahora habla maravilla de los que considera sus rescatadores, de los que le han salvado la vida, como insiste a lo largo de una conversación postrado en una silla de ruedas.

Pero a la imposibilidad de desplazarse también se unía otro factor que le hacía más cautivo de Agustín: su propio orgullo. "Yo nunca he querido pedir ayuda a nadie. Soy así y ahora me arrepiento. El orgullo no lleva a nada, porque si fuera de otra manera no me hubiera pasado lo que me ha pasado", reconocía este anciano que tan sólo cuenta con un hermano con quien no mantiene relación. Es más, evita hablar de él.

Del que no evita hablar es de Agustín. "Un día me dijo que ya había pagado el coche, un taxi con el que trabajó, y luego se compró una furgoneta que todavía tiene y que decía que era de un amigo. Pero no, todo eso venía de mi dinero", aseguraba Antonio haciendo el gesto con una mano y llevándosela a un bolsillo. "Me daba 50 euros cuando recogía mi paga y a veces 150. Vamos que era de los que tocan el piano; es decir, un ladrón", así define a su 'amigo'.

Las enfermeras y cuidadoras afirman que ha mejorado bastante desde su llegada a la residencia. Y Antonio se toca el estómago en señal de que ha engordado: "Antes se me caían los pantalones y ahora mira... apenas me caben", comenta Antonio, quien no piensa volver a su finca de unos 2.000 metros cuadrados con una vivienda abandonada en el Camino de la Juerga de Chiclana, donde tanta penuria ha pasado.

Aunque admite que no le gusta vivir en una residencia, por otro lado es consciente de su situación y no ve claro su futuro con 71 años a las espaldas: "¿A dónde voy a ir yo ya?", reflexiona en voz baja con la mirada fija en el suelo.

"Ni me veía, siempre me decía que iba con bulla y se marchaba"

La relación entre Antonio y Agustín apenas existía. Pasaban los años y la comunicación se iba haciendo más escasa, por no decir nula. Agustín se limitaba a llevarle las garrafas de agua, latas para comer y poco más. "Ni me veía. Siempre me decía que iba con bulla y luego se marchaba", comenta el anciano, quien asegura que estos encuentros eran cada vez menos escasos. Antonio recuerda que en invierno llegaba a pasar frío porque la casa no contaba con ventanas ni con abastecimiento eléctrico. su vida iba transcurriendo sumido en la soledad y alejado de la sociedad en una finca de Chiclana. Cuenta que a la residencia de mayores donde reside fue a verlo hace pocos días uno de los guardias civiles que le rescató de su miserable vida y que le dio recuerdos del teniente y de otro compañero. Agradeció esta visita, así como la de otros medios de comunicación que se han interesado por su historia, "que me ha hecho famoso", dice riendo. Ahora mantiene conversaciones a diario con las enfermeras y su vida ha dado un vuelco, si bien aún se siente confundido y con dudas. Con 71 años aparenta mucha más edad y él lo atribuye a que ha llevado una vida "muy castigada". La comida y las atenciones de las cuidadoras y sanitarios son las cosas que más valora en la residencia después de más de 10 años de escasez en su propia casa y con una paga de jubilación de 1.700 euros de la que no disfrutó.

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