Reyes Magos
Mucho mejor que lo de Fariña. Nacho Carretero on fire
Anexo. Bestiario breve del futbolista aficionado Tras años de liguillas locales —jugué alguna más en la que llegué a medirme a rivales como el mismísimo David Bustamante— he logrado diseñar un breve muestrario de personajes. El del fútbol amateur es un mundo de insondables posibilidades. He aquí los especímenes recolectados. El portero: Sin duda, el más meritorio. Triste figura bajo palos, silueta dibujada entre la lluvia. Abocado, en un momento u otro, a cagarla. No hay partido amateur sin su cantada correspondiente. El delantero centro: Suele caracterizarse porque no festeja los goles. Puede enganchar una volea por la escuadra desde la frontal, que se girará serio, ceño fruncido, mirada al infinito con expresión de «sí, lo sé». Ese partido y ese gol no son dignos de su celebración. El pesado: Lo protesta todo, se queja de todo, no se calla jamás. Siempre hay uno de esos en cada equipo. Un jugador rival controla con el pecho a cuarenta metros de su posición y él grita pidiendo mano. Todo le parece mal. El profesional: Se cree que está en otro partido, probablemente en uno de primera retransmitido por Gol TV. Se pone la mano en la boca al hablar (no es broma), pierde el tiempo si van por delante (él va a ganar, no a jugar), calienta con auriculares en los oídos (también lo he visto) y, atención, intenta engañar al árbitro. Esto último me parece sencillamente fascinante. Un árbitro aficionado al que le pagan dos duros y cuya máxima preocupación es acabar cuanto antes para volverse a casa… y aparece el profesional fingiendo un penalti. Y cree meritorio conseguir que lo piten. Cree meritorio hacer trampas en un partido de mierda un domingo a las ocho de la tarde. A este tipo de jugadores me los imagino en su casa diciéndole a la novia «Tengo partido, joder», mientras cocina pasta blanca y extiende la equipación sobre la cama con el dorsal a la vista. El fenómeno: Le deben estar grabando y este partido es su única oportunidad en la vida para demostrar lo que vale. Ni un pase al pie, demasiado fácil para él. Hay que buscar la entrega al hueco, el recorte. Jugar fácil es insípido. Hay que intentar el rizo. Los demás, claro, deben ser pacientes y recuperar sin rechistar cada balón que pierde. El gordo: Siempre hay un gordo. Le cuesta moverse, pero pone todo de su parte y asume sus limitaciones. Es legal, es noble y parece el único que comprende que eso es un partido de gilipollas, no uno de profesionales. El violento: Se enciende por cualquier nimiedad. Le agarran y pasa a modo carnero, apoyando su frente contra la del rival. Si se calienta, hace una entrada fea, sin que por su hueca cabeza pase la idea de que va a dejar a un tipo sin ir a trabajar un par de semanas. Dice imbecilidades del tipo «lo que pasa en el campo se queda en el campo». En realidad, podría fusionarse con el profesional. No hay vida más allá del partido del domingo. El Lillo: Corrige la posición de sus compañeros cada minuto. Le dice a todos lo que tienen que hacer. Reparte broncas cuando alguien falla y, si su equipo pierde, les grita a todos y a veces decide que lo mejor es irse al banquillo porque su paciencia se ha terminado. El otro día, el medio centro rival pasaba por delante de mí tras una jugada y gritó: «¡Vaya equipo de subnormales que somos!». Y después se fue al banquillo. El árbitro: Supongo que ganan cien mil euros por partido. No hay sueldo que pague aguantar a una manada de idiotas creyéndose Lineker. Eso sí, de arbitrar no tienen por qué tener idea
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