Pírricos esplendores
EL SÁBADO estaba con mis compañeros rodeando a un administrador de la lotería que había dado, nos dijeron previamente, un cuarto premio acabado en 5 repartido por toda España. El colega Víctor Honorato de El País contó 20 medios y una unidad móvil para inmortalizar esta declaración: «Me pidieron una serie completa que acabase en 5 y la distribuyeron desde aquí para toda España». Hace meses, sola con sus padres en una especie de grandes almacenes, una novia se probaba su vestido de boda bailando delante de un espejo; bella estampa familiar, incluso cuando se lo llevó de la nave de Cáritas con la promesa de devolverlo para que otra novia pudiera casarse con él. No se informó de esta historia, y yo el primero, que escribo a 20 metros. Si esta chica hubiera comentado de pasada en algún bar su interés en prohibir preguntas, Cáritas se le hubiese llenado de televisiones. Leo en un informe de Adecco que los médicos y los ingenieros serán los trabajos más demandados el próximo año. Me asombra que no se vayan a reclamar periodistas en plena edad de oro de las noticias, cuando nunca la miseria brindó tanta gloria a los contadores de historias. En los últimos tiempos hay un fenómeno que hace mucho no se producía: el crecimiento de la actualidad y, en correspondencia, su reparto desigual, tan flagrante como el de la pobreza. Circula por ahí el tren de los que niegan la muerte del periodismo mientras cobran por hacerle una autopsia cuyo resultado es que las noticias no se pagan y #gratisnotrabajo; mi sensación es que entre la soledad de Willy Uribe 17 días en huelga de hambre pidiendo el indulto de un heroinómano rehabilitado que no conoce de nada, y Rajoy entre fotógrafos paseando con su familia para ir a comer a casa de su suegra, hay una bellísima grieta que nos puede acabar tragando a todos. El Mundo
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