El Carnaval fuera del foco: El Carnaval social de los vecinos de Cádiz

El ensayo general de la chirigota de Mujeres de Acero 'Mujeres de Oro', nos hace creer en que la fiesta como arma desde la base contra la turistificación, la soledad y el machismo es posible

El chirigotero viñero Francisco Abeijón 'Carapalo' recibe la insignia de las Mujeres de Acero

Una imagen del ensayo general de 'Mujeres de Oro', la chirigota de la Asociación Mujeres de Acero del barrio de la Viña.
Una imagen del ensayo general de 'Mujeres de Oro', la chirigota de la Asociación Mujeres de Acero del barrio de la Viña. / D. C.

Como si habláramos de la mismísima Cádiz, divida por la frontera física y, sobre todo, mental que significan las Puertas de Tierra, a nuestro Carnaval, en este insaciable apetito reduccionista nuestro, también lo hemos partido por la mitad, el carnaval del teatro/el carnaval de la calle pero, como se esfuerza en enseñarnos una y otra vez la propia vida, la realidad encierra verdades más complejas que una simple dicotomía. No existen dos formas de vivir el Carnaval en Cádiz, existen muchas. Y a mí me fascina cuando de forma natural, casi biológica, se convierte en herramienta de transformación social.

No, no hablo del Carnaval de Cádiz al servicio de la pedagogía, del Carnaval intelectualizado en los manuales y congresos de la Universidad, ni de las letras más brillantes y combativas que desde los escenarios artificiales y naturales nos ofrecen los y las poetas cada año. Todos esos carnavales son útiles, necesarios y disfrutables. Pero todos tienen ya su foco, ¿qué le puedo contar, querido aficionado, que usted ya no sepa?

El Carnaval del que les quiero hablar es mucho más humilde, despeinado, hasta tosco. No es nuevo, ¡qué va!, es, de hecho, el Carnaval base, hecho desde la base, por las bases y para la base. Heredero, a lo mejor, del espíritu más bullanguero de la charanga familiar, pero con raigambre más profunda en aquellos primeros carnavales democráticos que se hacían desde los barrios, incluso más atrás, quizás es hijo de los carnavales históricos de los que apenas tenemos noticia.

Yo les vengo a hablar de la chirigota de las asociaciones, de los colectivos sociales. Chirigotas de las vecinas y de los vecinos que ni buscan el caminito del Falla –ni sus bifurcaciones artísticas– ni ser la última sensación de la vanguardia callejera. Sin tablas y sin copas para entonarse, sin artesano y sin una pretendida dejadez en el vestir, sino que se esfuerza en aparentar más de lo que permiten sus pocos medios. Una chirigota que es, sin querer serlo, refugio y altavoz –distorsionado o no, con más o con menos potencia– de lo que a la gente le importa, sin ojana, sin objetivo, ni cuento.

Este sábado, durante el ensayo general de la chirigota de la Asociación de Mujeres de Acero en el cole de la Salle-Viña se cantó a Feijóo, a la virgen de la Cueva, a las propia entidad Medalla de Oro de la ciudad, al vecino que se coge unas tajás de espanto y a la cuesta de enero que todavía cuesta más si en casa hay paro y si el susodicho hogar se encuentra en uno de los barrios más turistificados de la ciudad.

Temas que en la calle y en el Falla se tocan en coplas sublimes, mejor escritas, más efectivas, pues la calidad literaria y musical impulsa la emoción. Sin embargo, en esta chirigota, y en otras como ésta, la verdad revienta la gramática y todos los diccionarios. Y la copla contra la violencia de género, aquí no es copla, es lucha y fin; y Válcarcel y Campo de las Balas, aquí no se recrean en papel y lápiz, en ellos se pone el cuerpo; y la letra a la soledad de los mayores, no es letra, es encarnación misma, es la propia labor lanzarse a hacer una chirigota, y salir de casa para ensayar, y conversar. De cosas. De las cosas. Y de hacer más cosas. En estos repertorios no se grita revolución, se es revolución. Discreta, básica, pero constante y resistente. Protegiendo al barrio y a las mujeres, todos los días, más allá de febrero.

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