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Sueños en el país de las cuentas. Por Julio Malo.

18 de diciembre 2014 - 08:55

Lo sostenía el poeta checo Rilke, “la patria de todo hombre es su infancia”. Podemos añadir que su esencia se manifiesta en especial durante la Navidad. El cristianismo fija el natalicio de Jesús de Nazaret durante el solsticio de invierno que ya era fiesta muy importante para los pueblos del hemisferio norte. Día en que renace el sol tras el ciclo decreciente del otoño, colmando de alborozo a la horda primitiva cuando percibe que el lento retroceso de la luz se invierte y ya, cada vez más duradera e intensa, conduce a una nueva primavera. Mi primera infancia transcurrió en Tenerife pero ya que mis padres eran más godos que el rey Wamba, toda Navidad soportaba ilusionado los tormentos de aquellos bimotores que a modo de barquillas de feria me trasportaban en ocho largas horas desde los volcanes de mi país natal a las nieves de Madrid. Recuerdo el blanco jardín de mis abuelos y los muñecos que apenas duraban, pero sobre todo al entrañable Papá Noel y su árbol poblado de regalos, con cuya descripción asombraba a mis compañeros de colegio pues la presencia del viejo druida aún no se había extendido por la España de posguerra, pese a que también existían versiones tradicionales del personaje, como el Tió de Nadal catalán, el Olentzero vasco, el Apalpador gallego y el leñador Esteru que reparte juguetes a los niños cántabros. En el mundo anglosajón le llaman Santa Claus, y como tal ha alcanzado una popularidad generalizada, pero en España aguanta el mito de los Reyes de Oriente inspirados en los magos que cita el Evangelio de San Mateo. Quienes padecemos el síndrome de Peter Pan a modo de rebeldía contra la punzada abrasadora del tiempo buscamos en la Navidad los sueños de esa edad feliz y desalmada. Pese a su manipulación mercantil, agravada estos años con los cuentos del Poder Financiero para recortar a los ciudadanos sus derechos y consolidar sus propios intereses, por mucho que en éste la presión parece aliviarse ante la inminencia de unas elecciones que van a demostrar el malestar de la gente. Aunque sigan justificando con cuentas sus razones, no van a poder embargar los sueños, al menos esta Navidad.

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