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Crónica de la tercera sesión de preliminares: Las clasificatorias caen mal al mostrar su verdadera cara

El accidente de Santiago visto por Arcadi Espada

27 de julio 2013 - 13:53

Un buen negocio

Querido J: Estos días, y a propósito del descarrilamiento del tren en Galicia, han vuelto a darse los peores rasgos de la gestión informativa de las tragedias. A los pocos minutos del suceso el maquinista ya fue declarado criminal. Y lo fue, llamativamente, no sólo por los datos apresurados y dispersos recogidos sobre el terreno del presente, sino por una aplicación llamativa de la hindsight bias, es decir, de nuestra célebre falacia retrospectiva: en su cuenta de Facebook descubrieron fotos del velocímetro de un tren que conducía tiempo atrás, y que marcaba los 200, acompañadas de unos comentarios triviales sobre la velocidad que estaba alcanzando. Obviamente, la foto y los comentarios se volcaron sin mayor contexto (es antigua la confusión entre el periodismo y el backup), lo que dejó la fiabilidad del descubrimiento al nivel de un testimonio que hubiese oído cantar una vez al maquinista: para ser conductor de segunda no te pares en las curvas. También, y sin que se hubiera acabado de contar los muertos, apareció el sintagma inmoral: la tragedia podría haberse evitado. Una sentencia estúpidamente verdadera: sin trenes circulando no habría habido descarrilamiento. Y que en su forma ligeramente, sólo ligeramente más sofisticada, es la falaz sentencia a que se acoge siempre el sindicalismo. Frente a la curva siniestra los sindicatos denunciaron (otro de sus verbos base) que con unos sistemas de seguridad más perfeccionados el tren habría detenido su lúgubre viaje. Lo mismo se dijo en el accidente del Metro de Valencia, en el avión de Spanair y se dirá en la próxima catástrofe: siempre hay sistemas de seguridad más eficaces en otros tramos de vía, en otros aparatos, en otros países o incluso los hay proyectados y a punto de instalarse el año que viene, precisamente en el punto donde sucedió la tragedia. La cantinela sindical sólo persigue un objetivo: la culpabilización del empresario o del Gobierno implicados, responsables últimos de la tragedia por no haber invertido lo que debían en la seguridad de todos los ciudadanos. Y suele ponerse en marcha cuando las evidencias, irresponsablemente diseminadas, comienzan a señalar a uno de los nuestros, es decir, al maquinista que paga –real o metafóricamente– la cuota sindical. Obviamente, la responsabilidad de una conducta se determina a partir de unas circunstancias concretas: el que lleva el tren conoce que no dispone de esos sistemas de seguridad y, en consecuencia, no puede actuar como si funcionaran. Lo que quiso decir ayer la ministra Pastor: «Las personas al frente de un tren tienen que atenerse al protocolo.» Y los peatones al cruzar la calle: lamentablemente, aún no está implementado el sistema de seguridad que los hará invulnerables al autobús que va a atropellarlos. A estos dos rasgos de la gestión informativa hay que añadir los excesos, incluso estéticos, del duelo, perceptibles sobre todo allí donde el pueblo descarrila, es decir, en la televisión y en las redes sociales. Pero todo eso lo tenemos hablado y hoy quería llamar tu atención, precisamente, sobre los efectos benéficos del duelo. El duelo, que, por cierto, no dura lo que establece el Gobierno, sino lo que establecen los medios. En este periódico donde te echo las cartas había ayer una viñeta de Idígoras y Pachi que lo explicaba todo, y tentación he tenido de recortarla y metértela en el sobre, sin más. Así, tómate esta última mitad de la carta como un añadido al pie. La viñeta, que es muy hermosa, y conmovedora por lo contenida, muestra un verde paraje gallego por donde caminan dos apesadumbrados. El texto dice: «Tragedia ferroviaria en Galicia: 80 muertos y 40 millones de heridos.» Qué exacto y sintético. Los muertos lo fueron por el tren; pero los heridos son todos propiedad del periodismo. Hoy se habla de cualquier cosa más que nunca, porque el periodismo ha triunfado arrasadoramente; tanto ha triunfado, que está a punto de morir de éxito. Pero aún teniendo en cuenta el aumento global de la conversación, es comprobable que de los accidentes se habla mucho más y que ocupan en la superficie informativa un lugar proporcionalmente más importante que el que ocuparon en el pasado. Comprueba, si tienes curiosidad, la sobriedad casi cartujana con que el periodismo se ocupó de los grandes accidentes del pasado. El choque de aviones, tan estúpido, tan inconcebible, tan mortífero en el aeropuerto de Los Rodeos. O los ahogados en Barcelona de la US Navy, negros, negra noche, negras aguas de aceite portuario, negras fundas plásticas donde envolvieron a los muertos y sobre los que mi viejo amigo Javier Castro escribió una crónica brutal e implacable, como recuerda Marcos Ordóñez, y yo con él, en sus emocionantes memorias. La extensión, casi la avidez del duelo, es hoy incomparable en intensidad y en duración, y el cambio está basado, sobre todo, en el progreso de la tecnología. La muerte puede ser hoy el mayor espectáculo del mundo. Sobre esta evidencia se escriben muchos discursos de piloto automático. Naturalmente que la muerte es un negocio, como lo es, y grande, el estiércol. Pero la extensión del duelo es también la extensión de la empatía, el cartel que cuelgan Idígoras y Pachi sobre la mullida hierba de Galicia. El duelo mediático exhibe muchos excesos, y no muy lejanos a los que exhibían en lo viejo las plañideras contratadas. Pero es probable que esté contribuyendo a extender la solidaridad entre la tribu humana. Ya sabes cómo le puse los puntos a Pinker en su último y extraordinario libro por no tener suficientemente en cuenta la importancia del periodismo en la reducción de la violencia. Cada vez estoy más convencido de que al conocido impulso alfabetizador del periódico hay que añadir esta importante consecuencia moral. Compartir el dolor hoy supone reducir las posibilidades de provocarlo mañana. Sigue con salud A.

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