Mariana Cornejo por Javi Osuna.

07 de noviembre 2013 - 13:27

Mariana Cornejo, la artista; Mariana de Cádiz, representaba la medida exacta, el canon estándar de un concepto susceptible de medición en el flamenco: el sello de una escuela. Cuando se habla de una escuela (en este caso, la de Cádiz), se habla de una forma rítmica inequívoca; de una afinación también específica y también inequívoca; de un acento identificativo; de un soniquete (los jazzistas le llaman swing) harto reconocible, que hace distinguirlo de otras escuelas, otros marchamos que, aún con apariencia de idénticos compases y tiempos, su sonido y resultado final son –forzosamente– diferentes y, por tanto, muy singulares. Hay una característica innata en la Escuela de Cádiz, compartida y coincidente, además, con la Escuela de Jerez, y ésta es su compás y su cuadratura. Compás, absolutamente endiablado, veloz, redondo (y sin embargo cuadrado), vertical… Es la misma que asombró a los músicos británicos de la Royal Philharmonic Orquesta, cuando Camarón, por testigo Ricardo Pachón, desafió a la claqueta de Abey Road y ésta le dio la razón rítmica, exacta y matemática, como en la obra “El compás tiene que ser matemático”, del francés, Philippe Donnier, cuando José grababa Dicen de mí / que me amenaza el tiempo; tiempo de seguiriyas, que evolucionó a bulerías y desconcertó a formados músicos británicos.

Hay una expresión entre los flamenquitos que lo define a la perfección, y es el ser y estar: “pasado de compás”. Mariana estaba pasadísima de compás, como lo estuvieron todos los antecesores de su Escuela desde que el arte flamenco asomó sus hechuras en el espacio y en el tiempo de la ínsula gaditana y sus Puertos de Santa María, Real, Chiclana de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y Real Isla de León.

Con la misma intención que enólogos y sumilleres nos recomiendan percibir los matices infinitesimales de un vino y la huella de aromas y sabores específicos; en la “cata” del cante de Mariana hay, en su boca, aroma y paso, matices de La Perla; detallitos de Manolo Vargas, aromas de María Sabina y Rosa la Papera. Vista, olfato y gusto nos hace percibir la parte estética de su cante, sus aromas indianos; afrocubanos y el gusto; ése regusto ultramarino de Cádiz, con aires salados del salinar, dulces, como el pan de su soleá de Cádiz, y compatibles y coexistentes con la dureza de madera vieja y curtida, en romances, corridos y seguiriyas.

La vista, asimismo, nos conduce a contemplar una faceta intrínseca de la Escuela gaditana: su interacción con el público; su teatralidad, la oratoria, su charla participativa y desenfadada con el auditorio, concepto inexistente en otras escuelas; y ahí es donde asoman los hechos pretéritos, los matices de vis cómica de Pericón de Cádiz, que fue chulo de un pulpo; de El Beni de Cádiz, filósofo de la calle Hércules; del Cojo Peroche, con media lengua de gracia a esportones; de Diego Antúnez, proveedor oficial de chistes del rey Alfonso XIII; de Curro Dulce, ocurrentísimo en El Matadero y de Ignacio Espeleta, cuya surrealista oratoria encandilaba a Sánchez Mejías y a Lorca, tanto como su tarratrán.

Hay un pesimismo latente y generalizado cuando la maestría se nos va y una enorme (e inevitable) sensación de orfandad. Los flamencos y flamencólogos siempre han pensado que el género estaba en trance de desaparición. Antonio Machado Demófilo y todos sus coetáneos, así ya lo creían en 1881. El tiempo ha desmentido a la leyenda, por tanto al Padre del Folcklore. El flamenco, no sólo no ha muerto, sino que, más vivo que nunca, ha perpetuado sus peculiares escuelas, a lo largo de casi doscientos años. Por eso soy tremendamente optimista en que la escuela continuará, a pesar de que hoy lloremos la triste pérdida de su maestra. Hay eslabones y hubo cadena de transmisión. Y la habrá. El panorama actual sigue manifestando los mismos aromas, los mismos matices, envejecidos en barricas de roble gaditano y de juventud, de David Palomar, Raúl Gálvez, May Fernández, Brenda García, Anabel Rivera, Paco Reyes, Samara Montañés, Niño de Sola… de ustedes y sólo de ustedes depende.

Mariana Cornejo Sánchez, la persona, la del barrio de La Libertad; la que me hablaba de pucheros y de varices, es la que más me duele perder; sobre la que más me cuesta escribir y la que más admiración me producía. Era Mariana, como su abuela del Balón, matriarca gaditana, harto generosa y harto sencilla. Un legado infinitamente más valioso todavía que el anterior y que siempre llevaré en mi corazón.

Javier Osuna Los fardos de Pericón (1512)

La foto es de Kiki

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