“¡Acordaos del ‘Maine’!”
Con Estados Unidos en el primer plano de la actualidad mundial, el autor rescata la declaración de guerra de los norteamericanos a España tras el hundimiento del buque en Cuba
En 1975 se dictaminó que la explosión se había debido a un fallo en la combustión interna del barco
A finales del siglo XIX, los Estados Unidos de Norteamérica, una vez acabada su guerra civil y asentada su identidad territorial, pusieron sus miras en el Océano Pacífico atendiendo a razones estratégicas, pero también económicas y de prestigio internacional. Así, controlaron el Archipiélago de las Filipinas y la isla de Guam, últimas posesiones españolas en aquel océano, apropiándose igualmente de las islas Hawaii. También lo hicieron con Cuba, que previamente habían intentado comprar a España, primero en 1848 por 100 millones de pesetas y, luego, en 1897 por 300 millones, aunque ambas tentativas no prosperaron. Aparte de su interés presencial en el Caribe, la isla de Cuba, por su riqueza en caña de azúcar, buen tabaco y cercanía a sus costas, ejercía una especial atracción para los norteamericanos, especialmente para sus hombres de negocios. Buena prueba de ello lo avala el hecho de que España construyera en esta isla su primer ferrocarril, quince años antes de hacerlo en la propia Península.
Esta política expansionista respondía a un principio acuñado ya desde los tiempos de los primeros colonos fundadores, atendiendo a una idea calvinista de predestinación supremacista, conocida como el ‘Destino Manifiesto’ y que se iría fomentando en los siglos siguientes. Pero en lo que atañe a las Filipinas, Guam, Cuba y, de paso, también Puerto Rico, habría que esperar hasta el año 1898 en una guerra desigual contra España, respondiendo su ‘casus belli’ a una deliberada estrategia de clara agresión, fuera de cualquier consideración que pudiéramos estimar como medianamente aceptable.
El 15 de febrero de 1898, el acorazado norteamericano ‘Maine’ explotó en el puerto de La Habana, donde se encontraba en una visita, supuestamente acordada, para “proteger” los intereses de sus compatriotas durante las continuas revueltas que los insurgentes estaban llevando a cabo contra España. El resultado no pudo ser más devastador, con 266 muertos y un buen número de heridos, a pesar de que no pudo saberse la causa de tan funesto episodio, en seguida se dispararon todo tipo de especulaciones. Se apuntó, casi simultáneamente, tanto a cubanos pro españoles como a los independentistas, no faltando quienes recelaron de los propios norteamericanos, empeñados, cada uno por su parte, en provocar un desencadenamiento de las hostilidades.
Sin embargo, pronto se impuso la tesis de que España había colocado una mina en el buque para destruirlo. Algo disparatado a todas luces, habida cuenta de que carecíamos del menor respaldo internacional en aquellos momentos y lógicamente sin ningún deseo de provocar a unos Estados Unidos cada vez más amenazadores. Hasta la propuesta española de nombrar una comisión con representantes de ambas naciones para aclarar las causas de semejante tragedia cayó en saco roto, siendo sus restos hundidos posteriormente en alta mar.
A todo ello contribuyó buena parte de la prensa estadounidense, en especial la perteneciente a poderosos empresarios de los medios de comunicación como John Pulitzer y William R. Hearts. Sobre todo destacó este último, (“Enviadme solo las fotos que yo, desde aquí, pondré el texto”), que se dedicó a exagerar, cuando no a crear, todo tipo de infundio, en el sentido más negativo, que pudiera achacarse a la causa española. Una veces con cierto fundamento y las más con una inventiva en la que se mezclaban los prejuicios antiespañoles con noticias convenientemente amañadas para causar un certero impacto. No en balde se le atribuye a Hearts ser el promotor de lo que hoy conocemos como la ‘prensa amarilla’, determinada por su sensacionalismo, relativo rigor y exceso de carga emocional. Su figura, caracterizada por sus pocos escrúpulos y una desmedida ambición personal, inspiraría la película ‘Ciudadano Kane', admirablemente protagonizada por Orson Welles.
“Acordaos el Maine” pasó a ser, por parte de la opinión pública norteamericana, una especie de grito de guerra recordatorio de una afrenta que había que vengar y cuyo precio no era otro que la contienda contra España hasta conseguir su derrota. En cuanto al presidente Mckinley, aunque con ciertas reticencias, atrapado entre los tibios recelos de sus consejeros y un sentimiento nacional cada vez más desbordado, optó por declarar finalmente la guerra con el pretexto de que solo con la independencia se llegaría a la definitiva pacificación de Cuba. Para colmo, como una clara muestra más de la inoperancia y del débil peso de nuestra política exterior, España decidió acudir, casi a la desesperada y sin resultado alguno, a la mediación del Papa León XIII. En consecuencia, lo que a continuación sucedería es bien conocido por todos.
Lo cierto es que habría que esperar hasta el año 1975 cuando un equipo de expertos coordinados por el almirante Hyman Rickover, promotor de los submarinos nucleares americanos, dictaminara que todo se había debido a un fallo en la combustión interna del barco, sin descartar ciertas negligencias entre sus propios oficiales. En definitiva, el oscuro episodio del ‘Maine’, como otros tantos casos del mismo estilo que presenta la Historia, ha pasado como paradigma de la manipulación y del encubrimiento puestos al servicio de lo que, genéricamente, podríamos denominar “la razón de Estado”.
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