Piedad. Diego Gadir

15 de marzo 2020 - 05:20

El cuadro de arriba se llama Requiem por un hombre de plata. El título lo ideamos a medias mi padre y yo. Que el asunto sea taurino se debe a la influencia que ejerció desde muy temprano mi padre en mi interés artístico por la fiesta, aunque siempre me dolió el animal. En la pintura, Francisca Alfonsín Pereira, mi abuela materna recoge entre sus brazos el cadáver de su hijo Juan con el rostro del pintor austriaco Egon Schiele. Éste había muerto en Viena, a los veintiocho años, a causa de la Influenza de 1918. Paca Alfonsín Pereira... Nombre y vida de relato negro argentino, de novela dura; demasiado dura como para no ahogarse con su nudo crónico en la garganta. Su enorme dolor -el mío- me ha impedido escribir su vida; dos o tres páginas y comienzo a hundirme. Once hijos... Quedaron seis para ver medio siglo XX, y más acá. -¡No llores tanto mamá! -le rogaba la más pequeña, mi madre Juana. -¡¿Qué sabrás tú, hija mía?! -se deshacía mi abuela junto a su “magdalenita” en el mar de lágrimas de su calvario. Cruzaba Cádiz diariamente para visitarnos en La Viña hasta que empezó a preguntarse adónde iba; iba olvidándose los cachos del alma en los autobuses, en los bancos de las plazas. Falleció con Alzheimer a los setentaipocos… ¡Mi pobre abuela! ¡Las abuelas! A uno de sus hijos vinieron a llevárselo; lo rebuscaron como si les fuera la vida en el odio; se llamaba Juan y trabajaba en un bar, allá por la catedral. De un día para otro, su madre dejó de verlo sin saber que era para siempre. ¡¿Estará aquí, en la cárcel?! ¡¿Allí, en San Fernando?! ¡¿Allá, en El Puerto…?! ¡¿Dónde estará mi hijo?! A mi tío Juan se lo tragó el sistema degenerado; la tierra movediza del cainismo; la historia de la humanidad en sus pocilgas. Así pasó con todos. Tenía diez años menos que su doble en el retrato, el pintor vestido de “plata”. Amanecía la década de 1990, yo tenía veinticinco años y quería pintar una piedad a la memoria de mi abuela. Hace poco lloré en el cine con esa piedad fraterna que ha hecho Julian Schnabel sobre los Van Gogh -Teo y Vicente-, abrazados en el sanatorio de Saint-Rémy. Piedad, aquella, de una soledad anunciada; requiem por la muerte de un alma ensimismada. Van Gogh, El suicidado por la sociedad lo llamó Antonin Artaud. Estuve obsesionado durante mi adolescencia con la desgracia vivida por mi abuela. Por otro lado, me subyugaba la terrible historia del pintor austriaco, malogrado junto a su esposa, preñada de seis meses. Se me juntaron las dos crueldades; crucé ambas tragedias; me desangré a dos bandas. Al fin y al cabo, nunca conocí al hijo de mi abuela, tal como Edith y Egon nunca conocieron a su propio hijo. Hace un siglo de esto último y al alma le parece que fue ayer… ¡¿Quién iba a decirnos…?! De nuevo, el dolor universal. P.s. Doné este cuadro a la Diputación de Cádiz en 1992 para compensar los gastos que generó mi exposición Los patos mandarines I. Había sido expuesto con anterioridad en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla y en La Real Maestranza de Caballería hispalense en sendos certámenes de pintura. No hace mucho, Juan José Padilla y yo hemos descubierto que el banderillero se parece también a Luis Miguel Dominguín.

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