Pregón de la Guayabera por Carmen Morillo
Me ruboriza caminar sobre la alfombra roja del elogio y soy más de manifiestos que de pregones, pero gracias, gracias por confiar en mí, por el cariño recibido y por las hermosas palabras que me habéis dedicado. Gracias Jorge por ser un amigo incondicional. Dar un pregón en Cádiz requiere un derroche de talento, del don de la poesía y de la música, dotes de las que carezco pese a haber nacido en el Barrio de Santa María. Soy una gaditana sin gracia, pero sé que todos mis defectos serán hoy perdonados porque es la noche de las guayaberas, una fiesta mágica que nos convierte en buenas personas, con un solo afán: pasarlo bien. Quería escribir algo hermoso, valiente y emotivo; pero mi oficio consiste básicamente en contar historias, de manera que voy a relataros algunos de los acontecimientos extraordinarios que he sentido y vivido desde que me designastéis pregonera. Como mujer no he sentido hasta hoy la necesidad ni la obligación de usar guayabera. Me sumé hace unos años a esta Real Orden por varias razones: La primera es que soy una militante de los espacios compartidos. Sobre todo, de aquellos que destilan un sentido estoico de la amistad. Y aquí, la guayabera es un bálsamo para las extrasístoles de tantos corazones diferentes como laten en un colectivo diverso y plural. Aunque no fume, me gusta el universo sacro de los habanos, el humo con el que nuestros antepasados taínos invocaban a los dioses, y con el que yo podría ahumar caballas caleteras sin atentar contra el Reglamento de la orden. Me solidarizo, además, con ese guayaberismo partidario con el que inundáis de fotos el wassap, para eludir el protocolo de la corbata y del nudo de Isis. Os aconsejaría desprenderos para siempre de las ataduras de las vestimentas. Las mujeres nos libramos de la opresión del corsé, de las enaguas, de los miriñaques sin que se hundiera el mundo sino todo lo contrario. Donatela Versace se lo recomendó a Obama para su campaña electoral: Le dijo: “Yo eliminaría la corbata y usuaría camisas con más vida”. Presumo que si nuestros políticos usasen camisas con más vida, tendríamos hoy Gobierno. Y vaya si la guayabera tiene vida: 310 años de existencia si damos crédito a la leyenda espírituana, 126 años hace que entró en la historia de la literatura, 113 en la de la fotografía y 98 en el diccionario. Casi na… El 1 de julio, cuando Cuba celebra el día nacional de la Guayabera, bajé a la playita de las Mujeres con la intención de buscar inspiración para escribir este pregón. Había una luna llena que cegaba la noche. Y andaba yo guayabereando con mis pensamientos cuando, de pronto, de entre las aguas plateadas, surgió Nicolás Guillén, tan nítido, que parecía de carne y hueso. Cada estrella era un broche en su cubanvera blanca. El poeta negro se sentó a mi lado y me reveló que la mayor virtud de la guayabera es que se adapta al sudor de los hombres. Le correspondí narrándole mis recuerdos de una noche en la que era la única mujer entre muchos hombres sudados. Ocurrió en los años ochenta, en el bar Lucero, donde el amanecer solía sorprendernos a los periodistas del Diario de Cádiz porque nos resistíamos a regresar a casa sin teñirnos las manos con la tinta del periódico que habíamos creado. En la calle hacía un frío espantoso. El local estaba atestado de estibadores y otros noctámbulos cuando entró a refugiarse la Toti. No sé si ustedes la recuerdan. Posiblemente no la conocieron. La Toti fue una mujer de portales oscuros, sabanas frías y sueños rotos. El bar Lucero olía a café, tabaco y sudor. Así que nada más cruzar la puerta, la Toti gritó ¡Cómo huele a hombre! Todos la miramos y, de una forma sutil, como si ella fuese la mismísima primavera, derramó sobre aquellos descamisados un ramillete de flores de abril ...Y en mi memoria, con Nicolás Guillén sentado a mi vera en la playa, se formó un rumbón: Los portuarios recreaban en las mesas el sonido de las tumbaderas y lucían elegantes, frescos y alegres. A falta de claves, percutían las cucharrillas del café mientras la Toti bailaba con el poderío de una diosa yoruba. Aquello duró un instante infinito. Después, la vi perderse por el callejón de los negros con el poeta habanero abrazado a su cintura canturreando: Me gusta ver al guajiro de polaina y de machete, de tabaco y taburete y con las bestias de tiro. Todas sus prendas admiro con delectación cimera, pero en la fiesta campera olvidar nunca podría verlo por la canturía vestido de guayabera Se fue Nicolás Guillén y me quedé de nuevo sola en la playa pero, gracias a aquella noche, La Toti vive en mi memoria, junto a otras mujeres expertas en desabrochar botones de nácar: la Caballo, la Portuguesa, la Nancy ...Mujeres que alquilaron sus cuerpos pero nunca su almas, que perdieron su nombre y su belleza esparciendo un amor de saldo y esquina. Un amor que ni fue ni será una profesión por mucha literatura que le echen. Las veo ahora siempre en la mar, sobre las crestas de las olas que chocan contra el Campo del Sur y el Malecón, jugando al chichimoni con las jineteras de La Habana en una casa de coral y carey. Pero no estoy aquí para soñar sino para hablar de guayaberas, el escudo de los hombres de mi infancia. En mi casa les llamábamos cubanas. Aquellas camisas olían a mar y tabaco, a las timbas de la Pila Vieja, a los vinos de la Cepa, al menudo del Terraza, al pulpo del Elías, las cocochas del Achuri y a los caldos de Gardel y la Flor de Galicia. Era la ropa elegante de la burguesía gaditana, pero también de marineros sin galones que se bebían los vientos, las marejadas y la soledad en la calle Plocia, en los patios engalanados del barrio Santa María. Yo nací en la calle Troilo. Cuando lo cuento fuera de aquí, todo el mundo dice lo mismo. -Que arte hay que tener en Cádiz para ponerle una calle al perro de Antonio Gala. Y respondo que en Cádiz tenemos muchas más cosas que arte y salero. Les hablo de nuestra cultura, de nuestro vocabulario de ida y vuelta, de nuestro pasado esplendoroso, con teatros en cinco idiomas y tertulias femeninas donde hervían las ideas y la política. Y se quedan perplejos cuando explico que nuestro Troilo es, en realidad, un mítico príncipe troyano de excepcional belleza. Casi tan hermoso como los atardeceres de Cádiz. Paso con frecuencia por esa calle, aunque la casa donde mi madre almidonaba las camisas de mi padre ya no existe. Aquellas guayaberas estaban confeccionadas conforme a las rigurosas leyes que seguían los sastres gaditanos: un juego de alforcitas para cada tachón y un botón de nácar en cada piquito. Curiosamente, la profusión de alforcitas y botones era entonces motivo de orgullo compartido en la vestimenta de hombres que presumían de masculinidad, y de mujeres que lucían su feminidad en las alcobas. Cuando la guayabera campesina luchaba por conquistar la sofisticada Habana, allá por los años cuarenta, la periodista Herminia del Portal escribió un delicioso artículo en el que se muestra segura de que su origen, difuso, reside en una recién casada andaluza. La joven se propuso engalanar al marido para acudir a una fiesta guajira de postín. Así que calcó una guerrera colonial española, usando la holanda de hilo con la que se confeccionaban sábanas y manteles, a la que añadió las alforzas y botones que las espirituanas cosían en su lencería. El marido no reparó en los adornos femeninos, seducido por el corte marcial de una prenda que le permitía lucir su afilado machete y sus relucientes espuelas. Al hacer este pregón, he encontrado otra historia escrita sin mujeres. No hay sastras en el cielo de los hacedores de guayaberas, maestras de la aguja que compartan la gloria con Manolo Garrido, Ramón Puig, Valeriano Vázquez, Julián Burgos o Pedro Mercader… Abrumada por este hallazgo, paseaba yo apuraílla por la calle la Pelota, cuando se me acerca un caballero sin corbata ni sombrero. Vestía una guayabera que olía a invierno, desenfreno, ostiones y erizos. En sus ojos brillaba la rebeldía de la risa. Entra el dios momo y suena el pito de carnaval -¿ Qué desea caballero? - Soy el dios Momo. He venido al carnaval del verano y ando buscando un viejo cuplé que perdí en febrero. Si me ayudas a encontrarlo, te llevaré a un lugar donde en cada esquina te mueres de la risa y donde sólo hay gente contenta. Era una propuesta a la que no podía resistirme y busqué por el barrio de la Viña hasta encontrar un cuplé que llevaba décadas oculto bajo un adoquín de la calle La Palma: El dios momo da la entrada y cantamos juntos Yo conocí a una niña la mar de mona Que siempre iba vestida a la nueva ola Y también tenía un novio la mar de elegante De esos que se acuestan hasta con guantes. Se van a la playa con su guayabera Y cuando regresan vienen cantando guantanamera Ella está muy loca loca de remate del gustirrinin que le da el pillín con la filomati Tiros por aqui tiros por allá tiros en pekin tiros en vietnam pero yo practico mi tatachin no me meto en na. El Dios Momo, satisfecho pese a mi pésima interpretación, me subió sobre una carabela portuguesa que se había desnortado en la playa Victoria; Y navegué embriagada por el aroma dulce y almizclado de la guayaba. Fue un viaje extraordinario, pero necesitaría mil y una noches para contaros todo lo que ví, conocí y viví. De aquella experiencia astral regresé algo escocida, como si hubiese liado todos los puros de Cuba con mis muslos, pero con las ideas claras. Le pedí a mi carabela portuguesa que me dejase en la Alameda Apodaca, enfilé hacia el taller de Tere Torres, y con el garbo de una criolla villareña le dije: -Tere, quiero una guayabera que destile todo el sudor de las mujeres libres y orgullosas. Quiero una camisa femenina, con los adornos que durante siglos han lucido los hombres del Yucatán, de Cuba, de Colombia y de Cádiz. Quiero una camisa que sea una metáfora de la igualdad. Y aquí tienen el resultado. Como ven, hemos prescindido del cuello militar porque las guayaberas no nacieron para ir a la guerra, salvo las que se lidien en fiestas y alcobas. Mi camisa huele a canela, clavo, azahar y madreperla. Sus alforzas son el camino por el que transitan los sueños, y los bolsillos guardan amores eternos. De la apertura con refuerzo cuelgan las llaves invisibles que abren todas las puertas. La Kabiria nos regaló las flores de la pechera. Y Lola, la caracola que reina en la Caleta, los botones de nácar. En mi guayabera blanca, todo es pasión y alegría. Cada hebra es un júbilo que brota de la mar y de la tierra para animar, un año más, esta fiesta que ya es hora de que comience: Guayaberus gaditanae gaudeamos…Os animo a que platiquemus, bailemus, comamus, bebamus y, sobre todo, amemus...con las dos manus.
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