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Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

El partido de mi vida por Baldomero Toscano

10 de julio 2020 - 07:07

Escribo estas lineas cuando está a punto de acabar la extraña Liga de la pandemia. Mi equipo ha dejado escapar su escasa ventaja como agua entre los dedos, liquidando en 3 partidos una renta flaca pero suficiente. Se ha extendido la desazón como un virus y se anuncian tiemposde cambios con trompetas de Apocalipsis. Así somos. Somos el Barça y somos muy de melodrama. Va en nuestro ADN. Y voy a contarles el partido de mi vida.Sucedió cuando ni siquiera el futbol estaba en ella. Apareció bastante más tarde y sin embargo fue aquel el partido de mi vida. Pero eso lo supe muchos años más tarde. Hay veces que la vida, como algunas películas, se empieza a entender desde los finales. Por aquel entonces estaban los tebeos, los de Bruguera, los recién llegados superhéroes de Marvel, las Hazañas Bélicas, las series del Oeste en blanco y negro: El Virginiano, Bonanza y las pelis de los sábados tarde en doble sesión. Pero ocurrió que en el invierno de 1974 nos visitó a Madrid mi primo Francisco. Conocido en Lepe como Paco el Salinero era un gran madridista. Mi primo Francisco Santana Prieto se vino con un amigo y se alojó en nuestro piso. Habíamos llegado a Madrid apenas dos años antes, una más de muchas familias que huyeron de Andalucía para buscarse un futuro en la capital. Francisco vino a ver un Madrid-Barça y me invitaron a acompañarlos, supongo que agradeciendo el hospedaje y el cariño que su tía Angustias, mi madre, le profesó siempre. Amalia y Francisco, sus padres, fueron mis padrinos. Jamás había pisado un gran estadio, tan solo el modesto campo del Isla Cristina fugazmente alguna vez que me habían colado y entrar en una tarde grande, con 12 años, en el impresionante Bernabéu se me quedó para siempre en la memoria. Recuerdo los alrededores del estadio repletos de aficiónbulliciosa, el aire eléctrico de partido gordo, la subida de vértigo a la grada alta, el ambientazo caliente pese al frío mesetario de aquel febrero, el profundo olor a puro de gala, el agitar blanco de las banderas, las bolsas con las bebidas y los bocadillos-en aquel tiempo podías llevar de todo a los estadios- y el murmullo expectante y tenso de aquel estadio lleno a rebosar. Ese murmullo cambiante,vivo y pasional que es el alma del espectáculo. Recuerdo la megafonía del “speaker” anunciando las alineaciones y el rugido profundo de la grada tras cada apellido: Benito, Pirri, Zoco, Amancio, Velázquez, Netzer,…y los pitidos y el abucheo a los del rival: Rifé, De la Cruz, Rexach, Asensi, Sotil, Marcial y Cruyff. En el campo el futbol transcurre presuroso o ese es el recuerdo. A la media hora Asensi cazó un derechazo en el área y batió a García Remón y apenas 8 minutos más tarde Cruyff, tras quitarse de encima a dos defensas en un palmo en la frontal, marcaba el segundo. En el minuto 40. Noscomimos los bocatas pero lo que de verdad se mascaba era una tragedia para el madridismo. Mi primo enmudecía.Ese silencio de 90.000 almas asustadas, ese silencio espeso y blanco que he vivido con gran deleite años después en los tiempos de Guardiola. Tras arrancar la segunda parte recuerdo que se encendieron las luces del Bernabeu, me llamó poderosamente la atención aquello porque el partido parecía otro, con otra magia. Ese espacio inmenso iluminado por los focos, los golpes al balón, los gritos lejanos de los jugadores, el silencio tenso de la esperanza en la remontada. Pero en esos 45 minutos siguió el baile. Enseguida el enorme Asensi hacía su doblete. Ese día el temible Benito, uno de los defensas más míticamente leñeros de la época no tuvo su tarde. Siempre tuvo buenos sicarios atrás el Madrid. Una tradición cumplida. Entre el minuto 65 y el 70 cayeron dos goles más para rematar el festín blaugrana. Juan Carlos y Sotil cerraron la noche. La grada blanca, también en su condición de ingrata, se revolvía indignada hacia el palco. Recuerdo la salida triste y mortecina de aquella riada de gente derrotada. Pocas cosas sobrecogen más que un baño. Y ahora, escribiendo esto, con la memoria encendida, recuerdo como contaba el gran Rafael Azcona que le había venido la idea para el guión de “El cochecito”. En los años 50 había una zona reservada del estadio para inválidos y sus sillas y tras un partido donde cayó derrotado el Madrid oyó a dos viejecitos indignados, arrastrando sus sillas penosamente, decir el uno al otro: “¡es que son unos baldaos!”. Así nació uno de los papeles más memorables del enorme Pepe Isbert. Salía la afición blanca baldada de la humillante paliza. Y yo salí perplejo, feliz y quizás ya converso para siempre a la religión más hermosa. Recuerdo muchos otros partidos de mi vida. En el Metropolitano la final de Copa del Rey contra el Sevilla en el último partido que disputó Andrés Iniesta con la camiseta blaugrana. Este con mi hijo Pablo. Recuerdo esa noche la emoción inmensa de despedir a uno de los grandes jugadores de la época dorada del Barça y recuerdo el rostro de mi hijo mirando perplejo los ojos humedecidos de su padre. Mi querido primo Francisco ya murió pero sigue vivo en mí. Dicen que solo morimos cuando ya no somos recordados. Cada vez que paso por ese estadio, y lo hago muy a menudo, me viene fugaz pero nítida aquella tardelejana de mis doce años. Donde viví por vez primera la pasión y la tragedia del deporte más hermoso.

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