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La playa de los fangos y las mareas

Vamos a mi playa

Imagen de la playa de La Cachucha cuyos lodos y limos marinos poseen propiedades terapéuticas.
Alaia Rotaeche

20 de julio 2017 - 07:23

Para empezar, hay que dejar claro que La Cachucha es playa sólo a veces. Cuando hay agua. Parece una contradicción cuando hablamos de playa, pero no lo es. En la idiosincrasia del puertorrealeño, especialmente de los de mayor edad, está saber todos los días si hay agua o no, a qué hora exacta es la bajamar y cuándo la pleamar. Porque, a diferencia de cualquier otra playa, en La Cachucha lo de la bajamar es literal; la mar está tan baja que no existe, que es fango. Es entonces cuando los niños y sus abuelos aprovechan para ir a coger muergos, o cuando las señoras aprovechan para bajar a "echarse fango" en las piernas, que es muy bueno para la circulación y "pa tó".

Eso de que La Cachucha era un balneario se oye a ecos por toda la playa, sobre todo cuando un gaditano de otra localidad se atreve a decir que "eso no es una playa". Porque los puertorrealeños pueden echar pestes de su playa, y la mayoría (sobre todo los más jóvenes) lo hacen, pero que nadie de fuera ose hacerlo. Es especial, eso sí: no hay apenas vendedores ambulantes, sólo hay un chiringuito que hace las veces de bar de paseo marítimo, en verano se juntan los bañistas con entrenamientos del equipo de rugby de la localidad, los niños juegan sin vigilancia porque no hay olas ni peligro, y no hay veraneantes, salvo algún despistado feliz.

Los niños de allí (los de padres menos escrupulosos) hemos crecido con el fango hasta las rodillas, un fango agradecido, que te ponía negro (de moreno también) desde mayo hasta septiembre y que no era peligroso. Generación tras generación eso no cambia. Y también es la playa de los estudiantes. En aquella esquina siempre verás a una chica sola leyendo o estudiando sobre la toalla. Y es que, para un madrileño o un extremeño, hasta La Cachucha es una playa de verdad. Con pleamar.

Y uno dirá: con la de playas maravillosas que hay bien cerca de Puerto Real... En las primeras salidas adolescentes en grupo, son habituales los viajes en autobuses atestados a la Victoria (un clásico); luego todos descubrimos que, para un baño rápido y una lectura voraz, La Cachucha es perfecta. Y, al contrario de lo que se piense, el agua está limpia.

Esto es lo que más se ve por allí: familias con niños pequeños que todavía no aprecian un agua cristalina o un chiringuito de moda, estudiantes que descubren las maravillas de tener una playa cerca (por pequeña que sea) y mucho solitario.

Sin embargo, no crean que por todo esto faltan las típicas escenas de toda playa gaditana: el grupo de señoras (imposible no poner el oído cuando las tengo cerca) con las sillas, las tres neveras, el bingo y el aceite, los chiquillos jugando al balón o las parejas al lado de las rocas. Eso sí, acostúmbrense a que, si van un poco más adentro, se encuentren con un buen fangal.

Mi relación con La Cachucha, es cierto, ha tenido sus altibajos: mi madre me llevaba en la bici cruzando el paseo marítimo (lo que era un auténtico mérito porque no era un bebé lo que se dice delgado); luego, en la primera adolescencia, como todos los puertorrealeños de mi generación, no la quería ni ver, y cuando descubrí que en media hora podía plantarme en un paraíso, menos.

Pero cuando uno se va, se da cuenta de que sí, que hay playas mucho mejores, playas de moda, playas desiertas, playas paradisíacas; pero por qué rechazar algo que es nuestro.

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