La revolución en la Iglesia tras el Vaticano II

Cuando el Seminario abandonó Trento

  • Siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II, el obispo Antonio Añoveros impulso una profunda reforma formativa en el Seminario de Cádiz 

  • Ahora se cumplen 50 años

Interior del Seminario de Cádiz Interior del Seminario de Cádiz

Interior del Seminario de Cádiz / D.C.

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En una Iglesia aún imbuida por la idea de la cruzada franquista, el obispo Antonio Añoveros fue uno de los precursores de los profundos cambios que llegaban desde Roma tras el Concilio Vaticano II, en el que participó el histórico prelado gaditano.

Será el Seminario Diocesano de San Bartolomé uno de los primeros estamentos religiosos de la diócesis en percibir y poner en marcha el inicio del cambio en la tradicionalista iglesia española.

De eso hace ahora 50 años, cuando el entonces rector de esta casa, José Antonio Hernández, lanzó las claves de funcionamiento del ‘colegio’ de los nuevos curas gaditanos, bajo la directa supervisión de Añoveros.

La revolución se centró en la formación de los jóvenes y, también, en la propia organización del Seminario. Un cambio sobre el que Hernández decía: "Una apertura para que no sea un agujero por donde se escape la reserva de solera, garantía de calidad, sino que admita la sabia joven que da vigor de vida nueva".

Con los cánones antiguos en vigor, el Seminario recibía a los jóvenes que deseaban ser sacerdotes, muchos de ellos como forma de salir del hambre y la pobreza. En la nueva etapa, se abrió la escuela "a chicos que aunque no manifiesten tales deseos, están convencidos de que este puede ser el resultado de una adecuada educación en la fe".

Los principios que orientan la formación han cambiado de signo. Es el mismo individuo con sus riquezas y sus limitaciones peculiares, con su psicológica y carisma, el que debe marcar las pautas y señalar las pistas inéditas de cada andadura”, se destacaba en un informe sobre esta renovación. "No es posible seguir buscando una educación uniforme cuando se descubre la riqueza del pluralismo humano, ni una educación pasiva cuando los mismos adolescentes van adquiriendo conciencia de su responsabilidad".

Esta nueva formulación llevaba pareja una apertura también en el claustro de profesores. La dirección se encontró con la falta de especialistas preparados dentro de los sacerdotes, por lo que se abrió el abanico a seglares y, después, a profesionales ajenos a la Iglesia incluyendo también, en este proceso de apertura, a la mujer. Licenciados en Ciencias, Letras, Filosofía, Bellas Artes y Educación Física se integraron pronto en el nuevo claustro de profesores.

La familia, hasta entonces relegada e incluso olvidada, comienza a jugar un papel importante en la formación del futuro sacerdote. La idea es que el Seminario fuese "la prolongación del hogar y el hogar continuación del Seminario. Los padres pueden traspasar los límites de las salas de visitas. Esta es tan casa suya como de sus hijos. Deben estar suficientemente informados de la marcha de sus hijos y de la vida del centro entero. Tienen que intervenir y, hasta cierto punto, integrarse en ella".

En la propia apertura del curso del Seminario en 1969, Antonio Añoveros ya lo llamaba también "colegio" y exponía las intenciones del centro: "El desarrollo ordenado y progresivo de la vocación cristiana, acentuando, dentro del máximo respeto a la libertad humana, el descubrimiento , la siembra y el cultivo de los posibles gérmenes de vocación sacerdotal".

Se entraba, de esta forma, en un centro de formación, como si de un instituto de bachillerato se tratara. Ya no era el viejo seminario de imposición de una doctrina que no había sido capaz de evolucionar en siglos. Ahora, como decía Añoveros, el respeto a la libertad de cada individuo jugaba un papel esencial que, décadas más tarde, acabó diluyéndose cuando la Iglesia española comenzó un nuevo proceso de involución.

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