El día que el río se desbordó en Ubrique: Réquiem por un ciprés
La localidad vivio ayer una jornada difícil, en la que problemas estructurales hicieron que el cauce se desbordara
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“Tienes que comprarte un paraguas como el mío, que no se dobla –me dicen–. Nueve euros en el Decathlon”.
Doy mucha pena, lo sé. A mí, me dan pena los cipreses. Algunos tendrán más de veinte metros y, lo que de seguro tienen, es medio siglo. Empezaron a dar sombra cuando se inauguró la guardería que hay al lado, Guardería La Esperanza, allá por el año 75 o 76. De tal época estamos hablando que llegó Carmen Polo a inaugurarla:“Yo, que era entonces un crío, llevaba el brazo en cabestrillo y me cogieron para salir en la foto, en plan niño pobrecito”, cuenta un vecino.
A La Esperanza –que se levanta sobre alguna ruina romana– han llevado sus hijos muchos ubriqueños. Y muchos de los que han jugado en sus clases son ahora adultísimos. Bordeando lo boomer. La Esperanza va a quedar fosfatinada. El río Ubrique, que pasa al lado, baja con potencia de rápido canadiense. Tan fuerte va el caudal que ha saltado una de las lamas del lienzo del cauce, y el agua ha terminado haciendo un agujero enorme en un muro cercano, colándose bajo el terreno del edificio y del parque. Es ahí donde llegamos a nuestros famosos cipreses.
Al mediodía de ayer, miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) se unían a efectivos de la Guardia Civil, Infoca, Bomberos, Policía Local y técnicos del Ayuntamiento para estudiar cómo cortar los árboles y dejar paso al agua. El objetivo es impedir que se derrumben de tal modo que formen una especie de presa que termine anegando gran parte de la localidad.
Los árboles parecen adivinar las intenciones de la grúa que los examina y se bambolean lejos de su alcance. También se mueven porque sopla un poniente importante y porque llueve con saña bíblica, a qué negarlo.
Antonio es un chaval que hoy no va al instituto (“aunque tardaron un montón en decirlo, ¿eh?”) y contempla la escena con tanto pasmo como yo. No sabe lo que es su pueblo sin esos árboles:“Ni mis abuelos ni nadie habían visto nunca llover así –cuenta, como tantos comentan–. Ni el río así:en invierno, como mucho en temporada de mucha agua, está como a la mitad”.
El río ya estaba desbordándose en otras zonas de la localidad, como Algarrobal, Azorín, San Francisco Javier –donde el río bajaba al límite de alcanzar las entradas de las viviendas– y Lavadero, donde se iban desalojando viviendas. En las calles Azorín y Ramón y Cajal, el agua iba formando una balsa de varios centímetros de altura.
Un comportamiento que los ubriqueños no pueden asimilar en su río, acostumbrados como están a un arroyo inofensivo: “De hecho –cuenta Antonio–, tenemos una carrera popular, y parte del recorrido se hace por el río: en verano es posible ir caminando por él sin mucho problema”.
EL CONSTANTE RUIDO DE LAS PIEDRAS
Todos comentan que, desde hace ya días –y especialmente, por la noche– se puede escuchar el ruido que hacen las piedras que va arrastrando la corriente. “Antes, el río no estaba así: el cauce estaba abierto –apunta una vecina–. No sé, aunque una vez hubo una inundación, no se lio todo esto. A mí me da que entonces pasaban menos cosas”.
Esa misma mañana, se habían ido efectuando desalojos en las viviendas cercanas a la ribera del río. Un socavón que se sumaba al situado junto al transformador de la calle Lepanto, al que luego se añadiría otro en Manuel de Falla, que también derivaría en el desalojo de otras casas.
Una de las desalojadas en la calle Zurbarán es Fabiola, que tuvo que salir corriendo del trabajo cuando su hijo la llamó diciendo que estaban desalojando. “Así que salimos los tres y el perro. Menos mal que me puedo quedar en casa de mi madre. Al parecer –explica–, una piedra muy grande fue arrastrada por el río y se quedó ahí, justo delante de mi casa. Temían que lo taponara e hiciera presa, y al final se ha caído el muro y se han añadido un montón de cascotes más, con lo que sí ha formado tapón”.
Ahora mismo, como ocurre con tantos gaditanos desalojados, la principal angustia para ella es la incertidumbre: no saber en qué quedará todo. “Yo quiero mucho mi casa, me ha costado mucho trabajo tenerla y está llena de recuerdos –añade–. Es mi refugio, me pongo a coser, a hacer mis cosas. No quiero que le pase nada”.
En un momento, toda la zona alrededor del río quedaba sin luz, y los servicios de emergencia ordenaban el desalojo preventivo de los bloques 5, 7 y 9 de Manuel de Falla. También nos desalojaban a nosotros:“Salid de aquí que va a venir el río”. Y luego: “Id llamando a las puertas de los vecinos, decidles que dejen el piso de abajo”.
Tanto la calle Santiago –por donde luego pasaría, en efecto, el desborde del río–, como las cercanías de la peña sevillista y la calle San Pablo eran también objeto del llamamiento del Ayuntamiento, que les pedía a los vecinos subir a las plantas más altas o, incluso, abandonar las viviendas ante la subida del río.
El estado de emergencia en la localidad pasaba a nivel 2 a primeras horas de la tarde. Además del desprendimiento de tierra en la zona de la guardería, había aparecido una grieta de enormes dimensiones que podía provocar el deslizamiento del terreno colindante. Todo el entorno del río (zona Misión Rescate y calles aledañas) quedaba precintado. Más tarde, las autoridades recomendarían a quienes vivieran en casas próximas a la ribera, especialmente, en las zonas donde se hubieran registrado mayores problemas, evitar pasar la noche en ellas.
Pero, justo en ese momento, la sensación en la localidad era de sueño desordenado: moviéndose en una nube de lluvia continua, con los comercios cerrados, la gente sin saber muy bien qué hacer. Lo que nunca iba a ocurrir, ocurriendo. Un limbo extraño.
El río tomó las calles. Los cipreses siguieron allí casi toda la tarde hasta que, en torno a las ocho, comenzó la tala y retirada. Una actuación de máxima prioridad –comunicaba el Ayuntamiento– para proteger a la población.
Los cipreses no se plantaban para llegar al cielo, sino para impedir que las aves carroñeras se encontraran cómodas en los cementerios, porque no pueden posarse en ellos. No puedo dejar de pensar que ahora están algo más a gusto.