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Aquellos 18 votos de Cádiz que auparon a Zapatero al frente del PSOE

Historias de Cádiz-Herzegovina | Capítulo 53

El cambio de opinión de los ‘romanistas’, que al final dejaron tirada a Rosa Díez, y el voto de los ‘borrellistas’ contribuyeron a que el ‘peralismo’ fracasara al apostar por José Bono como líder del partido

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Rosa Díez y Rafael Román, el día en que éste garantizó el apoyo de los 'romanistas' a la eurodiputada vasca para liderar el PSOE federal. / D.C.

No tiene por qué ser malo, en absoluto. Es cierto que lo lógico es pensar que cambiar muchas veces de opinión supone un rasgo negativo de esa persona, porque denota cierta inseguridad o indecisión. Pero hay psicólogos que no lo ven así y que, incluso, consideran que quienes varían de opinión lo que muestran realmente es un signo positivo de flexibilidad cognitiva. Para ellos, cuando se actúa de esa manera con cierta asiduidad lo que denota es tener una alta capacidad de adaptación y cierto nivel de inteligencia.

Todo esto es, efectivamente, cuando uno cambia muchas veces de opinión. Pero, ¿qué valoración habría que darle al hecho de que uno actúa de esa forma una sola vez, muy a última hora y esa decisión supone además un cambio de rumbo total no en ti mismo, sino en el grupo al que perteneces y en el que eres apenas una pieza más?

En la historia reciente de la política gaditana hay un ejemplo claro de un cambio de opinión por parte de un dirigente que desembocó en un giro de rumbo histórico en un partido político de peso. Sucedió en el PSOE de Cádiz allá por el año 2000. Y es una historia con mucha enjundia porque viene a corroborar esa lucha de poder continua que ha caracterizado a esta formación política, con varias familias socialistas buscando en todo momento hacerse con el poder interno de la estructura.

Estamos a 6 de junio del año 2000. Un desconocido José Luis Rodríguez Zapatero va a dar una rueda de prensa en la ciudad de Cádiz y luego se reunirá con un puñado escaso de militantes socialistas en la sede provisional del PSOE en la calle Parlamento, porque la sede provincial de la plaza de San Antonio está en obras. Lo único que se sabe de él es que es un joven diputado leonés que aspira a liderar el PSOE una vez que a finales de julio se celebre en Madrid un congreso federal que se presume clave para saber si este partido encuentra la fórmula que le permita remontar el vuelo.

En ese momento el PSOE está hundido tras muchos golpes muy duros que se han ido repitiendo uno tras otro: en 1996 Felipe González deja la Presidencia del Gobierno tras ser derrotado por el PP de Aznar; un año después abandona la secretaría general del PSOE, que recae en la persona de Joaquín Almunia; en 1998 éste es derrotado por Josep Borrell como candidato a la Presidencia del Gobierno en las primeras primarias de la historia; en mayo de 1999 Borrell renuncia tras los escándalos de fraude fiscal que se le atribuye a colaboradores suyos; tras las elecciones generales de marzo del año 2000 Joaquín Almunia, repescado como candidato, dimite como secretario general tras ser apabullado por un Aznar que obtiene una histórica mayoría absoluta; y el PSOE se ve obligado a constituir una gestora en España presidida por Manuel Chaves con la colaboración inestimable de su eterna mano derecha, Luis Pizarro. La misión principal de esa gestora es organizar el congreso federal de julio que tiene que elegir al nuevo líder del partido. Y Zapatero es uno de los que da un paso adelante.

En ese su primer viaje a Cádiz Zapatero sólo tiene un único apoyo gaditano, el de Salvador de la Encina, ex portavoz socialista en el Ayuntamiento de Algeciras y en esa fecha diputado nacional. Ambos han coincidido en el Congreso, han entablado una buena relación, De la Encina ve en él a la persona ideal para dar un cambio de rumbo a un PSOE desnortado... pero es el único que lo ve así en la provincia de Cádiz.

En esa fecha, a menos de dos meses de la celebración de ese congreso federal, los socialistas gaditanos están divididos en tres grupos, y hay cuatro candidatos a liderar el partido. El peralismo, que controla el grueso del partido en Cádiz con Alfonso Perales y Luis Pizarro al frente, apuesta claramente por José Bono, entonces presidente indiscutible de Castilla-La Mancha, como nuevo líder, al igual que seis de los ocho secretarios provinciales del PSOE andaluz, todos menos los de Málaga y Córdoba. Chaves opina lo mismo, pero nunca lo dirá en público porque su cargo al frente de la gestora le obliga a mantener una posición equidistante.

José Luis Rodríguez Zapatero, Rafael Román y Manuel Chaves, en la plaza de San Juan de Dios de Cádiz en octubre de 2002. / D.C.

La facción socialista más minoritaria, la que dos años antes apoyó a Borrell en aquellas primarias, se ha reunido en torno a una corriente que se ha denominado Iniciativa por el Cambio. Con el concejal jerezano Casto Sánchez Mellado como referente, el objetivo que persiguen es que al frente del partido no sigan los mismos, es decir, los herederos del felipismo. No han elegido aún a su candidato, pero no será José Bono. Tienen tiempo aún para decantarse entre la eurodiputada Rosa Díez, la guerrista Matilde Fernández o ese desconocido llamado Rodríguez Zapatero.

Y queda otra corriente interna que en ese año 2000 tiene una representación nada desdeñable dentro del socialismo gaditano: es el romanismo que abandera Rafael Román, entonces presidente de la Diputación de Cádiz. Los romanistas también propugnan un cambio en el partido pero, a diferencia de los borrellistas, rápidamente ellos sí eligen a su candidata.

Rafael Román reacciona con rapidez y el 8 de junio, apenas 48 horas después de la visita de Zapatero, se trae a Cádiz a Rosa Díaz, la invita a la Diputación y delante de los medios de comunicación anuncia el apoyo firme de los delegados romanistas del PSOE de Cádiz a la entonces eurodiputada socialista. Y, para rizar el rizo, elige el sitio adecuado para sellar esa alianza con Rosa Díez, porque ambos posan justo delante de un cuadro que recuerda la etapa de Alfonso Perales como presidente de la Diputación gaditana. Es más, Román dice en público que Chaves puede olvidarse de su pretensión de que todos los delegados andaluces en el congreso federal vayan a votar a un mismo candidato. Ellos, los romanistas, lo tienen claro: van a por el cambio, y no les va a frenar nadie.

El viernes 21 de julio del año 2000 arranca el congreso federal del PSOE de Madrid. Allí llegan 30 delegados gaditanos, después una elección convulsa en la que la ejecutiva regional aceptó una impugnación de la lista inicial presentada por Iniciativa por el Cambio, que logró finalmente meter un puñado de delegados. Al frente de esa representación gaditana están Francisco Vázquez Cañas y Francisco Menacho, secretario general y presidente, respectivamente del PSOE de Cádiz. Peralista el primero y romanista el segundo. Eran los tiempos de las mesas camillas para repartir los cargos entre las dos familias socialistas.

Rafael Román está allí en Madrid pero no como delegado porque es miembro del comité federal. No es un don nadie, ni muchísimo menos. Se mueve bien entre pasillos, analiza la realidad del partido a pocas horas de la votación clave que se celebrará al día siguiente, y cae en la cuenta de que Rosa Díez no es caballo ganador. Ha ido perdiendo mucha fuerza en beneficio de Zapatero, que va volando en las encuestas y que tiene ya el apoyo confirmado de los antiguos borrellistas. Y toma una decisión crucial que comunica a los demás romanistas que están allí en Madrid: para frenar a José Bono y al peralismo hay que apostar por el diputado leonés. Y todos asienten.

Román tiene un gesto valiente. Acompañado por algunos de los suyos, el sábado 22, antes de la votación, le comunica su decisión a la propia Rosa Díaz, que explota al sentirse traicionada. Pero ya no habrá vuelta atrás.

Román le comunicó en persona a Rosa Díez a última hora que le retiraba su apoyo y la indignación de esta fue total

El resultado de aquel congreso es de sobra conocido: Zapatero ganó a Bono por apenas nueve votos de diferencia (414 frente a 405). Matilde Fernández obtuvo 109 y Rosa Díez apenas 65. Y los votos de los delegados gaditanos, pese a ser secretos, no variaron mucho de este reparto: 18 votos a Zapatero (de los romanistas y los borrellistas), 11 apoyos a José Bono (del peralismo) y una única papeleta para Rosa Díez, de la linense Juana Lasry, que fue la única que mantuvo inquebrantable su apoyo a la eurodiputada vasca hasta el final.

La derrota de Bono dejó desconcertada a la dirección del PSOE andaluz (Chaves, Pizarro, Perales y Zarrías) y al peralismo gaditano que, eso sí, rápidamente se puso detrás de Zapatero como nuevo líder. Por el contrario, la euforia era visible en todo el romanismo y en especial en un Rafael Román que había logrado su objetivo de impulsar un cambio en su partido. Y restó importancia a esa traición de última hora a Rosa Díez: “No aposté por ella sino por la renovación”, dijo para sorpresa de todos.

Antes del congreso Bono casi duplicaba en avales a Zapatero (350 frente a 184) y si éste logró sobre la bocina darle la vuelta a la tortilla fue debido al cambio de voto de muchas decenas de delegados. No ganó sólo por esos apoyos que le llegaron de manera inesperada de Cádiz, es cierto, pero también es verdad que sin esos 18 votos no habría podido llegar a la secretaría general del partido y, cuatro años después, a la Presidencia del Gobierno.

El escritor irlandés Bernard Shaw dijo que “el progreso es imposible sin cambio y aquellos que no pueden cambiar de opinión no pueden cambiar nada”. Rafael Román seguro que aplaude esta afirmación. Pero también alguien afirmó que “al romper una promesa no sólo rompes la promesa, también a la persona”. Que le pregunten si no a Rosa Díez por lo sucedido en Cádiz hace 26 años.

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