Reyes Magos
Anabel Rivera vista por Javi Osuna
Llegó, templó, se puso sus flamenquísimos atuendos, se sentó, mandó, sedujo y transmitió, –el más difícil de todos los anteriores pretéritos– perfectos y simples, como sus requiebros. Café de Levante de la calle Rosario, propuesta estival de Tere Torres, la dama de los cafés. Una artista no se mide sólo por su voz, hay otros parámetros, tan o más importantes que las cuerdas vocales, para conseguir la emoción en el público. Hay un lenguaje artístico gestual, de caras y de manos, de expresión corporal, la misma forma de sentarse o, incluso su interacción ante el público, que complementan el arte y convierten su propuesta en un espectáculo rico en matices: “lo difícil no es ser artista, lo difícil es ser autónoma”, sentenciaba ella, no se sabe si con más razón que gracia. Anabel Rivera, se rebusca en cada tercio y se encuentra, por seguiriyas o por soleá; y justo cuando la voz parece que no va a alcanzar la cima de la nota, al vertiginoso filo del semitono, su mano se extiende rígida, doliéndole lo que dice y dándole tanto sentido a cuanto canta, que lo que dice te encanta. Entera de negro. Como la definición lorquiana del cante. Abanico también negro, que sabe moverlo con naturalidad, sin ojana. Y desgrana (y oro) la granada fresca de su propuesta: cantiñas saladas en tono de Mi Mayor; bulerías de La Perla, "por medio", que saltan de acordes, mayores y menores, porque “la luna también vino a su ventana y miraba a sus chavales”: su chaval estaba con el abuelo, mientras mamá se levantaba y nos regalaba un replante precioso, irrepetible, porque nunca volverá a ser igual, con una palmada precisa, endiabladamente exacta, a compás, que lleva el sello de Anabel. Y a su lado izquierdo, un chaval joven, Juan José Alba, con un pulgar envidiable y falsetas propias, increíblemente armónicas, que la lleva en volandas, para que el público registre en su memoria una velada preciosa. Justo delante de los artistas, se encontraba uno de los periodistas más prestigiosos del país, Arcadi Espada, que de cante sabe, casi tanto como de la problemática segregacionista de su Cataluña natal, de la que es un experto. Sus aplausos, su cara y su entusiasmo, y el de todos los presentes, confirmaron que la artista viñera tiene un arte, equiparable a su planta de mujer racial.
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