Fallece Juan Carlos Aragón Adiós a la voz rebelde del Carnaval

  • El coplero Juan Carlos Aragón fallecía a pocos días de cumplir 52 años de edad tras permanecer unos días ingresado en la Clínica San Rafael

El coplero Juan Carlos Aragón, metido en el tipo de 'La banda del Capitán Veneno'. El coplero Juan Carlos Aragón, metido en el tipo de 'La banda del Capitán Veneno'.

El coplero Juan Carlos Aragón, metido en el tipo de 'La banda del Capitán Veneno'. / J. B.

Dejando un halo de incredulidad, una legión de whatsapp rumiando sobre su salud en sus últimos días y un hueco insustituible, grande y raro, en la familia carnavalera, el enfant terrible de la fiesta, el genio canalla, la voz rebelde del Carnaval se fue apagando ayer, todavía no se rozaba las tres de la tarde, en la Clínica San Rafael. Juan Carlos Aragón, el de la pluma tan irreverente y controvertida como exquisita y culta, falleció a pocos días de cumplir 52 años dejando este mundo un poquito más aburrido, un poquito menos interesante.

Sí, más de cuarenta agrupaciones; sí, cinco primeros premios del COAC; sí, cinco libros editados; sí, miles seguidores en su Cádiz natal y fuera de él (sí, el mayor fenómeno fan del Carnaval de Cádiz); sí más de 27.000 menciones en twitter en el triste día de ayer... Y sin embargo, los números resultan inválidos para contar la verdadera dimensión de este gaditano nacido el 26 de mayo de 1967 en el barrio de La Laguna y que dejó este mundo muy cerca de su amado templo, el Gran Teatro Falla, tras estar varios días ingresado a causa del cáncer que padecía.

No valen los dígitos, vale la palabra. Su palabra. La que ha dejado en incontables versos, y traducida en pentagramas, tatuada en nuestras cabezas (y en la piel de no pocos) a través de coplas que se cantan en barbacoas y en escenarios, en boca de anónimos y reconocidos. Su palabra (“mi palabra dejadla en la carretera...”), su guitarra (“mi guitarra no se la den a cualquiera, y si acaso, que la condenen conmigo”) son el mejor de los legados del autor de ‘Los Yesterday’, ‘Los condenaos’, ‘Los ángeles caídos’, ‘Las ruinas romanas’, ‘Los tintos de verano’, ‘Los millonarios’, ‘Araka la kana’...

Comparsas y chirigotas ideadas por un chaval listo y golfo (“la plaza Mina, la plaza Mina...”) licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla que consiguió llevar adelante su exitosa producción carnavalera y, posteriormente, literaria (El pasodoble interminable, El Carnaval sin apellidos, El Carnaval sin nombre, Los últimos versos del Capitán Veneno y La risa que me escondes) con su trabajo como docente.

De la cabeza de este gaditano lenguaraz y poseedor del yamentiendes más autorreferenciado en las coplas del carnaval (“yo no tengo coche, ni tengo experiencia, ni tengo cultura, ni tengo presencia... Pero tengo un nabo como la Torre de Preferencia”) han salido algunas de las letras que cantábamos las chavalas y chavales en las protestas contra la LOU (“como yo pretendo hacerme con las riendas de este pueblo...”), ante el horror de la invasión a Irak por parte de la administración Bush (“oh pueblo americano, que pones precio a cabezas, al mismo tiempo que rezas...”), ante cada andanada de algún político inculto que se metía con nuestro acento y nuestra cultura (“aunque diga Blas Infante, andaluces levantaos...”)

Ésta es la cuenta de triunfos que nos gusta llevar de Juan Carlos Aragón, del Capitán Veneno, o de como quiera que cada uno lo llame... La cuenta que tiene en cuenta (disculpen la repetición, que también es un homenaje: “un amigo es un amigo me dijo un amigo mío”) distinciones materiales, como su reciente Baluarte de Carnaval, pero también, como el flamenco con el que le temblaba el alma, inmateriales. ¿Sería capaz de contar las veces que ha cantado En el norte los del norte o Igual que en una mezquita o la presentación de ‘Los Yesterday’ o de ‘Kadi City? Pues eso, paisano, hay cuentas que no se pueden llevar. Juan Carlos Aragón se ha ido con el orgullo de engordar en cantidad y calidad la banda sonora de una ciudad con la que discutía, a la que criticaba y a la que amaba sobre todas las cosas... Siempre volvía a ella... Como volvió al templo tras su experiencia más comercial, ‘Los ladrones’, que venía precedida por el tropiezo de ‘Catastrophic Magic Band’.

Se rompía así, sólo por un año, una trayectoria en comparsa en el COAC que en la modalidad de adultos inauguraba en 2001 con ‘Los condenaos’ (un segundo premio, nada más y nada menos) y que al año siguiente ya tocaba la gloria con ‘Los ángeles caídos’.

Juan Carlos se iba pero, al final, volvía... También le ocurrió con la chirigota que dejaría en 2002, como chirigota de Juan Carlos propiamente dicha, pero con la que siempre coquetearía ideando la música para agrupaciones como la del Petra y Sánchez Reyes (de 2004 a 2007), para el grupo del Cascana, para el de Mario del Valle, o hasta para el gran Manolo Santander.

Tanto flirteó, tanto la echaba de menos, como confesó en más de una entrevista, que este mismo Concurso presentó su nuevo idilio con la modalidad para satisfacción del público aunque no tanto para gusto del jurado del certamen que no terminó de ver a ‘Er Chele Vara’ para la Gran Final, aunque sí valorara su trabajo con la comparsa ‘La Gaditaníssima’, sí, sí, esa cuyo nombre fue anunciado en el murete de Santa Rosalía con polémica incluida, cómo no claro...

Dejando un poquito más sola a Luisa Tejarano, su mujer, y a su familia que recientemente recibía a un nuevo miembro, dejando un poquito más solos a los miembros de su comparsa y de su chirigota, dejando un poquito más solos a sus amigos y seguidores, se fue Juan Carlos Aragón, ese coplero irritantemente brillante, ácido y ocurrente, rebelde con causa y sin causa, que llegó a este mundo destinado a revolver los cajones, a despeinar consignas y a rasgar prejuicios en este Carnaval nuestro. Y suyo. Tan suyo...

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