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Agenda del sábado del Carnaval de Cádiz

"En los juicios no hago prisioneros"

De palique

Carnaval, libros para alpinistas, Bob Dylan y películas de juicios: una charla sin pretensiones con el joven que iba para filósofo y acabó siendo un prestigioso jurista por un problema burocrático

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Los autores favoritos de Ángel Núñez, fiscal jefe de la Audiencia de Cádiz / Vídeo: Miguel Gómez
Pedro Ingelmo

15 de febrero 2026 - 06:31

LA piscina de bolas de la infancia y juventud de Ángel Núñez (Cádiz, 1965), fiscal jefe de la provincia, era el almacén de su padre, director para la zona del Círculo de Lectores. Desde ese lugar, situado en el local de la plaza Mina que luego ocuparía la librería Mignon y que ahora es un bazar chino, se distribuían libros para una provincia ávida de novedades editoriales. Allí, el joven lector iba todos los sábados por la mañana a colarse en todos los universos de papel posibles o a agenciarse discos como aquel Frampton Comes Alive que recuerda como fundamental en el arranque de su formación musical. He quedado con Ángel en la plaza del Mentidero antes de que él asista a la última semifinal del concurso del Falla, del que fue presidente del jurado hace diez años, y en la charla nos vamos por las ramas hablando de nuestras últimas lecturas porque es imposible quedar con Ángel y no hablar de libros. Pero a ver si ordeno un poco todo esto, que sí, ya hablaremos de libros, pero empecemos por el carnaval, que la función va a comenzar.

Fuiste presidente del jurado una vez. ¿Presiones?

Ninguna, quizá por mi profesión. Fue todo muy bien.

¿Quién ganó?

El coro de Pastrana, el cuarteto del Gago, la comparsa de Martínez Ares y la chirigota del Selu con Juan.

Sin complicaros la vida.

Pues mira, luego fui a un coloquio que montó Cajasol y estaba Vera Luque, al que sólo había dado el segundo premio, y dijo que yo era el mejor presidente del jurado que había tenido. Así que debí ser bastante justo.

Lo de los puntos nunca lo entendí.

Es una polémica antigua. En los concursos que se valoran creaciones artísticas, no sé, como Cannes, los jurados no dan puntos. Dicen quién ha ganado y ya está. Aquí, como somos tan desconfiados, se cree que atando a los jurados a la puntuación se impide que hagan lo que quieran, que luego lo hacen. Porque el jurado, siempre que lo haga honestamente, debe hacer lo que quiera.

¿Te viene la afición al carnaval de casa?

Qué va, mi padre era extremeño y mi madre sevillana y luego tampoco es que entre mis amistades del colegio hubiera gente carnavalera. Yo diría que fue el año de Los Cruzados Mágicos (1982) cuando descubrí la inmensa creatividad a la que se podía llegar. Eso me acercó a este mundo y luego hice amistad con los del coro de Julio Pardo, el carnaval callejero y, en fin, hasta aquí...

¿Qué año rompiste la pana, tu carnaval más inolvidable?

Como dijo el bajista de Motorhead: fue inolvidable aquel verano de 1975, tan inolvidable que no recuerdo nada.

¿Se te quedó la espinita de no cantar en el teatro?

Estuve tentado de salir en algún coro, pero estaba de oposiciones y no pudo ser. La espinita me la quitaba saliendo con la chirigota callejera.

¿Consideras que hay algún autor que trascienda de la fiesta? Quiero decir, un autor al que podamos considerar alta cultura.

A ver, alta cultura... el carnaval es cultura popular. Mi formación se compone de la alta cultura y de la cultura popular y puedo disfrutar tanto escuchando a Bach como un pasodoble del Noly.

El carnaval crea sus grandes mitos y el último gran mito es Juan Carlos Aragón. ¿Tú eres juancarlista?

Sí, he sido juancarlista de siempre, pero es verdad que se ha generado en torno a él un fenómeno de masas en el que han tenido mucho que ver las redes sociales. Hay mucho juancarlista de última hora que se ha apuntado al carro y que no lo conocían cuando los Tintos de Verano.

“Conocí a Juan Carlos Aragón una noche de carnaval y nos pusimos a hablar de Nietzsche”

¿Cómo conociste a Juan Carlos Aragón?

Me lo presentó una noche de carnaval en un bar Joaquín Revuelta. Acabamos discutiendo sobre Nietzsche.

¿Quién estaba a favor y quién en contra?

Supongo que estábamos los dos a favor, pero no te podría decir. Llevábamos ya unas copas y lo mismo no fue una conversación muy brillante.

No sé yo si soy muy nietzscheano.

Bueno, yo según en qué. Como decía el propio Nietzsche, no existen hechos, sólo interpretaciones. Y Nietzsche tiene muchas interpretaciones.

Ibas para Filosofía y acabaste en Derecho. ¿Por qué?

Por un problema burocrático. Yo quería irme a Barcelona a estudiar Filosofía, pero algo falló en el traslado de expediente. Mi padre me sugirió que estudiara Derecho, que tenía muchas salidas. Me gustó.

¿Y lo de fiscal?

Un poco lo mismo. Me hicieron alguna proposición para quedarme en algún departamento, investigar y luego docencia, pero no lo tenía claro y mi padre me sugirió unas oposiciones. No me atraían las de notario o registrador, que no sé si me hubieran hecho más feliz pero seguro que más rico, y pensé que las de fiscal serían más moviditas. Las aprobé y me vi en la escuela judicial de Madrid sin saber muy bien en qué consistía esto.

Pues como en el cine, ¿no? ¿Cuál es tu película de juicios favorita?

Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger, sin duda. Es fantástica con esa música de Duke Ellington y esos títulos de crédito de Samuel Bass...

Peliculón, pero ahí el fiscal queda regular.

En las películas americanas el fiscal siempre queda entre regular y mal. Pero vamos, yo no me identifico mucho con los fiscales americanos.

Ángel Núñez ante la puerta del Gran Teatro Falla / Miguel Gómez

Los juicios sí te gustan.

Me divierten los juicios y ahora que soy jefe los echo de menos. Tuve suerte. En Madrid a los fiscales en prácticas se les nombra un tutor y a mí me tocó Antonio del Moral, que ahora está en el Supremo. Yo no había ido nunca a un juicio y él me descubrió lo bonita que es esta profesión y me deslumbró con sus conocimientos.

¿Qué tiene de bonita?

La variedad. No hay dos casos iguales. Aprendes la diversidad de la vida y eso te obliga a estar estudiando continuamente, por lo que alimenta toda esa inquietud que tenía de joven y que me hacía querer estudiar Filosofía.

Y está la esgrima intelectual ante tu oponente, que es el abogado. ¿Cómo afrontabas los juicios?

Ah, en el juicio yo no hago prisioneros, voy con todo. Tengo grandes amigos abogados con los que me he partido la cara, dialécticamente, y luego hemos seguido siendo tan amigos. Lo que ocurre en la cancha, en la cancha se queda.

“El lector quiere que los libros le lleven por una vía; a Pynchon hay que surfearlo”

¿Has ganado juicios a alguna gran vaca sagrada?

No me planteo los juicios en términos de ganar o perder. A la provincia de Cádiz, por su enorme variedad y complejidad que se refleja también en sus delitos, vienen los mejores de fuera y, por tanto, me he enfrentado a los mejores abogados de este país. Unas veces me iba bien y otras veces también me iba bien porque lees la sentencia que da la razón al abogado y te convence. Es la ventaja que tiene ser imparcial, como somos los fiscales.

A eso se le llama tener buen perder.

Ya te he dicho que yo nunca pierdo.

Empezamos hablando de jurados. Hablemos de otros jurados. Te confieso que yo eso de que nueve ciudadanos se pongan a decidir sobre el futuro de un individuo me resulta como si llamaran a nueve ciudadanos a un quirófano para decidir qué hay que hacer con un paciente a quien están operando a corazón abierto.

Viene en la Constitución. Se podía haber escogido el jurado escabinado, como en Alemania, donde hay juristas dentro del jurado, pero aquí es jurado puro. A mí no me ha ido mal, tengo un pleno al quince en los juicios con jurado, aunque también te digo que son agotadores porque lo que con magistrados técnicos te lleva dos horas con un jurado te cuesta dos días porque tienes que ser mucho más pedagógico. Y luego está lo que se juzga. A un jurado se le pueden enfrentar pruebas, hechos. Es decir, esto sucedió, esto no sucedió. Pero aquí también hay jurado en delitos tan complejos como el cohecho, la malversación... Eso es difícil.

Siendo asesor de Juan Carlos Campo viviste en segunda línea la política. ¿Cómo ves ese trasvase de la justicia a la política?

Hemos construido una demonización de la política y pienso que en política tendría que haber más jueces, fiscales, notarios, magistrados... Porque quizá uno de los motivos de la imagen de la política tenga que ver con el descenso de nivel de los políticos profesionales.

¿A ti no te han tentado?

Tuve cantos de sirena, pero ni siquiera tuve que agarrarme al mástil como Ulises. Y me interesa mucho la política pero sólo como un objeto a estudiar. Soy un gran lector de Maquiavelo y los políticos deberían leerlo más. Muchos se creen muy maquiavélicos, pero leí en un ensayo que, en realidad, Maquiavelo era muy poco maquiavélico porque los que habían extendido el adjetivo no habían leído a Maquiavelo, igual que quienes hablan de lo kafkiano sin haber leído a Kafka o de lo dantesco sin haber leído a Dante.

Estuviste en una comisión para la modernización del lenguaje jurídico.

Fue muy loable ese empeño de que el lenguaje jurídico fuera más claro, no banal, manteniendo tecnicismos que son necesarios, pero más inteligible. Al fin y al cabo, que se puedan comprender las resoluciones judiciales es un derecho fundamental. Cuando cambió el Gobierno aquello quedó en poca cosa.

He leído sentencias que, más allá de los tecnicismos, estaban pésimamente escritas.

Casi todas las sentencias están mal escritas. Hay excepciones, como mi tutor Antonio del Moral, que escribe fantásticamente y se permite incluso el sentido del humor. Y mira que los juristas nos dedicamos principalmente a leer, pero claro, si se leen cosas de gente que escribe igual de mal que ellos... Lo suyo sería que los juristas leyeran otras cosas, cosas bien escritas.

Obligarles a que leyeran a Faulkner.

Pues no sé si a Faulkner... pero sí, ¿por qué no? A Faulkner.

Hay excepciones, pero casi todas las sentencias están mal escritas”

Tú a la carrera fiscal ya llegaste leído.

A mí me metieron en la lectura, aparte del Círculo de Lectores, los profesores de literatura que tuve en el Argantonio, Amalia Vilches y José Manuel García Gómez, que también era el director. García Gómez, que era más liberal de lo que la gente cree, iba muy orgulloso por ahí diciendo que yo me había leído el Ulises de Joyce a los 17 años. Y era cierto, otra cosa es que lo comprendiera.

Con esa traducción espantosa de Valverde y en ese cerebro tan tiernecito...

Es que tenía la mala costumbre de no hacerles caso y, en vez de leer las lecturas obligatorias, que también, me metía en auténticos jardines. Pero así, aparte del Ulises, descubrí al Joyce de Retrato del artista adolescente, de Dublineses...

La única vez que he llorado en el cine fue con la versión que John Huston hizo de Dublineses.

Yo he llorado en alguna más.

¿Con qué más has llorado?

He llorado leyendo Flores para Algernon, un cuento de ciencia ficción de Daniel Keyes o cada vez que escucho Recuerdo que era mayo, de Martínez Ares... en fin, a veces uno llora.

Dime tus escritores imprescindibles.

Bien, por encima de todos Thomas Pynchon y ya luego, sin orden, Borges, Faulkner, Dickens y Juan Benet.

Benet, droga dura. Cómo se me atragantó a mí Volverás a región.

Pues esa no es de las más difíciles en comparación con Saúl ante Samuel. Si te gusta la escalada, lo que quieres es ser alpinista, subir ochomiles, no el cerro de al lado de tu casa.

Pynchon es un ochomil, sin duda.

Estamos acostumbrados cuando leemos a que nos lleven por una vía de ferrocarril. A Pynchon hay que surfearlo. Te pierdes para volverte a encontrar. Si consigues ese nivel zen lo disfrutas muchísimo y, desde luego, como retratista del tiempo de finales del siglo XX y principios del XXI no hay nadie a su nivel. Cuando vivía en Madrid estaba tan absorto con Contraluz, que tiene mil páginas, que iba al trabajo andando mientras lo leía.

¿Puedes leer y andar?

Bolaño decía que tenía un amigo que era capaz de leer mientras se duchaba. Yo a eso todavía no he llegado. Creo que era Marañón el que decía que hay que ser traperos del tiempo. Saco tiempo de donde sea para leer.

Pues el tiempo se nos ha ido y no hemos hablado de Bob Dylan.

Cuando le dieron el Nobel de Literatura la gente me felicitaba a mí.

Tu álbum favorito.

Blood on the tracks.

¡Ahí está Idiot wind! Adoro esa canción venganza.

Viento idiota, soplando cada vez que abres la boca... Vaya sopapo de verso, eh?

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