Excelente Yolanda Vallejo sobre la cabalgata de Reyes
LA CABALGATA DE LA DISCORDIA Decía Ignacio de Loyola que en tiempos de tribulación lo mejor es no hacer mudanzas, lo que traducido resulta que cuando la aguja esté mareada es lo más sensato plegar las velas antes de que descargue la tormenta para que no nos coja en medio. Pero parece que en nuestro Ayuntamiento nadie ha leído al patriarca de los jesuitas porque justamente una mudanza en toda regla es lo que parecía la cabalgata de Reyes, no me diga que no. Una mudanza que recorrió la Avenida en un abrir y cerrar de ojos y que dejó tan mal sabor de boca que será necesario algo más que un enjuague para volver a recuperar el aliento. Y ya sé que llevamos casi una semana hablando de lo mismo, y ya sé que todos los caminos conducen hacia el mismo sitio, pero a veces es necesario dejar pasar un tiempo para que la masa se enfríe antes de empezar a hornearla. La cabalgata de Reyes fue un auténtico mamarracho, palabra aceptada por la RAE y que significa imperfecto, ridículo, defectuoso y que no merece respeto. Mamarracho, pues, con todas sus acepciones. Dejemos a un lado los camiones de los Capitos y de Transportes Portuenses, dejemos a un lado las caras de pocos amigos que llevaban sus conductores, a pesar de llevar a media familia en la cabina, dejemos a un lado el coche tuneado con unos bafles enormes que lo mismo podían ir anunciando sacos de papas a tres euros que estar amenizando un botellón en la Punta. Dejemos a un lado los peluches sucios a los que ni los niños se atrevían a acercarse, dejemos a un lado al Papá Noel chirigotero y dejemos a un lado a los tres burritos sabaneros despistados y a las ovejas descarriadas. Dejemos a un lado el momento caramelos de IKEA y de Bahía Sur -¿comercio de Cádiz?- escaso y cutre, y dejemos de lado la decoración de las carrozas -¿carrozas?- con papel de envolver marrón y purpurina también escasa y también cutre. Dejemos a un lado a la banda municipal de Prado del Rey y a unos muñecos que decían que eran de la película “Rompe Ralph” –ya sé que usted tampoco se acuerda de esa película. Dejemos a un lado al pobre cartero real subido en una cosa como de gogó de discoteca de Ibiza y a los Reyes Magos más pobretones de la historia –la peluca y la barba de Melchor eran como de trabajo manual de alumnos de primaria-, dejemos a un lado la ilusión con la que muchos niños –porque estas cosas se hacen para los niños, no lo olvidemos- esperaban la cabalgata desde primeras horas de la tarde. Y dejemos a un lado, el chasco de la megafonía en el balcón del Ayuntamiento. En fin. Dejando todas estas cosas a un lado es cuando únicamente se pude hacer un análisis sereno y serio de una situación que viene repitiéndose de manera sistemática desde hace varios años, aunque haya sido este el más escandaloso de todos. Lo primero que llama la atención es la rapidez con la que todo el mundo se sacude la responsabilidad, “nosotros no la organizamos”, “a nosotros no nos pidieron opinión”, “se ha hecho así, con camiones, por seguridad”, “sabemos que hay que mejorar la estética” –y la ética también, no se les olvide-… pero nadie, absolutamente nadie ha tenido la decencia de reconocer que hace mucho que la cabalgata de Reyes, que la Navidad y que la ciudad importan bien poco si no es con una intención puramente electoralista. Y los niños, no votan. Para empezar, el principal error de esta cabalgata es su recorrido. Si la idea principal es animar las calles y fomentar el comercio con la llegada de los Reyes Magos, no debemos olvidar que tramos como la cuesta de las Calesas, o la zona entre Varela y las Puertas de Tierra no destacan precisamente ni por sus establecimientos comerciales ni hosteleros. La gente sigue viniendo al centro a ultimar sus compras y de hecho, la concurrencia de público al final del recorrido es siempre mayor que a su paso por la Avenida. Con tanto como se quejan las asociaciones de comerciantes ya podían haber tomado algún tipo de iniciativa, digo yo. Otro error, efecto colateral del anterior, es la ridiculez de las carrozas. Haría falta aumentar el tamaño de las mismas o disminuir el espacio visual del recorrido, algo que no es difícil de conseguir si se traslada el cortejo a la circunvalación del centro histórico como se hacía antes. No se trata de volver hacia atrás, se trata de dignificar –odio lo de la dignidad aplicado a esto, pero en fin- unas fiestas que se viven en la calle. Por eso habría que implicar a los distintos colectivos ciudadanos para que el gasto –¡probrecitos!- no recaiga solo sobre el Ayuntamiento, que este año, dicen, “han preferido apostar por el gasto social antes que invertir en la estética del desfile”. Me parece loable que hayan optado por eso, pero díganlo. Digan que han cambiado prioridades. Tengan la decencia de decirlo. Pero no jueguen al juego de la confusión, no actúen siempre a toro pasado, no se justifiquen solo cuando les pillan, no miren para otra parte cuando se están apostando tanto. Así que permítanme un consejo, no hagan mudanzas porque es tiempo de tribulación y el que se mueve, no suele salir en la foto.
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