1963: el otro año del diluvio en la provincia de Cádiz
En febrero de ese año, Grazalema, Arcos y Jerez sufrieron también los efectos, en forma de inundanciones y derrumbes, de unas lluvias intensas que barrieron todo el sur
Los técnicos recomiendan realizar un estudio geofísico de Grazalema
Hace más de sesenta años, es cierto, pero la efemérides prueba que la memoria es corta, aunque hayan pasado sólo unas cuantas décadas. No sabemos cuánto tardará la memoria colectiva en dejar atrás este febrero de 2026 que ha resultado, por momentos, surrealista. Sin duda, la cúspide de todo ese delirio lo vivió Grazalema, con esos enchufes echando agua y los truenos en la tierra –ni Dalí hubiera podido imaginarlo–. Aun a día de hoy, más de dos semanas después de todo aquello y tras haber pasado un exilio involuntario en Ronda, 121 personas siguen sin poder volver a sus hogares.
Grazalema acaparó, por méritos, los mayores titulares, pero otras localidades han vivido también realidades por encima de sus posibilidades: Ubrique vio cómo su río doméstico se desbordaba, corriendo con fuerza amazónica; el pantano de Arcos tuvo que abrir otro desembalse; Benamahoma ha estado aislada, y a otras localidades (como Alcalá del Valle o Torre Alháquime) les ha faltado poco; el Guadalete tomó la zona rural de Jerez; los daños en el campo son históricos; la red de carreteras de la provincia ha quedado masacrada, entre corrimientos y derrumbes. En total, más de 7.000 personas en la provincia han llegado a ser desalojadas.
Pero este escenario de caos, lluvia desmesurada, deslizamientos e inundaciones no es un escenario aislado, al menos, en la historia reciente. En febrero de 1963, la provincia también se vio inmersa en otro efecto dominó en el que las lluvias fueron las protagonistas. Aun así, el nivel de récord del agua recogida en Grazalema, por ejemplo, no alcanzaría al que se ha dado en la localidad durante estas semanas: el 13 de febrero de este año, Grazalema superaba ya su máximo en un año hidrológico, con 4.473 litros por metro cuadrado. Un tope que había quedado, precisamente, en 1963, con 4.346 mm.
ANTECEDENTE EN GRAZALEMA
Febrero de 1963 marcaba esa referencia de mediados de los sesenta en la que se sabía que las casas y calles de Grazalema habían terminado con una cuarta de agua: “Las fuertes precipitaciones caídas desde la madrugada del día 15 hasta las cuatro de la tarde del día siguiente –recogían las páginas de este periódico–, alcanzaron la cifra de 380 litros por metro cuadrado en menos de veinticuatro horas”.
“Esto dio lugar –continuaba la información– a la mayor inundación que se recuerda en Grazalema, alcanzando las aguas un nivel de sesenta centímetros” en varias calles, y “ocasionando serios daños en locales de negocio, viviendas, edificaciones y pavimentación”.
Como afortunadamente ocurrió también este año, el suceso no produjo víctimas, aunque sí “importantes daños”. La nota también destaca la “participación activa” que tuvieron muchos vecinos en los trabajos que se pusieron en marcha por parte de las autoridades.
DERRUMBE EN ARCOS
Arcos fue también otro de los protagonistas de esa fecha especular de 1963, de la mano de un desastre que –en este caso– sí produjo víctimas mortales. Un enorme edificio dedicado a pensión (Fonda Ramírez) quedaba sepultado bajo seis mil toneladas de tierra al producirse un derrumbamiento sobre la finca, cediendo el terreno ante la lluvia continuada. “Tres personas perecieron entre los escombros –se leía en las páginas de Diario de Cádiz–, resultando dos con graves lesiones”. El redactor enviado a la localidad fue Higinio Sainz, que llegaba a primeras horas de la mañana para encontrar un ambiente triste, con los arcenses “profundamente impresionados por la desgracia ocurrida”. El edificio Pensión Ramírez se había hundido sobre las cinco y media de la mañana. A la llegada de los periodistas, dos cuerpos habían sido rescatados ya “de su trágica tumba”.
El edificio siniestrado se encontraba en el número 12 de la calle Alférez Díaz: “Tenía, como queda dicho, planta baja y dos en alto, y estaba construida sobre la ladera en uno de los desmontes que existen en Arcos y que separan dos de las partes de la ciudad”. Estos edificios –explicaba la nota– cuentan con una especie de cueva que, en el que nos ocupa, “tenía unos 30 metros, con un hueco que daba ventilación al extremo opuesto del desmonte”.
La primera señal de que algo raro ocurría tuvo lugar, relata la crónica, hacia las tres de la madrugada de ese 19 de febrero, cuando se “escuchó un ruido extraño”, y José María Rodríguez, avisó a Manuel Ramírez Calero, propietario de la pensión. Este despertó también a su mujer y a su hijo, así como a “los ocho huéspedes que en ese momento ocupaban el edificio”, además de a la familia de su hermano, Antonio, que ocupaba el ala izquierda.
Aunque la finca quedó desocupada en poco tiempo, Manuel y José María trataron de recuperar algunos útiles, entre ellos, los valiosos aparatos de televisión –un artefacto recién llegado, pasmo del mundo– que tenían instalados en los locales. Antonio trató de hacer lo mismo mientras su sobrino, Marcelino Hernández, empleado del Banco Central de Crédito, trataba también de recoger, al parecer, una cartera con “documentos de la entidad en la que prestaba servicios”.
“Lo temido ocurrió”, confirma la crónica. Se desplomó el edificio, pillando en su interior a Antonio, a Marcelino y al jefe de los policías municipales. La esposa e hija del primero, que estaban cerca de la puerta, también quedaron aprisionadas por los escombros. “El edificio de tres plantas –cuenta Higinio Sainz– había desaparecido totalmente”.
Los trabajos de rescate los comenzaron quienes estaban presentes y algunos vecinos que se despertaron por el estruendo. La noticia relata que Manuel Ramírez había llegado a escuchar la voz de su hermano pidiendo ayuda, e incluso a darle la mano cuando aún estaba con vida.
Poco antes de las ocho de la mañana, llegaron los primeros auxilios desde Jerez, un contingente de diez bomberos; mientras que sobre las dos y media apareció un equipo procedente de la Base de Rota con una máquina excavadora. Otros siete camiones se encargarían, además, de ir evacuando los escombros.
Sobre las dos y media, fue rescatado el primer cadáver, el de Antonio, de 49 años:“Había buscado refugio bajo la mesa del futbolín, pereciendo por asfixia”. Media hora después, se extrajo el cadáver de Victoriano Rodríguez, el policía natural de Galicia, casado y con dos hijas.
Hacia las nueve de la noche, cuando se habían retirado ya 127 toneladas de escombros, aún no se había podido extraer el último cadáver, el de Marcelino Hernández, que murió con 27 años.
‘ANGUSTIA Y PÁNICO EN LA VEGA DEL GUADALETE’
Pero el protagonista de ese mes de febrero sería, por mérito propio, el Guadalete. La crecida del río obligó a evacuar a trescientas personas en la zona rural de Jerez, en una operación en la que hubo que recurrir también a los helicópteros de la Base de Rota. “Los moradores de casas de una planta y chozas, ante la invasión de las aguas, se refugiaron en los tejados en plena oscuridad de la noche, sin saber qué iba a ser de ellos ni quién iba a salvarlos”, recogía la crónica.
Guardia Civil y bomberos fueron los primeros en llegar a La Ina, cuya carretera ya estaba cortada: el agua rebasaba allí el metro de altura, lo que anulaba la acción de los coches, “uno de los cuales, ocupado por personal de salvamento, quedó volcado por la corriente”. Un camión de bomberos quedó también inutilizado durante la evacuación.
“Desde la finca Las Quinientas se hicieron señales luminosas, organizándose rápidamente una expedición dirigida por la Guardia Civil, lográndose poner a salvo a numerosas personas. La corriente –reseña la crónica– era tan impetuosa que los ramos se partieron”. El agua también llegó al metro de altura en El Portal, inundando unas treinta viviendas, “cuyos habitantes tuvieron que ser evacuados a lugares más seguros”.
“Toda la extensa vega –relata la información– había perdido su fisonomía por el agua que lo inundaba todo. Con las primeras luces, pudo apreciarse ya la magnitud del desbordamiento del río Guadalete, cuyas aguas amenazaban por momentos saltar por encima del puente de la Cartuja.”.
El alcalde de Jerez, García Figueras, tuvo que solicitar a la Base de Rota el envío de un helicóptero de transporte. Así, “del cortijo de Adusa, Olivares del Duque y otras numerosas fincas, fueron rescatados hombres, mujeres y niños, uno de estos, con pocos días de nacido, siendo subido a bordo del helicóptero en su propia cunita”.
Ese primer helicóptero sería sustituido por otros dos, más ligeros, con los que se realizó un reconocimiento “más detenido de la extensa zona afectada por las aguas”, pudiéndose comprobar que estas anegaban la “totalidad de la cuenca entre el pantano de Bornos y la desembocadura, viéndose muchos coches abandonados y arrastrados por la corriente, así como también ganado suelto que buscó las alturas”.
En total, Guardia Civil y fuerzas de salvamento pudieron rescatar a unas trescientas personas, que se repartieron por zonas más seguras. La manutención de las familias corrió a cargo del Auxilio Social.
Para el domingo, 17 de febrero, el agua había descendido ya unos 15 centímetros, llegando de nuevo al metro ese lunes.