Obituario por la muerte de Pepe Manteca A Pepe Manteca

José María Lacave y Curro Orgambides, junto al Manteca, en 2004.

José María Lacave y Curro Orgambides, junto al Manteca, en 2004. / D.C. (Cádiz)

Un gaditano excepcional, José Ruiz Calderón ‘Pepe Manteca’, nos acaba de dejar. Para escribir unas notas sobre su vida sería suficiente consultar la hemeroteca de Diario de Cádiz o releer su libro de memorias ‘Escrito con tiza’. Pero hablar de su singular y desbordante personalidad es algo muy difícil. Porque Pepe Manteca estaba muy alejado de los tópicos y de lo que algunos entienden como prototipo del gaditano. Serio y formal en el trato, tímido y muy ceremonioso, tenía la gran virtud de tratar a todos los clientes por igual. A todos les daba su sitio. La presencia en su almacén de un ministro o la de un artista famoso no alteraban para nada a nuestro Pepe Manteca, que solamente se mostraba alterado, y algo más tímido, cuando entraba por las puertas de la calle San Felix, Curro Romero o Antonio Burgos.

‘Pepe Manteca’ había nacido hace casi ochenta y seis años en la calle Lubet, en el corazón del barrio de la Viña. Gustaba recordar que era el primer niño que se bautizó en la Palma, ya que coincidió la fecha de su nacimiento con la designación de la antigua iglesia como Parroquia viñera.

Hijo de otro gran almacenero, Lorenzo Ruiz Manteca, desde muy niño tuvo dos grandes aficiones, los toros y los gallos de pelea. Asistió a la Escuela Taurina de Cádiz, situada en la calle Mateo de Alba y dirigida por Chicuelín y Chanito, compartiendo afición con Chano Rodríguez, Pacorrito, Antonio Pica, los hermanos Villodres o Manolo Irigoyen.Su afición le llevó a Madrid para abrirse camino como novillero. En una pensión

de la calle Fuencarral compartió jornadas, entre otros, con los toreros Miguelín, El Coli y Bojilla. La falta de suerte y dos graves cogidas, en Valdepeñas y Pedro Abad, acabaron con su carrera taurina y le obligaron a regresar a Cádiz para trabajar en el almacén de su padre.Quiso probar fortuna en Alemania, pero aquello

no estaba hecho para Pepe. Empleado en un hotel rural, contaba que el primer día, muerto de frío, le dieron quinientos zapatos para sacarle brillo. Así que a la primera nevada importante decidió dar por finalizada su etapa alemana y cogió la maleta para regresar definitivamente a Cádiz.

Abrió Casa Manteca, en la calle Sopranis, y trabajó como guarda del Matadero, donde sus antiguos compañeros de fatigas taurinas le dieron más de un susto. También se dedicó a la exportación de gallos de pelea, viajando en varias ocasiones a América en unión de otros galleros de la provincia.

Pero el éxito le llegaría cuando abrió la actual Casa Manteca en la esquina del Corralón de los Carros y San Félix. Solía decir: “Para triunfar en la vida hay que tener un barril de trabajo y esfuerzo y una cucharadita de suerte. Y la cucharadita de suerte que me faltó en el toreo me ha llegado en este almacén”.

Porque el esfuerzo en los primeros y difíciles años lo puso Pepe y la suerte llegó con una clientela fija que aumentaba por momentos y con varias tertulias formadas por gaditanos de todo tipo y trabajo. Manteca a todos atendía y para todos tenía una frase amable e ingeniosa. Escuchar a Pepe era una delicia para amigos y clientes. Muy pocos privilegiados han tenido el don de relatar historias con la gracia de Pepe Manteca.

Muchas de estas historias fueron recogidas en su libro de memorias ‘Escrito con tiza’, una idea del entonces director de Diario de Cádiz, José Joly Palomino, y plasmada por Pepe Manteca en colaboración con Curro Orgambides y el que firma estas líneas. La presentación de dicho libro, con la presencia de Curro Romero y Antonio Burgos y la de Carlos Argüiñano por televisión, constituyó una jornada feliz para Pepe y su familia.

Al lado de este hombre singular estuvo siempre una mujer extraordinaria, Mai Fabrellas, que le dio tres hijos formidables y de los que estaba muy orgulloso. A ellos le enviamos un fuerte abrazo de consuelo y el relato de una anécdota personal que refleja la calidad humana de Pepe. Una noche, tras regresar de su presentar su libro de memorias en Villamartín, acompañaba a Pepe a su domicilio. Cogido de mi brazo comentaba entre risas las anécdotas del día y el éxito que estaba teniendo el libro. Al llegar a la puerta de su domicilio, en la plaza de Jesus Nazareno, se puso serio para decirme: “Te voy a decir una cosa. Todo lo que soy se lo debo a mi mujer, a Mai. Sin ella no hubiera llegado a nada”.

Que la tierra le sea leve al bueno de José Ruiz Calderón, al gran Pepe Manteca.

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