Cádiz

El éxito garantiza la continuidad del Festival Aéreo en años venideros

  • Más de 230.000 personas siguieron las exhibiciones desde distintos puntos del litoral capitalino · Cádiz accede con nota al selecto club de ciudades que acogen el espectáculo

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El primer paracaidista de la patrulla Papea caía sobre la arena de la playa Victoria a las doce en punto portando el pendón morado de Cádiz. Era el inicio del I Festival Aéreo y ya el numeroso público que atestó playas y paseos marítimos estaba entregado a un espectáculo único. Más de 230.000 personas disfrutaron de una exhibición que, según se desprendía ayer de las palabras de la alcaldesa Teófila Martínez y del jefe de Estado Mayor del Ejército del Aire, José Jiménez Ruiz, se repetirá el próximo año. Cádiz ingresó ayer en el selecto club de ciudades, todas con playas, que disfrutan del privilegio de acoger el Festival Aéreo: Vigo, Barcelona, Valencia y Gijón. Todo salió a pedir de boca y hasta el tiempo, el más adecuado para este tipo de eventos según los participantes al ausentarse el viento y las nubes, se sumó a la fiesta. Además, los horarios anunciados para las diez intervenciones se cumplieron a rajatabla, lo que agradecieron los que estuvieron tres horas al sol como testigos de una jornada histórica.

Los integrantes de la Patrulla Acrobática de Paracaidismo del Ejército del Aire (Papea), que abrió el turno de intervenciones, enarbolaron además banderas de Andalucía y España. Tras su actuación, una de sus integrantes, Sol Agea, señalaba que a cierta altura "el vértigo no existe y las sensaciones al lanzarse son inexplicables. Más que miedo sientes respeto". Añadió que por ser mujer "mi tarea no es más ni menos complicada que la de un hombre. Eso está más que superado".

Papea dio paso a la patrulla civil de acrobacia Jacob 52, cuyos aviones dibujaron en el cielo un corazón, detalle que fascinó a la concurrencia. Posteriormente fue el piloto civil Juan Velarde el que acaparó la atención con sus arriesgadas piruetas a bordo de su Sukhoi, demostrando su condición de campeón de España.

El cielo se rompía luego con un Harrier y un helicóptero de la Armada Española. Ambas aeronaves se acercaron al agua para demostrar sus prestaciones. Igualmente tronaron los cazabombarderos Mirage F-1.

Otro de los momentos estelares del Festival llegó con la intervención del avión de auxilio apagafuegos, que recogía agua del mar gracias a su condición de hidroavión y la soltaba posteriormente como simulación de una actuación en un incendio.

Antes de la exhibición de los llamados 'colibrís' de la Patrulla Aspa, el comandante Alcantud, encargado de coordinación, explicaba que la tabla de acrobacias 2008 estaba dedicada a Granada, ya que la patrulla tiene base en la localidad de Armilla, y Andalucía. "También homenajeamos a la campeona de esquí granadina María José Rienda y simulamos jardines y fuentes del Generalife", argumentó el comandante. La patrulla Aspa puso en práctica la maniobra 'Quijote' con cuatro helicópteros imitando a los molinos de viento y un quinto a modo de caballero andante. "Esperamos repetir el año que viene en Cádiz. No esperábamos tanta gente. Este sitio es ideal", afirmó Alcantud. Tras los 'colibrís', que se cruzaban en el aire en unas impresionantes y arriesgadas maniobras pasando muy cerca unos de otros, llegó el turno de los Typhoon Aeronáutica Militare de Italia, aviones que asombraron por su velocidad, y de los F-18 Hornet.

"Es el día perfecto para volar". Eran palabras de Enrique García Castro, jefe de la Patrulla Águila, la más mediática de cuantas participaron en el Festival de ayer. Calificó la exhibición de los siete cazas de fabricación nacional (CASA) como "ballet aéreo" de los mismos aviones que se usan para enseñar a los aspirantes a piloto en la base aérea de San Javier (Murcia).

La Patrulla Águila respondió a las expectativas creadas y demostró la razón de su ubicación en el cierre de los festivales aéreos. Nada mejor que esta experta escuadra para dejar un buen sabor de boca. En ocasiones, estos aviones alcanzaron los 500 kilómetros por hora y según el locutor del evento, que contaba qué estaba ocurriendo a través del servicio de megafonía de la playa, los pilotos podían llegar a perder hasta dos kilos de peso en cada exhibición debido al esfuerzo físico y mental. A través de esta megafonía se pudieron escuchar incluso las órdenes por radio de quien dirigía la patrulla en el aire. El final fue de cine. Los siete aviones formaron la bandera de España con la estela de sus humos. Había acabado el I Festival Aéreo de Cádiz, un espectáculo único que tendrá continuidad.

A esa hora, la ciudad era un hervidero de personas llegadas desde toda la Bahía y de aficionados a la aviación procedentes de toda España. Los restaurantes no paraban de recibir gente y el Ayuntamiento de Cádiz se mostraba satisfecho por la imagen ofrecida por la ciudad y la promoción turística que eventos de estas magnitud ocasionan.

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